jueves, 26 de agosto de 2010

Abel Antonio Villa Villa

Un Juglar Vallenato”
Por: Félix Carrillo Hinojosa

“Me gana la muerte o me la gano yo”
Abel Antonio Villa Villa




Su apariencia no era la de un músico común y corriente. Eso lo hizo diferenciarse, frente a todos los de su generación. Vestido de lino color blanco, un sombrero de fieltro, unos ademanes de lord ingles y una prosa, que quien no lo conocía, podía pensar que estaba frente a un hombre de una gran formación académica. Esa inteligencia natural lo hizo recorrer caminos de herradura en compañía de su hermano mayor Fabián, de los músicos Julio Bovea Fandiño y Virgilio Riascos, con quienes conformó su primer grupo musical. Es la historia especial de un hombre que nació en Piedras de Moler, en la Cienaga de Zapayán, en el Municipio de Tenerife, territorio del gran Magdalena grande un 1 de octubre de de 1924 en el hogar de Antonio Villas Salas y María del Transito Villa Barrios. Sus estudios de primaria, le dio todo el bagaje necesario para construir un nombre que tiene sello propio. Era el mismo niño de escasos tres años, que escuchó las notas de un acordeoncito de una hilera, ejecutado por Gilberto Bermúdez, personaje que influenció su vida de tal manera, que se retrataba a orillas de la ciénaga, ejecutando un instrumento parecido al que en un merengue (1) le había visto ejecutar. Ese sonido lo persiguió hasta la adolescencia, cuando le compró un acordeón por seis pesos a Francisco Rada Batista, músico de profesión y legendario de esa región, quien tenía una especie de estación musical conocida como “El Colegio”, donde dictaba clases y los arreglaba. Con él, empezó a descifrar parte de los secretos, que ese instrumento todavía tiene. Con escasos catorce años, decidió que su suerte estaba en hacerse acompañar de un acordeoncito guacamayo (2) color cenizo y empezar a repetir como un sonsonete sin fin, las melodías de personas anónimas que llegaban, tocaban y se iban como un fantasma.

Así nació su vocación natural, de reproducir con música, todos los pasajes que vivía o le contaban, quienes iban o venían de los distintos caseríos, de un territorio incomunicado que mataba la soledad que le rodeaba, con los sonidos de un acordeón rechazado y los cantos sin valor, de una música que peleaba y construía un espacio.
Ahí es dónde su figura se consolida y que no es más, que la de un trashumante cantor y ejecutante del Acordeón, que va relatando como cualquier trovador o juglar, hechos reales y los que no existían se los inventaba, pero siempre con el ingrediente sonoro de la música. Esa crónica o reportaje del tiempo, solo tenía validez siempre y cuando viniera de primera mano, de una fuente musical que tuvo en Abel Antonio Villa Villa, a un colón incansable y guerrero, quien se defendió de los más acérrimos contrincantes con la mejor de sus armas: Su canto, canciones y su acordeón.
Pero, ¿quién es ese hombre, de color moreno, mirada fija, talla imponente y de trato fino, quien siempre buscaba, a lo más alto de la sociedad para mostrar su música?. Ese misterio, solo lo puede descifrar cada una de las respuestas que tenía, aún sin interrogatorio previo. Era como el mecanismo preparado que exponía y que le dio excelentes resultados frente a sus colegas. Mientras estos, se metían en lo más profundas de nuestras montañas y valles, huyéndole al encuentro con otros mundos, con una timidez que cercenó más de un sueño, él todo lo contrario, se abrió paso a grabar y contar esas historias que eran de todos, pero que las hizo suya hasta el final de sus días.

Maestro Abel, ¿cómo era esa música cuándo usted se inició?

“Era silvestre. Los cantos no tenían dueño. No valían nada. No tenían nombre, quienes la tocaban eran personas, que todo el día trabajaban por la comida y una muda de ropa. A esa gente la sentaban en un rincón, le daban ron y a tocar. El músico en esa época no significaba nada socialmente, mucho menos económicamente. A mi me tocó irme, cuando me inicié con mi hermano Fabián, a la finca de los hacendados a tocarles, durante días que se convertían en meses y al final, quedaba en manos de ellos, los que nos quisieran dar. A veces, dábamos con potentados generosos, pero la mayoría nos trataba como lo que éramos, unos músicos que tocábamos un folclor sin valor y tener conocimiento de lo que podía pasar”.

¿A qué músicos conoció en su niñez que lo influenciaron?

“Para mí fortuna, encontré a Gilberto Bermúdez, de él recibí mis primeras clases, en el aprendizaje del acordeón a los nueve años. A “Pacho” Rada Batista, quien fue mi profesor y al que le compré mi primer acordeón. Juacho Polo Valencia, un acordeonero y compositor de respeto. Sebastián Guerra, un músico de Rincohondo, que tocaba puro merengue. Nildo Peña y Carlos Araque. A otros, les oía el renombre y vine a conocerlos mucho tiempo después como Luís Pitre, Daniel Hernández, Emiliano Zuleta Baquero, Lorenzo Morales, Juancito Granado, Juan y Pablo Rafael López. Todos ellos nacieron en el magdalena grande. Por eso a esa música conocida ahora como vallenata, se le llamaba “folclor del magdalena”. Cuando los músicos de la región, de lo que hoy es la Guajira o el Cesar, llegaban por acá, ellos la llamaban “música provinciana”. Nosotros, los que vivíamos en la región del Ariguaní, la llegamos a calificar como “Música de Parranda o Música del río”.

Es cierto, ¿qué a usted le hicieron cinco noches de velorio?








“Es una historia triste y alegre. Resulta que un señor que había muerto en el banco tenía el mismo nombre mío. Estaba recién salido del ejército y me fui a tocar a unos pueblos. En esa correría duré varios días. No sabía lo que había pasado, cuando llegué al banco me enteré que el alcalde de mi pueblo había puesto un marconi a éste, preguntando si en verdad el muerto era Abel Antonio, noticia que fue confirmada. Mi familia decidió hacerme las nueve noches pero al quinto día llegué a donde mi gente, toda cerrada de luto que no salían de su asombro, al verme vivo y cantando, esa tristeza fue cambiada por varios días de parranda. De ese hecho surgió la Muerte de Abel Antonio o Cinco Noches de Velorio.”

Pero ese canto es una alegoría a la muerte, ¿qué piensa de ella?.

“Eso es lo único real que uno tiene. Lo demás es vanidad. Por eso he sido un hombre que le he inculcado a mis hijos, que la plata no lo es todo en la vida. Que es bueno conseguirla, pero es mejor cuidarla y poder servirle con ella, a quien esté necesitado. He procurado vivir acorde con mis circunstancias, siempre dando ayuda a todo el que ocupa a mi persona. Uno no se lleva nada. Por eso que he construido de la mejor manera un nombre y dejar el recuerdo de mi canto, mis canciones y las notas de mi acordeón”.

Cuando Usted surge en la música, le tocó enfrentarse a importantes músicos de la región del magdalena grande. ¿Quiénes fueron ellos y cuál fue la razón de esas piquerías?.

“Uno de los primeros que me retó fue mi maestro “Pacho” Rada, quien no aceptaba mi fama y trataba de menospreciarme. Él me hizo un canto en donde me decía: “viste de paño y corbata pero es a costillas mías”. Porque él aseguraba que toda la música que tocaba no era mía. A lo que le respondí: “mejor que esté metido en la montaña y no salga a pasá pena a las ciudades”. Otro fue el gran maestro de la composición José Benito Barros. Él creía que porque ya había grabado y sus canciones empezaban a adquirir reconocimiento, nosotros los que tocábamos acordeón no podíamos tener renombre. Recuerdo el verso que me echó “que un negro maluco no puede con mi talento”. Ese encuentro duró muchos años, al igual que el sostenido con mi compadre Luís Enrique Martínez, al que le dije en un verso “hay un zorro vallenato metido allá en la montaña” y él me respondió: “Abel Antonio a mi me trata de zorro, oigan mis amigos pero él será gallina”.
Con Emiliano Zuleta Baquero en 1950 tuve una dura contienda en la gallera de Villanueva guajira, que duró un día completo, que terminó casi en una pelea personal, al final todo se solucionó amigablemente en San Juan del Cesar. Recuerdo el verso que le dije: “yo soy el que pinta huellas antes de poner el pié”, no terminé el verso cuando me respondió: “yo soy el fuerte aguacero que apaga la huella en la tierra”. En esa época, el músico que no tocaba, cantaba y componía, no se consideraba completo y si no estaba en “píque”, era más fácil de derrotar”.

Muchos aseguran que la mayoría de sus creaciones, pertenecen a otros autores. Una prueba de ello, es que Obras como “la camaleona” y “el ramillete”, cuyos autores como Leandro Díaz y José Antonio Serna las reclaman.

¿Qué hay de cierto en ello?

“La música conocida como vallenata, no tenía el valor económico y social como la tiene ahora. Los cantos eran de uno y no eran. Cuando llegaba un músico a la región nuestra, traía sus cantos y al pasar el tiempo, se tomaban y se modificaban. Igual pasaba cuando íbamos a donde ellos. Todos los músicos y compositores vivimos esa etapa, incluso el maestro Escalona, que frente a nosotros era el más preparado, tomó muchas músicas que estaban perdidas en las veredas y caseríos nuestros. Cuando me tocó grabar, muchas canciones que no eran mías, me tocó dejarlas a mi nombre, porque eran de campesinos que nunca los volví a ver y vine a saber del derecho de autor fue hace como diez años. Como uno recorría tanto pueblo, encontraba esa música en voces que no eran sus dueños y ¿cómo hacía uno para buscar a sus autores?
A muchos les escuché decir por los años cincuenta, que “la casa en el aire” era del acordeonero Escolástico Romero, padre de Israel Romero, que “el testamento”, la música es de Lorenzo Morales, que la música de “la Brasilera”, cuyo nombre original es “corina”, pertenece a Leandro Díaz o que “el mejoral” era de Juan Manuel Polo Cervantes conocido como “pena de amor”. Que “el caballo pechichón” es de Sebastián Guerra y no de Julio Erazo como aparece registrado, que “los campanales” no es de mi compadre alejo sino de Arcadio Daza. Y así como esos casos, hay miles en la música del magdalena grande como la llamo yo. Todos sin excepción, terminamos grabando obras que no eran nuestras. Alejo Durán se nutrió de Víctor Silva, “el negro” Mendo, Sebastián Guerra, Arcadio Daza y “Pacho” Rada. Luís Enrique Martínez de Adriano Salas, Carlos Vélez, Carlos Quintero y Luciano Gullo. A veces esos autores, no les importaba que uno grabara esas obras sin su autoría. Ellos se sentían orgullosos de escucharlas en las voces de uno”.

Lo ví por última vez, en un homenaje que el artista Vetto Gálvez organizó para varios valores de la música vallenata. Llegó elegante como siempre, vestido de negro y una gabardina. A su alrededor, un sequito de amigos y familiares, lo instaban a tocar su acordeón. Esa noche, su voz y sus dedos cansados, dejaron entrever sus serios quebrantos de salud. Ya no era el mismo Abel Antonio Villa Villa, que no se quedaba quieto ante cualquier contendor, que quería retarlo o terminaba sonsacando a su posible contendor. Su mirada perdida en el silencio de la noche, cuyas luces intermitentes daban una rara sensación de despedida, le dijo adiós y no lo volví a ver más. Un día de esos, que uno no espera, supe que se murió. Me dio dolor pero entendí que un hombre como él no debe ser recordado con tristeza. Por eso cada vez que quiero hablar con él,
me siento en un taburete y empiezo a escuchar su obra, su voz y su acordeón y siento como su música me relata, sus pasos de guerrero curtido en la que libró mil batallas en procura, de construir un nombre para una expresión folclórica que nacía y ante todo, para defender sus sueños.

(1) “danza en la que colocaban al acordeonero encima de una mesa y las mujeres y hombres danzaban alrededor de él con constante palmoteo”.
(2) “nombre que le pusieron a los primeros acordeones que llegaron a la gran provincia, por tener la imagen del ave”.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Carmen Diaz de Zuleta

“UNA MUSA VALLENATA”
Por: *Félix Carrillo Hinojosa

“Si me caso en otros tiempos, me vuelvo a casar con Carmen”
Emiliano Zuleta Baquero

Sus 19 años, le permitían a Pureza del Carmen Díaz Daza, tener la frescura de una naciente flor, que vestida con un traje por estrenar de bolas rojas y mariposas de diversos colores y empolvar con cuidado su rostro juvenil, que enseñoreaba todo con su estatura imponente y que le daba un porte elegante y distinto, envidiada por las jovencitas de su edad y cortejada por muchos hombres. Se ajustó varias veces el vestido y acercó su rostro al espejo. Sus ojos vivos, propiciaban una combinación rara pero atrayente, con sus hermosas y coposas cejas. Era su estilo característico, que la hacía sobresalir y esa prosa sencilla de niña campesina, despuntando un nuevo mundo que la invitaba a no llegar menos que las demás. Era una manera de coquetearle al hombre que sin conocer, admiraba por sus bellas estrofas llenas de música y que se había convertido, en el personaje central del jolgorio que cubría a Manaure, un caserío que como especie de balcón le daba la bienvenida, a quienes deseaban ver el hermoso paisaje que brinda Valledupar y todos los caseríos cercanos, que como cocuyos con sus gigantes mechones mostraban su belleza.
Ahí estaba ella, junto a su prima Julia Bula, especie de hada madrina y cómplice de un romance, que luego cubriría de música a cada uno de los corazones desesperanzados y amorosos, de toda una provincia ante la faz nacional.
Llegó silenciosa. Recorrió la sala de la casa de bahareque y posó su mirada, en un hombre menudito que había despertado toda su curiosidad. – “Usted es Emiliano, el que tocó anoche“?. Él trató de pararse, pero ella le dijo: -“Por aquí no hay quien toque como Usted. Su música es distinta”. Él, la miraba fijamente. Empezó a comprender que ella, tenía un raro encanto, que empezaba a metérsele por todo el cuerpo. Algo que no le había pasado con sus anteriores amores. Entendió de inmediato, que nadie sabe para quien trabaja y que esa, era la mujer que había buscado por muchos años. No sabía como, correr a darle las gracias al compadre que lo contrató para la serenata. Pero se contuvo. Ante tanta belleza, expresó lo que un hombre de su estilo debe hacer: Se cubrió de sus encantos y los volvió melodías. Dejó que su charla lo acariciara y él, en un arrebato natural hizo que su Acordeoncito de dos teclados, cayera vencido por la fuerza de sus versos musicalizados. Ese día, Emiliano Antonio Zuleta Baquero entendió que estaba frente a la musa de sus cantos. No había que buscar por otros pueblos, lo que tenía al frente. Por eso, sus décimas iban y venían en ese torrente, que solo un río lleno de amor produce.
Después de bailar toda una noche y parte del día, se publicaron sus amores. Ella, empezó a comprender que estaba frente al hombre que la ponía a pensar. No en vano, cada verso inspirado en ella, le hizo enamorarse de él. Era la mejor manera, de acariciar un nuevo mañana y dejar atrás, esos dolores de niña frente a tanta responsabilidad vivida. Atrás, quedaba el vivo recuerdo de su padre Tomás Jacinto Daza, acordeonero y cantador, que perdió la vida en 1929 por razones políticas en Villanueva, un pueblo guajiro que hacía por esa época, grandes cumbiambas y colitas.
Desde los siete años empezó a convivir con el duro trabajo de recolección de café, pilada del maíz y arroz, venta de gallina, plátano y hortalizas en la finca “El Morro“. O las veces que hizo de padre y madre, en el cuidado de sus hermanos junto a su madre María Francisca Díaz, mientras estudiaba en la escuela de Flor Olivella donde hizo hasta segundo de Primaria.
Antes de partir para Villanueva y él para el Plan de la Sierra Montaña, le hizo prometer que si quería algo en serio con ella, debía ir a hablar con su mamá y dejar la parranda, el trago y todo lo que tenía que ver con el Acordeón. Promesa cumplida a medias, ya que el juglar se presentó a los seis días y con el consentimiento de su Mamá, se fueron a vivir y un 13 de octubre de 1943 el padre Joaquín los casó en la Jagua del Pilar. Ese mismo día entendió, que Zuleta Baquero el dejar la parranda y todo lo que eso implica, era como cortarle las alas a un Pájaro. Pero él ni corto ni perezoso arremetió ante tal exigencia con sus versos, después de tres días de parranda, celebrando con los amigos y ella en su casa. Ahí fue donde la cantaleta de la Joven esposa se hizo notar, situación que la acompañó durante 23 años que duró el matrimonio.
De allí se marcharon a El Plan, territorio dirigido por el matriarcado de la vieja Sara María Baquero, mujer amorosa, de pollerines largos, versificadora y de un temple arrollador que con solo su mirada dirigía,
ese contingente musical que le dio un inmenso soporte folclórico y cultural a toda una región, donde un año más tarde nació Emiliano Alcides Zuleta Díaz y posteriormente María Clara.
Se instalan en la finca “El Morro“ que quedaba a dos horas a pie de Villanueva. Ahí con sus seis hermanos, sus dos hijos pequeños y con su esposo, decide invertir parte de su herencia en la consecución de la finca “La urca“, que lograron volverla productiva y que les permitió comprar en 1954 la finca “La Montaña“ cerca del cerro pintao, sitio que se hizo famoso por ser escenario de unas convulsiones que atacaron a Emiliano Antonio Zuleta Baquero y que lo llevó a componer
el paseo “ El Delirio “. Esta tierra virgen, a punta de hacha y machete se convirtió en una de las mejores de esa zona, en donde prevaleció el cultivo de la caña, plátano dominico, cebollín y café. Esto le sirvió al matrimonio Zuleta Díaz como soporte, para instalar en Villanueva el almacén “ San Expedito “, bautizado así en honor al Santo de los expendios. Para 1962 al vender esa finca, compran “Las Puertecitas” que con sus cerros aptos para la ganadería, gestó una mayor solvencia para ellos, que los llevó a hacerse a “Las Palmitas “. Unidos estos dos terrenos, con una variedad de clima entre lo templado y frío, crecía la esperanza de un mejor futuro para ellos, hecho que la obligaba a buscar un mejor horizonte en la educación de sus hijos. Por eso, mientras Tomás Alfonso y Fabio cursaban la primaria en el Colegio de Don Rafael Antonio Amaya, Emiliano Alcides hacía tercero de Bachillerato en el Colegio Nacional Loperena. Ahí es donde, a raíz del encuentro de directores de Colegios de Bachillerato que se celebró por esa época en Valledupar, el rector del Colegio Boyacá Don Felipe Salinas le ofreció a Emiliano Alcides Zuleta Díaz una beca, para que estudiara en Tunja –Boyacá-, ya que él con su Acordeón amenizó la recepción a todos los invitados. Para 1964, el joven acordeonero y compositor se va para Tunja a estudiar bachillerato y un año más tarde, lo hace su hermano Poncho.
A pesar del progreso evidenciado en las Fincas que atendía Emiliano Zuleta y Carmen Díaz con su miscelánea, esto generó un serio resquebrajamiento en las relaciones afectivas entre ellos. Mientras la parranda absorbía al trovador, que caía en brazos de los elogios de la crecida barra de amigos, ella, perdía toda esperanza de recomponer el rumbo de su matrimonio, la gota que llenó el vaso se dio a finales del mes de Noviembre de 1965 cuando el acordeonero y compositor se fue de parranda con sus amigos de siempre, entre ellos, Juan Félix Daza, Poncho Cotes Querúz, Arturo Molina, “Tatíca “ y después de tres días de ausencia, se presentó a su casa. Al llegar, supo que su señora madre Sara María Baquero estaba de visita, situación que no fue óbice para que el enfrentamiento se diera con tan mal resultado, que terminó en ofensas cruzadas, lastimando la dignidad de todos.
Esto llevó a Carmen Díaz Daza, a tomar una muda de ropa y con la que tenía puesta, se dirigió a la carretera central cerca del Cementerio. Allí paró un camión y se marchó para Valledupar. Atrás se quedaba la Heladería “Mary“, los inmuebles que con su tenaz y aguerrida virtud ayudó a construir y sus hijos. De nuevo, se enfrentaba a la dura realidad de crear un nuevo espacio. Pero ahí, estaba esa luchadora mujer que siempre iba marchando al frente de sus propios designios, con sus virtudes y errores pero siempre con la consigna que “ no hay mal que su bien no traiga”. Con la frente en alto, decide emplearse en la casa de Héctor Carrillo. Mientras podía, se pegaba sus escapaditas para ver que sitio le quedaba cerca, para poder montar algo con que ganarse el sustento, que le sirviera junto a sus hijos.
A finales de Enero, volvió a Villanueva y con sus ahorros, decidió llevarse su familia para Valledupar. En un camión echó sus chismes y como cuidanderos a Fabio, Mario, María, Héctor y Carmen Emilia, mientras ella llevaba, en la parte delantera del carro, a su hija Carmen Sara. Se instalan en una casa, que sirvió de sede a una empresa de madera, conocida como “La Carmelita “, ubicada en la carrera 13 hoy 17 con la calle 10. Con su hija María Clara, montó la heladería “Mary”. Este tertuliadero, permaneció desde esa fecha hasta 1969 como sitio obligado, para todo el músico que llegaba a Valledupar. Ahí no era raro encontrar a Luis Enrique Martínez, Alejandro Durán, Andrés Landero. Allí por espacio de dos años, vivió Alfredo Gutiérrez Vital con magnolia, una linda Cartagenera de esbelta figura a la que le compuso “Cabellos Largos “.
Cansada de ese duro trajín, decidió poner en 1970, la casa de empeño “San Martín “por su devoción con ese santo.
Mientras la lucha constante de Carmen Díaz Daza, se imponía para sacar adelante a sus hijos, el famoso trovador recorría los caminos de la fama y del amor. Un tiempo con una y otra, así como tratando de matar la pena que le dejaba la ausencia de su amada. Ella seguía pegada como una estampilla, en los afectos del mujeriego empedernido y creador fecundo de melodías inmortales.
Al tiempo que sus hijos hacían sus mundos, ella montó en el barrio San Martín una compraventa del mismo nombre, que le hizo ganar respeto y admiración, por el manejo que le dio a los problemas que sus vecinos padecían. Ante la petición de tanta gente, decidió ser suplente del profesor Juan de Dios Rosado, candidato por el partido liberal al concejo de Valledupar. De ahí, surgen muchas anécdotas de esta mujer autodidacta, que amparada en su sentido común, siempre encontraba una buena solución a cualquier problema, que se presentara y que sumado al privilegiado hecho, de servir su vientre de alfombra musical para que allí reposara el ingenio de los hermanitos Zuleta Díaz, son situaciones que llenan de coraje al más humilde luchador. Ella con su trasegar, nos demuestra y reafirma “que no hay caminos caminante, se hace camino al andar”.
Pero esa mujer de espíritu indomable, cayó vencida por los designios de Dios y todos sus santos. Se fue a encontrar con tanta gente querida por ella y una noche, mientras escuchaba las notas de un acordeón, con sabor a la sierra y a viejos tiempos, cuyas melodías tienen algo de Emiliano y Héctor, se fue a conversar con el máximo supremo creador de la vida y del mundo.
Quienes aseguran, que no la volverán a ver más, se equivocan. Siento que ella, está presente en los rostros de sus hijos. En el verso y canto contundente de Poncho y la ejecución de Emilianito. En la risa de Fabio y quietud, del comentario centrado de Mario y en la mirada amorosa de sus hijas, en especial de Carmen Sara.

miércoles, 18 de agosto de 2010

El Acaba Parranda



*Félix Carrillo Hinojosa

Nabila es una mujer, cuyos pocos años contrastan con el mundo que ella muestra al tener la fortuna de comentar, los sonidos de varias músicas locales, de los tantos pueblos de nuestra América que ha conocido. Eso contrasta, con la no fortuna de vivir de cerca, el embrujo contagiante que produce una parranda vallenata. Fueron muchas las formas que emplee para motivarla y viviera el placer de asistir a un Festival con nuestra música. Mi insistencia tenía un solo propósito, el cual estaba encaminado a que conociera de cerca, el goce motivante de escuchar en vivo un paseo bien tocado, un merengue con su extensión atrayente, un son lamentado y una puya que repica en el ambiente y que le da rienda suelta, al éxtasis que vive y contagia el acordeonero que seduce los botones esquivos, de un instrumento que cruzó mares y ríos para meterse en el alma campesina de nuestra gran provincia y lograr con el cajero, que le da golpes con sus manos a una caja circular con cuero de chivo, para terminar en una unidad musical con la guacharaca que cae seducida con el rebruje de figuras que construye el guacharaquero y hacer del vallenato, un solo celestial que es un llamado a la identidad, para escuchar a la música que lleva el peso de la mayor nacionalidad en nuestro medio.
Ella vive al otro lado del mar. Allá está, en ese otro mundo, en donde poco o nada significa lo que hacen los pueblos de esa otra América que lucha, por sobreponerse a la corrupción, narcotráfico, delincuencia común y de tantos males que produce sin tregua la condición humana. Hasta ella llegan, las noticias de una música que en Colombia es de total audición. Ella le sacude cada parte de su delgado cuerpo y empieza a pensar, que esa música le transformará su sentir. Después de tomar un vuelo comercial que recorre durante varias horas, mares, ríos, montañas, sabanas, llega al epicentro de la música vallenata, que con su festival, pone en alerta a todos los pueblos de la nación. Ella está feliz. Le cubre por todos los poros, las melodías vallenatas y esto le produce una sensación extraña pero agradable. Asiste a los concursos en donde comprueba como las niñas, niños y jóvenes se prenden de un instrumento, que no se cansa de brotar música. Ve como se enfrentan dos o más verseadores en un cerrado duelo de versos, cuyo repentismo pone a prueba la memoria de sus protagonistas. La canción inédita congrega a los nuevos y ya reconocidos compositores. Ellos también hacen su propio duelo. Unos con paseos, otros con merengues, puyas y sones le dicen a una nación, que la creación de ellos está viva y que hay nuevas visiones musicales, que pondrán en alto el nombre del pueblo de donde provienen. Esos embajadores sin sueldo, tienen la obligación de mostrar lo mejor y para ello, se preparan durante un año para estar en este concurso. Hasta allí llegó la esbelta figura de Nabila. Ella se deja seducir por los textos que cuentan historias de amor, protestas sociales, quejas contra la aparición de nuevos ritmos que desorientan a los nativos, elegías a valores que ya no están con nosotros, expresiones que nos brindan la mejor oportunidad de conocer, qué está pasando con los nuevos creadores. Ella sin saber de vallenato, hace sus cábalas y selecciona a sus favoritos, que pueden llegar a la final y alzarse con el codiciado trofeo. Mientras llena una cuartilla con los nombres de los que ella cree, pueden ganar el festival en sus diversas categorías, recibe la invitación abierta y espontanea del reconocido cantautor “Poncho” Zuleta quien hará en su inmenso kiosco, una parranda de marca mayor con la presencia de verseadores, reyes y aspirantes a ceñirse el peleado primer lugar en el festival que congrega todos los años, a tantos rostros de diversos lugares del mundo. En esa parranda todo gira en torno al canto, al verso y a la ejecución de un acordeón que tiene reconocidos o nuevos protagonistas. Todos van es a eso: sumado al disfrute de manos abiertas del old par, un trago que recorre las estepas de la árida guajira en forma de contrabando y que logra emborrachar a más de uno, de los que legisla en contra de esa practica que es cotidiana en la vida de esos pueblos del Caribe colombiano, a vivir de cerca el comentario sobre el nuevo rico o ganadero venido a menos, del matrimonio que sucumbió ante la irrupción de un nuevo pretendiente, del prospecto musical que anhela a suplir a los ya veteranos consagrados del canto, de la composición o del acordeón o a los amores nuevos que surgen de esa parranda que abraza la madrugada y presenta los amaneceres del Valle de Upar con sus matices que hacen quedarse en esa hermosa tierra. Todo iba a pedir de caramelo. Los cantos iban y venían, los acordeoneros se enfrentaban a ellos mismos, en procura de sacarle las melodías al arrugado instrumento. Cada quien quería mostrarse, era la mejor oportunidad de hacerlo. Cuando Nabila y los asistentes a la parranda estábamos en lo mejor, en donde el acordeonero afilaba sus rápidos dedos para ponerle música a su instrumento, el cantante abría sus pulmones y brotaban de él, esas melodías con sabor a pueblo, mientras el cajero y guacharaquero secundaban los llamados de ambos, apareció así de pronto como siempre, el instruso sin calidad que no falta y que lo daña todo. Todos nos aprestábamos a vivir el momento cumbre de toda parranda, el éxtasis a que nos lleva sin darnos cuenta la misma, pero que en ese momento fue cortado de un tajo: el cantante dejó de cantar, el acordeonero de tocar, la mayoría de los asistentes no le dieron importancia a la parranda. Todos en su gran mayoría corrieron y se llevaron la mano a la pretina. El responsable de toda esa hecatombe, fue un señor al que bautizaron con el nombre de “Celular”. Nabila que había llegado sin su compañía, sintió un dolor profundo. Percibió de viva voz, que ese intruso había llegado sin tarjeta de invitación para acabar la parranda. Ella en un acto desesperado, decidió irse al centro de lo poco que quedaba de la famosa parranda y dijo en voz alta:” señoras y señores, no puede ser que uno venga a disfrutar de una parranda vallenata, recorra muchos lugares para estar aquí en este festival y se encuentre con la vergonzante acción de un personaje que no toca, canta, compone, bebe, enamora ni nada por el estilo y termine masacrando una de las fortalezas de esta cultura musical. Por Dios, este es un SOS que lanzo desde aquí, para que a partir de este momento, se prohíba el ingreso de ese señor “celular” a un acto tan maravilloso como este. Parranda vallenata que se respete, no debe dejar ingresar a tan imprudente señor, porque estoy segura y me van a dar la razón, que no hay mejor amor que el que nace en ella, no hay mejor tertuliadero que el expresado aquí, no hay mejor goce musical que el expresado en las notas de un acordeón y las voces de nuestros cantores, para que venga el señor “Celular” y derrumbe en una llamada, lo que por muchos siglos logró construir nuestros juglares. Por eso les pido, que si quieren conservar la parranda vallenata, como una de las mejores maneras de disfrutar esta música, se prohíba a partir de este momento, el ingreso y uso en ella, del señor “Celular””. Todos la miraron y entendieron, que sin ser ella de esta tierra llena de vallenato, había dejado un fuerte llamado de atención para evitar que nuestra música y en especial: la parranda, termine arrinconada por la tecnología y por un señor intruso mal educado y que está en contra del vallenato, llamado “Celular”.
*Escritor, Periodista, Compositor y rey Vallenato, gestor cultural para que el vallenato tenga una categoría en los Premios Grammy Latinos.

lunes, 16 de agosto de 2010

Emiliano Zuleta Baquero

“El Hombre de la Gota Fría”
*Felix Carrillo Hinojosa


Lo encontré recostado en una hamaca de rayas. Apenas me vio, se levantó, dejando entrever esos buenos modales, que le acompañó siempre. Su cabeza blanca y su mirada perdida, daban testimonio de los años vividos. Con sus pies menuditos y un caminar lento, se me puso al frente. Me dio su mano. Sentí un apretón de acordeonero curtido y no era para menos. Él logró librar, más de una batalla folclórica, de las que siempre pudo salir airoso. ¿Pero qué tenía de atrayente, un personaje como él? .Eso lo descubrí después de brindarme un taburete. Se sentó en su hamaca y sentí en su mirada de veterano gladiador, un reto para conocer de su viva voz, esos pasajes que siempre construyó a punta de sonidos musicales y sus versos que como juglar libertario, dejó en los caseríos y veredas que luego se convirtieron en pueblos, pero que nunca lo olvidaron.

¿Dónde nació Emiliano Zuleta Baquero?
“Nací en la Jagua del Pilar o del Pedregal, el 11 de Enero de 1912. Mis padres ya fallecidos, fueron Sara María Baquero Salas y Cristóbal Zuleta Bermúdez. A pesar que conviví casi nada con mi padre, de él, sé que era músico completo. Tocaba guitarra, tiple, caja, bombo, redoblante y era un buen cantante. Pero es mi madre, quien prácticamente me crió sola, de la que mayor influencia tuve. Era una mujer menudita, que se vestía con pollerines de muchos colores. Fue cantadora, recitadora y bailadora de cumbiamba. Era del partido conservador. Ella me inculcó esa vocación por ese partido, al que con orgullo pertenezco. También me dejó su manera especial de servir. Su capacidad de dar ordenes, la hizo convertirse en un personaje en el Plan Sierra Montaña, en donde escuché por primera vez, el sonido de un acordeón”.

¿Cómo fue su infancia y juventud en el Plan?

“Toda mi niñez la pasé en Valledupar, concertado en la casa de la señora Conchita Ustáriz. Había nada más dos barrios. El Cañaguate y el Cerezo. Mi oficio era recoger en la madrugada, el agua del río, llevar la leche y cortar la leña. En esa actividad duré hasta los trece años. Luego la vieja Sara me llevó a la Jagua.
Nosotros somos campesinos. Desde los trece años, me dediqué a labrar la tierra. No había tiempo para el estudio. Durante las faenas, que se iniciaban temprano y se extendían hasta tarde, los trabajadores que estaban conmigo, bajaban al pueblo y traían noticias, que hablaban de enfrentamiento de los músicos. Esto me incentivó y tomé prestao un acordeoncito de un teclado, que tenía mi tío Francisco Salas, hermano de mí mamá. Fue un robo consentío. A mí siempre me atrajo el sonido del acordeón. Así me hice músico, en contra de la vieja Sara, que no veía con buenos ojos, que un hijo de ella, se metiera en esas cosas de la música, porque era solo para borrachines. Por eso, después de durar un tiempo aprendiendo la ejecución del acordeón, me le presenté a mi tío y le dí una serenata con un merengue que le hice, que todavía está inédito, que dice: “Le vivo rogando a Dios, que me perdone mí tío, por culpa del acordeón, que yo me llevé escondío”. Él, al escucharme, se levantó y me felicitó y me regaló un acordeón, que estaba en mejores condiciones. Así me hice músico”.

Maestro Emiliano, ¿Cómo hace un muchacho como Usted, para meterse en el mundo de la música?

“Bueno, es que fíjese, antes de conocer el acordeón, los hombres que hacían los trabajos en la sierra, en los descansos formaban sus conjuntos con las hojitas de plátano y café, produciendo unas melodías raras. Así aprendí a ponerle melodía a los versos sueltos que hacía. Eso me hizo un decimero de respeto en toda la región. A cualquier detalle le ponía melodía. Además aprendí a tocar la caja y ejecutar el carrizo, que lo aprendí de Cayetano Atencio, el mejor gaitero de Villanueva. Después, me metí en la sierra a tocar acordeón solo, que era la costumbre de antes. El acordeonero ejecutaba su instrumento sin acompañamiento. Si aparecía el cajero o el guacharaquero bien, o sino también”.

¿En qué momento, se sintió Usted músico?

“Uno a veces se cree lo que no es. En un principio, pensé que porque ya tenía un acordeoncito al pecho, era músico. Pero resulta, que era apenas el comienzo, porque los acordeones de antes, eran incompletos y en el caso mío, apenas “chapuceaba” unas cuantas melodías. Pese a esa dificultad, no dejaba de creerme acordeonero, pero hubo un pasaje que me enseñó mucho. En una parranda en Villanueva, varios amigos míos me sonsacaron para que me enfrentara al músico que estaba tocando. Era nada menos que “Chico” Bolaños, que ya tenía una fama extendía por toda la provincia. Llegué con un acordeoncito remendao con cabulla y le lancé un verso, el cual no me dejó terminar y que recuerdo tanto: “Aquí ha llegado Emiliano, y ha llegado como un loco, con un machetito mocho, a matase con Bolaños”. Eso me hizo aterrizar. Ese día nos hicimos grandes amigos”

Maestro Emiliano, en la vida del juglar vallenato no dejaba de existir la copla amorosa para las musas, en la mayoría de los casos, cambiantes porque Ustedes eran unos trotamundos. Hoy estaban aquí, al día siguiente en otro lugar.

¿Cómo fue su vida amorosa?

“El músico vallenato a pesar, que se le consideraba poca cosa, su música atraía a la mujer. En esos recorridos de pueblo en pueblo, uno tenía sus amoríos. La mayoría de las veces, se olvidaban por razones de los viajes. En mi caso, antes de conocer a Carmen Díaz, tuve unos amores y productos de ellos, unos hijos. Pero el día que la conocí en Manaure Cesar, cuando le fui a poner una serenata de parte de un amigo, quedé enamorado de ella. Era una mujer esbelta y elegante. Tenía una sonrisa y una mirada que me atrajo. Al verla me dije: Esta es la mía. Y así ocurrió. Ella es la madre de mis hijos y la musa más grande que he tenido. Todos mis cantos tienen la presencia de ella. Ya sean de afecto o de rabia. La única mujer que estuvo en mi corazón, antes, después de casado y luego de separados, fue ella. En un verso se lo digo: “Si me caso en otros tiempos, me vuelvo a casar con Carmen”. Ella fue una gran mujer, pero sus celos, su incomprensión con mí actividad de músico, que en esa época no se ganaba nada y el poco valor de la música, terminaron nuestros amores”.

La piquería lo ha perseguido y siempre se habla, de la que sostuvo con Lorenzo Morales. ¿Qué otras vivió el Maestro Emiliano?

“Para llegar a ser lo que soy, me tocó pasá más de un arroyito. Esa píqueria con mi compadre Morales tiene su historia. A mí me llegaban noticias que traían los que venían del Valle, que en Guacoche existía un músico de extraordinarias cualidades, que decía que era mejor que yo. Ni corto ni perezoso le mandaba la contesta, a pesar que no lo conocía. Eso fue por la década del 30. Le hacía cantos, que él respondía. De igual manera le pasaba conmigo. Que en Patillal o Valledupar, siempre encontraba recaos groseros. En ese son, estuvimos como ocho años, hasta que por fín nos tropezamos en Urumita. Al final, Morales se fue de madrugada, evitando la contienda conmigo. Él dice que fue allá a hacerle una diligencia a su mamá Juana Herrera y que tenía que regresarse rápido. Ante su repentino viaje, decidí hacerle la pieza, “La Gota Fría”, por allá en 1938”.

Maestro Emiliano, ¿Por qué el nombre de “La Gota fría”?
“Desde muchacho, le escuchaba a las personas mayores, en especial a la vieja Sara decir, “ajuiciate porque te va a caé la Gota Fría”, ya que en Tunja había un panóptico que tenía un cuarto especial conocido como “La Gota Fría”, en donde eran recluidos los presos pelioneros o de alta peligrosidad. Este cuarto tenía una rendija en la parte superior, por la que penetraba una gota de agua, que le caía al preso en la mollera. Como él permanecía de pie, eso era un suplicio que la mayoría no aguantaba, es decir, que caían derrotados. Como Lorenzo salió huyendo para evitarme, entonces, se me ocurrió aplicarle eso que vivieron los presos. A mí la píqueria me ha llamado atención. Fíjese lo que viví con “Chico” Bolaños.

En 1950 sostuvo en la gallera de Villanueva, una con Abel Antonio Villa. Fue tan fuerte ese encuentro, que la disputa terminó en San Juan del Cesar, en casa de Arturo Molina. Él era un músico ofensivo y nos veía, a los que no habíamos grabado como músicos del montón. Llegó vestido de lino y empezó con su barra a ofenderme y a echarme versos. Recuerdo uno: “Yo soy el que pinta huellas, antes de poner el pie”. Pero de inmediato le respondí: “Yo soy el fuerte aguacero, que apaga la huella en la tierra”. Esto lo volvió malhumorado y trató de encararme, pero la oportuna intervención de varios amigos, evitó ese mal pasaje, por parte de Abel Antonio Villa. Al final, terminamos en un fuerte abrazo. Soy un musico que no le gusta el mal comportamiento con sus colegas, situación que le transmití a mis hijos y que por fortuna, ellos han sabido recoger.
Otra fue, la que trataron de armar los músicos Luís Enrique Martínez y Juancho Polo Valencia, al hacer unos cantos en donde me retaban. Pero no les hice parada. No por temor, sino porque sin motivo y sin razón no se debe hacer píqueria Si a esto le suma, las rabietas de mi hermano “Toño” Salas un músico bueno, pero que no sabe de chanzas. Para fregarle la vida, siempre le mandaba esto: “Cada quien toca en su puesto, mostrando su repertorio, que creo ese el arroyo, que no va a pasá mi hermano”.

Su fama se extendió por toda la provincia y todos querían conocerlo, entre ellos, Guillermo Buitrago Henríquez, un guitarrista y cantante de Cienaga, que tenía una fama y hacia programas en la radio. ¿Cómo se conoció con él?


“Él vino a Villanueva en 1945. Escuchó varios cantos míos y de otros músicos. Tenía una memoria prodigiosa. Todo lo grababa inmediatamente. Así se aprendió varias canciones y como en esa época no valía nada la música, las grabó y se coloco de autor. Él en realidad, era más intérprete, que compositor, igual que Abel Antonio Villa. Me tocó pelear para que esas canciones tuvieran el nombre de su verdadero autor, ya que él, la grabó como “Que criterio”, en vez de su nombre original y desconociendo mi autoría. Así hizo con varios compositores de ésta región, entre ellos, Rafael Enrique Daza compositor del “huerfanito”, entre otras cosas, un gran acordeonero”.

El escenario está invadido, por nuevos valores de la música vallenata, que han creado una nueva forma de sentir ésta música. ¿Qué opina de ellos?

“Esos muchachos pueden ser nietos míos. Lo que ellos hacen es diferente. A veces, no tiene ninguna relación con lo que nosotros y los anteriores a mí, construimos. Pero entiendo, que esa es su forma de ver y sentir a nuestra música. Es bueno, que los muchachos de hoy, no pierdan la esencia del vallenato. Por eso me gustó lo que hizo Carlos Vives, no solo con la obra mía, sino con los grandes compositores del vallenato. Lo que siempre he dicho, es que los buenos harán historia. Nosotros no somos moda”

Maestro, siempre se ha comentado su paso como concursante del Festival de la Leyenda Vallenata. ¿Qué pasó esa noche de la final?




“Llevé todo mi música, que había hecho en la sierra. Ya mis canciones tenían renombre en todos los pueblos. Era reconocido como acordeonero, a pesar de no haber grabado. Como compositor y verseador tenía un respeto en toda la provincia. Cuando nos invitaron a participar en el Festival Vallenato, me encontré con Luis Enrique Martínez, un acordeonero prodigioso. También venía Alejo Durán, Abel Antonio Villa, Lorenzo Morales y me llamó la atención, un acordeonero de Mariangola, llamado él, Ovidio Granados. Todas mis presentaciones fueron acogidas por el pueblo. Como no me dijeron que había que tocar nuevamente, me fui con “Poncho” Cotes, Alfonso Murgas, Andrés Becerra, al barrio las tablitas. Allí festejamos mi actuación. Eso era un triunfo seguro. Al cabo rato, me llegó buscando un taxista conocido como “me agacho”, quien me dijo, que si no me presentaba en el término de la distancia a la plaza, me iban a eliminar. Todos salimos para allá, con tan mala suerte, que al llegar ya estaba descalificao. Cogí un rabietón, pero no hubo poder humano, que les hiciera recapacitar en su decisión. Eso me dolió mucho. Porque no era la manera para sacarme del festival. Después con el tiempo, comprendí que esos son los concursos. Prometí no competir más nunca allí, pero que va, en 1972 participé y fue cuando se me murió en plena competencia mi cajero, el compadre Cirino Castilla”.

Los juglares de la música vallenata, son respetados por considerárseles, los gestores de todo este movimiento folclórico, que tiene un importante espacio en Colombia y varios países del mundo.


¿Qué piensa del reconocimiento que recibe su obra y sus hijos “Poncho” y Emiliano Zuleta Díaz?

“Cuando comencé, no pensé jamás que mi música iba a recorrer tantos caminos. Imagínese, “La Gota Fría” cantado por Julio Iglesias y Carlos Vives y Egidio Cuadrado, un muchacho de Villanueva. La Píqueria con mi compadre Morales, cuantos comentarios no ha generado. Fíjese que con mi actividad de músico, logré que muchos personajes que permanecían escondidos en la sierra, fueran escuchados. Ahora, les dejo unos hijos que son el emblema de la música vallenata. Y no es porque sean mis hijos, pero “Poncho” en su canto, con sus versos y canciones y Emilianito con su acordeón al pecho, también con sus canciones y como verseador, son extraordinarios. Ha sido una fortuna para mí, tener a unos hijos así. Grandes en la música. A esto súmele, a mi hijo Héctor quien falleció siendo un niño, pero que dejó una música exquisita, en el acordeón y en la composición, que no ha sido superada. A Mario y Fabio, quienes tienen su valor en la música. Soy un hombre que puede morir tranquilo, porque su música tiene quien la difunda, contrario a lo que ha ocurrido con mis colegas, que son muy grandes, pero su obra, no ha tenido continuidad. Tengo además, unos nietos que sienten la música y el canto, con gran calidad. Ahí está Iván, que anda con Diomedes Díaz, Andrés Alfonso, Héctor Arturo y Cabeto, que están estudiando, pero les gusta la música. Es que en los Zuleta, hasta las mujeres viven la música vallenata. Es decir, que me puedo ir, pero ahí les dejo a la Dinastía Zuleta, para que no me olviden”.

*Escritor-Periodista-Compositor y rey vallenato-Gestor cultural proponente para que el vallenato tenga una categoría dentro de los Premios Grammy Latinos

sábado, 14 de agosto de 2010

ALFONSO LÓPEZ MICHELSEN

“Y SU PALABRERÍO REVOLUCIONARIO”
* Por Félix Carrillo Hinojosa



Desde niño escuchaba a los mayores, pese a sus advertencias que en sus conversaciones no podía estar uno, que existía un hombre en Bogotá muy ligado a la provincia por razones de sangre y que no hacia más que ayudarnos. La primera vez que lo vi, tenía 9 años. Mi padre, quien hacia parte de la delegación guajira que apoyaba a Luís Enrique Martínez me había llevado al primer Festival de la Leyenda Vallenata. No se me olvida, que al lado del palo de mango, estaba una tarima de madera y un micrófono alto por donde hablaban. Mi padre gritaba, cada vez que Luís Enrique Martínez tocaba. Eso iba y venía gente. Todos tenían su predilección por uno u otro acordeonero. A mí padre le oí decir con rabia: “nos robaron. El pollo es el mejor. No hay por aquí quien toque mejor que Luís Enrique Martínez”. Muchos años después, entendí varias de las situaciones, que pese a mí corta edad, presencié en ese evento

Mi padre me lo mostró. Era un hombre delgado y de cachetes rosados, pese al calor insoportable que se vivía en la plaza que llevaba el nombre de su papá. Él escuchaba con detenimiento a los acordeoneros. Tenía gafas y era parco, cada vez que iniciaba y terminaba la ejecución de los músicos. Al lado de él, casi pegado como una estampilla, estaba una persona con corbata, camisa manga larga, que luego supe al oído por boca de mí papá, era Rafael Escalona. No los volví a ver más.

Cuatro años más tarde, junto a Delfido Rivero, Javier Daza y Jorge Luís Martínez estuvimos en el quinto Festival, acompañando a los Hermanos López y su cantante Jorge Oñate. Ahí estuve con mí papá, quien era seguidor de ellos porque su música, tenía mucho sabor guajiro y todo lo que se le pareciera a Luís Enrique Martínez era para él, grande y de respeto. Eso también lo vine a entender después. A partir de ese momento, empecé a valorar lo que significaba Alfonso López Michelsen para nuestra tierra como defensor de nuestra música y como persona. De él se dice, con justa razón, que es el creador de la idea que une lo religioso, la fiesta de la virgen del Rosario y lo profano, la mezcla de lo mestizo y zambo, a través del Acordeón, Caja y Guacharaca, situación que fue acolitada por muchas personas, entre ellas, los hermanos Darío y Roberto Pavajeau Molina, en cuya casa se le dio formal bautizo al Festival con el sonido impetuoso que el acordeón podía brindar, mientras las eternas parrandas de Rafael Escalona, Andrés Becerra, Alfonso Cotes y Alfonso Murgas, eran amansadas por la delicadeza femenina de Consuelo AraújoNoguera y Miryam Pupo de Lacouture, al tiempo que la voz sonora y llena de protesta del pintor Jaime Molina Maestre, se hacia sentir en cada uno de los cuatro rincones de la plaza. Ese triangulo lleno de música por parte de quienes llegaban a concursar, se repartía entre la casa de Hernando Molina, los Pavajeau y la casa del ilustre político, que se vitalizaba con o sin su presencia física, quien la mayoría de las veces, gestaba los más sesudos análisis, que llenaba los cafés de Valledupar y que duraban semanas, machacando el mismo tema. Unas veces, alabándolo y otras, en la mayoría de los casos, dejándolo si nada que ponerse. Así era y sigue siendo nuestra provincia, en donde la reputación dura menos del tiempo que dura cantando un gallo.



Pero Alfonso López Michelsen viniera o no al festival, era un cerebro que cada vez que abría la boca ponía a pensar al país y por qué no a los Valduparenses y de paso a ciertos grupos del Cesar, quienes pese a sus diferencias, no dejaban de reconocerle así como lo hizo toda Colombia, que con él, la retórica argumentativa adquiría su verdadera dimensión.A través del tiempo Alfonso López Michelsen supo recoger la esencia del canto vallenato. Por su formación y sus constantes viajes, pudo darle la dimensionalidad que tenía esa música de la provincia. Eso le permitió mirar, los diversos cambios que otros muy cercanos a él, no podían aceptar. Unas veces, recogía las voces de Carlos Araque, Juan López y Juan Muñoz como base de la música campesina, al tiempo que le gustaba la música de Luís Enrique Martínez y Alejo Durán que como dos gladiadores se peleaban el sitio de honor como los más reconocidos de ese tiempo, sin dejar de lado, los mensajes envueltos en piquería que se proferían Emiliano Zuleta Baquero y Lorenzo Morales Herrera, cuya base contestataria reforzaron la píqueria que sostuvo Francisco Moscote y un diablo que apareció con forma de acordeonero, tratándole de fregar la vida. Pero si eso lo entendía como fenómeno de la más pura tradición oral, sus opiniones se abrían a los cambios que el pueblo de Valledupar sin darse cuenta construía, en la que dejaba de ser la aldea de unos cuantos para convertirse en la ciudad de todos y de nadie. En esa renovación, la música de Rafael Escalona jugó un papel determinante, quien a través de sus viajes itinerantes y su nueva visión literaria que contrastaba con la de los campesinos, de donde tomó la mayoría de sus melodías y les adaptó su literatura de estudiante de bachillerato, para erigirse como el Cervantes del vallenato. Esa ruptura la entendió Alfonso López Michelsen y en un acto de sabia compincharía la llamó “cipote ángel”, que no era otra que darle escritura real al uso de las melodías de esos hombres analfabetas y ponerlas a transitar por el mundo en las voces del cantor que se atravesara, con el discurso que solo un hombre como Escalona podía expresar. Pero si eso por los lados del compositor Patillalero ocurría, no era menos la situación que vivía Gustavo Gutiérrez Cabello, un joven Valduparense que tenía en García Lorca, Atahualpa Yupanqui, Agustín Lara a los elementos más cercanos, aún estando tan lejos de su tierra vallenata, para confrontar y fortalecer su lírica.



Eso también lo entendía Alfonso López Michelsen, por una sencilla razón. Esos cantos adoloridos que emitía el novel compositor Gutiérrez Cabello, tenían la fuerza citadina y cierto toque andino, lo que llevó en más de una ocasión a sus más cercanos contertulios a dejarlo solo, mientas que el hombre del discurso claro, lo comprendía porque él también tenía sus espinas que le recorrían el alma. Ese canto desgarrador de Gustavo, encontraba eco en el político pero ante todo, en el hombre que se enamoraba, que bebía por semanas y saboreaba los encantos naturales de los altos sardineles del viejo Valledupar. Pese a su formación y a su nivel social, Alfonso López Michelsen supo entender la idiosincrasia del Magdalena Grande. Siendo un liberal de rancia extirpe, su visión socialista lo llevó a compartir en largas tertulias, con los conservadores de la provincia y con aquellos que aún siguen pensando, que el no resolver los problemas sociales como el desempleo y la inequidad de la tenencia de la tierra, entre otros, tienen al país en serias dificultades.

Un día cualquiera, el hombre que había bebido de la sabia de los viejos provincianos y que en su recorrido también incidió sobre la suerte de todo el vasto territorio Cesarense, partió a la tierra de donde había llegado unos años atrás. Nuevos retos se abrían a su camino de político. El país acogía al hombre político, al dirigente de grandes aportes, al que nuestra provincia tuvo en su seno y lo consideró un vallenato más. Pero él, pese a sus logros, seguía pensando en la tierra de sus ancestros, en la de sus amigos, en la de los provincianos con los que llegó a confundirse en un fuerte abrazo que nada tenía que ver con estrato o en la de los amores furtivos que la luna vallenata acolitó. No había problema en la provincia que no llevara el sello de su resolución. Cualquier disputa partidista, problema de compadres y más de una queja amorosa, tenía en su arreglo, la bendición de López Michelsen.




Mucho tiempo después, en una de esas charlas interminables con el inolvidable maestro Manuel Zapata Olivella, volvió a ser tema la presencia de Alfonso López Michelsen en la música vallenata. Por eso quienes creen, que solo para ser Gobernador del Cesar fue que se tuvo noticias del hombre político, están equivocados, ya que por los años de la década del 50, una delegación de músicos que trajo el escritor a Bogotá, bajo la ayuda del político y ante todo del amigo de la provincia, se presentó en varios medios radiales, al tiempo que la parrandas de los Magdalenos no se hizo esperar. Además, las razones del corazón Vallenato que tuvo siempre Alfonso López Michelsen, van más allá de esa razón egoísta que muchos esgrimen. Ese llamado de los genes, siempre le produjo en su vida una agradable sensación, lo que le permitió, sin importar el lugar en donde se encontrara, que algún motivo de la provincia lo llenara de motivación. No podía ser ajeno, al recuerdo entrañable que le producía evocar a su abuela paterna Rosario Pumarejo Cotes y a su abuela materna Antonia Lombana Berreneche, Valduparense la primera y Samaria la segunda.


Siempre el Festival de la Leyenda Vallenata contó con su presencia. Como gestor principal de ese evento, que surgió, de la narración que le hizo en su visita a Bogotá, antes de pisar él, el suelo de la gran provincia, un colón cultural como lo fue Manuel Zapata Olivilla, en donde le llamó la atención como “los juglares se batían durante varios días, en un duelo musical hasta el cansancio”. Ahora que ya no está físicamente, se le rendirá un sentido homenaje que se suma a los ya hechos durante estas cuatro décadas, en el que su nombre ha estado de boca en boca. Porque para nadie es un secreto, que al interior de ese evento folclórico, su nombre se pasea como pedro por su casa, a través de la anécdota y ante todo, de su palabrerío que como una gran mecha revolucionaria prendió el sentido de partencia que siempre ha acompañado a los Cesarenses, a diferencia de otros departamentos, situación que en gran parte, estimuló a muchas generaciones y ayudó a construir grandes hechos promisorios, que la violencia y la corrupción política y administrativa quieren acabar.

*Escritor, Periodista, Compositor Vallenato y gestor cultural proponente, para que el Vallenato tenga una Categoría dentro de los Premios Grammy Latinos.

martes, 10 de agosto de 2010

LUTO

ANTONIO SERRANO ZUÑIGA


Es un compositor Samario que produjo una importante obra dentro de la Música Vallenata,quien falleció el 7 de Agosto/10 en Bogotá. Intérpretes como Los Hermanos Zuleta Díaz,Jorge Oñate y los Hermanos López, Pedro García y los Cañaguateros, Poncho Pérez y Elberto López, Rafael Orozco y Emilio Oviedo, Gabriel Chamarro y Andrés Gil,Carlos Lleras Araújo y Beto Muegues,lograron plasmar valiosas obras como "Reminiscencia", "Despertar de un acordeón", "Viejo Guayacán", Enamorado Corazón", "Bellos Tiempos", "Serenata Decembrina" y "Tristeza India", que lo ubicaron en un sitial dentro de la Música Vallenata.

NICOLÁS MENDOZA DAZA

TODO UN SEÑOR VALLENATO ”
Por: Félix Carrillo Hinojosa





“ Soy un hombre de pocas palabras,el acordeón habla por mí ” “ Colacho”
En 1957 llegó a Valledupar. Venía de un pueblo guajiro conocido como Caracolí Sabanas de Manuela, corregimiento de San Juan del Cesar, donde nació el 15 de Abril de 1935. Allí vivió su infancia cubierta de música, por parte de su padre Julio Mendoza Mejía y su hermano mayor Emiliano Mendoza Daza, quien falleció prematuramente. Al lado de su madre Juana Bautista y sus hermanos Andrés, “Barón”, Rita y Rosa salió en el 48 para la Jagua del Pedregal donde capoteó su adolescencia. Allí veía a su padre ejercer la actividad de técnico de Acordeón, al tiempo que desarrollaba su personalidad callada, tímida y humilde. Esto lo hizo refugiarse en las notas de su acordeón de dos teclados, que le regaló su padre y que cayó seducido por sus dedos gigantes, que servían de puente para entrelazar la música criolla y los más expresivos acordes modernos. Esto generó en el joven de escasos 17 años, la fortaleza necesaria para buscar nuevas rutas. Codazzi, Fundación y Patillal, fueron los primeros lugares que vieron su imagen menudita. Pero es la hoy, “Capital Mundial del Vallenato”, su sitio de mayor consolidación, donde llegó para quedarse. El hogar de don Roberto Pavajeau y doña Rita Molina, padres de Darío y “El Turco”, le dieron la bienvenida. En ella se estacionó y empezó a cubrirla de música, mientras desempeñaba las funciones de chofer, del ya reconocido creador Rafael Calixto Escalona Martínez, en donde la música del mismo, creció y se extendió en los distintos rincones de la provincia, la voz y la música de
“ Colacho”, se levantaba como el más reconfortante regalo identificador, de una cultura musical que tomaba vuelo y empezaba a desplazar a otros foráneos géneros musicales.
No era raro verlo al lado de Simón Herrera en la Caja, la guacharaca y el canto de “Tijito” Carrillo enfrentándose al más versado ejecutante del acordeón en “el Café la bolsa”, en la parranda de la elite vallenata o en el barrio más humilde. Cuando estos dejaron de acompañarlo, la presencia del hoy legendario Rodolfo Castilla Polo, se hizo insustituible junto a la guacharaca de Adán Montero. Este trío musical logró nueve años más tarde, volver posible el sueño de independencia que atesoraban tantos Valduparenses y Migrantes. Porque a nadie debe extrañar, que desde sus inicios, la música vallenata se dedicó a abrir puertas donde era imposible entrar. Si bien es cierto que el verbo de tantos hombres y mujeres acuñaban la esperanza de lograr en derecho ese propósito, no lo es menos fundamental, que el Acordeón y la voz de Nicolás Elías Mendoza Daza se fundieron en un solo coro, mientras el rebruje de la caja de Castilla Polo se entrelazaba en un círculo armónico con el repicar de la guacharaca de Adán Montero. Al tiempo que, los versos de Escalona que como una radiografía, dibujaban lo más íntimo de la provincia, envuelta en personajes alegóricos que se parecían a los sitios y lenguajes populares, que identificaron a una ciudad como epicentro del folclor y el nacimiento de un departamento, como lo más pujante en el área caribeña, que tienen en su cultura musical, uno de sus mayores valores agregados.



Pero “ Colacho” el hombre, conjugaba como músico otras virtudes. Su personalidad fuerte y de una sola palabra, se soltó del cascaron proteccionista de Escalona y empezó a regar su música por todas partes. No tenía necesidad, de dejar de cantar la obra de su más admirado creador. Todo lo contrario. Para “ Colacho” no era fundamental tener a Escalona susurrándole al oído sus misteriosas melodías. Él, se las sabías toditas y en más de una ocasión, le recordaba versos que éste olvidaba.
Fue tanta la ocupación del gran acordeonero, que ya no se le veía en Valledupar. Unas veces, le correspondió estar metido en los estudios de grabación para dejar en su voz o la de Isaac Carrillo Vega, en el sello Carrizal, las obras que hoy gozan de un respeto y admiración. Las otras, acompañando a Escalona en sus largas y grandes correrías, que si no eran con el Ministro, el Presidente, el Embajador, se confundían con la serenata a la mujer amada, no importaba su edad, posición social o lugar. Al final, a Escalona eso poco le importó. A “ Colacho” si que menos. Él con tal de estar cerca a su admirado compositor y amigo, las horas se volvían días, estos meses y los años, caían envuelto en una alcahuetería musical, que dejó a más de un corazón destrozado como también unas inmensas trochas urbanizadoras, de las que hoy se recogen grandes resultados.
Pero al andariego músico, le llegó el momento justo, que durante mucho tiempo buscó, para derrotar su soledad afectiva. Fue una morena, de ojos vivos y caminar alegre, que sonsacó al esquivo “ Colacho” y lo llevó al altar un 25 de agosto de 1961. Fanny Zuleta logró cubrir de amor la vida del acordeonero. Fue tanto el impacto en la vida de sus amigos y en especial, la de Escalona que éste, ante la inminente decisión, no tuvo más remedio que musicalizar en ritmo de merengue, “ El Matrimonio de Colacho”. “ Entristecido quedó Escalona porque Fanny se lleva a “Colacho” mírenla vestía de blanco con su velo y su corona

Esto no fue impedimento para que el amor de “Colacho”, se regara en distintas mujeres y quedaran siete hijos, que tienen el vivo reflejo de una excelente persona y gran acordeonero.Después vino para el cantor, acordeonero, compositor y versificador Nicolás Elías Mendoza Daza, una continua conquista de éxitos. Rey del Festival de la Leyenda Vallenata en la categoría profesional, acompañado en la Caja por Rodolfo Castilla Polo y en la Guacharaca, Adán Montero. Esa noche de abril de 1969, “El hombre del sombrerito” como graciosamente se hacía llamar, les demostró a todos, pese al montaje de un reducido sector asistente a la plaza Alfonso López, que trató de abuchear su presentación, que “ Colacho” no era ni fue, producto de la elite vallenata, de unos organizadores sectarios o de un jurado amañado. Porque en honor a la verdad, el teclado de su acordeón cayó vencido por el vendaval de notas, que solo un grande como él pudo exponer. Esa noche, los cuatros aires nuestros se desgranaban en un vaivén melódico confundidos en un solo de caja, guacharaca y acordeón.
Pero eso no quedó ahí. Su voz hizo un paro y se dedicó a musicalizar, el sentir de tantas voces grandes de nuestra música. Con todos ellos salió triunfador. Caso único en la historia del Folclor vallenato, que un Acordeonero que viene de triunfar como rey vallenato y da el salto justo, para armonizar con otras voces. Él, logró conectar de manera armoniosa, todo lo que había conquistado a través del tiempo, para que en conjunto, con esos variados colores del canto vallenato, le pueda presentar a nuestro continente, pese a no estar físicamente, una importante hoja de vida al servicio de nuestra cultura musical.
Y así era “ Colacho”. Un hombre serio, que no se dejó trastocar por el éxito y otras formas económicas, que desestabilizaron al artista vallenato. Su vida era amplia y dedicada al servicio de su actividad artística, sin egoísmo, uno de los males que ayuda a construir toda esa confrontación fraticida, que en nuestro medio se levanta como un muro, que minimiza la salida a toda actividad humana. Después de grabar con Alberto Fernández Mindiola y Pedro García Díaz y a pesar de ser rey vallenato en 1969, invitó a un nuevo cantante de 20 años en ese entonces, Tomás Alfonso Zuleta Díaz, quien acababa de ser rey aficionado en 1969, con su hermano Emiliano Alcides Zuleta Díaz, para que compartiera el set de grabación, con seis canciones que perfilaron una nueva voz para el folclor vallenato. Después llegaron otras inmensamente grandes como Jorge Oñate, Diomedes Díaz, Silvio Brito, Carlos Lleras Araujo, Ivo Díaz y Rafael Santos Díaz, quienes consideraron la ejecución del Acordeonero, en el nivel justo como lo saben hacer “Los Maestros”, hecho que se ratificó al conquistar el Rey de Reyes en 1987 al lado de Pablo López y Virgilio Barrera, ejecutantes clásicos de la Caja y Guacharaca y que envolvió al Acordeonero, en unas nubes musicales que lo convirtieron en “leyenda” viva de la música colombiana. Esta cima fue superior a los comentarios, que siempre trataron de restarle a su grandeza de artista.
Nos quedan, tantos recuerdos almacenados en el baúl sentimental, que todos tenemos guardo en la mejor parte de nuestra vida, que cada vez que nos toquen el potecito de la nostalgia, se abrirán nuevos párrafos en la que necesariamente el nombre de Nicolás Elías Mendoza Daza ocupará página especial.
No se le haga extraño amigo lector, si alguien que usted no sabe quien es, que viene de un lugar lejano o cercano, le musite cerca de su oreja como quien cuenta una pena, un verso de Ivo Díaz: “ Quién es el que toca bonito ” “ COLACHO ”........ Siempre........... “ COLACHO ”

*Escritor, Periodista, Compositor y Rey Vallenato, Gestor Cultural proponente para que el Vallenato y la cumbia tenga una categoría dentro de los Premios Grammy Latinos.

domingo, 1 de agosto de 2010

Tiempos del Vallenato

*Felix Carrillo Hinojosa


“La Música Vallenata no puede ser una laguna sin salida”
Fercahino

La música vallenata hace parte del relato nacional, que los pueblos nuestros construyen, a manera de supervivencia, para que sus voces lleguen más allá de lo previsto, por los centros de poder. A través de él, se confunden clases sociales, razas, etnias y regiones, en donde sus experiencias cotidianas, en los duelos a versos o píquerias enfrentan culturas, dinamizan sueños que se confunden en triunfos y derrotas, que nos hacen al final, caer en cuenta que si nos miramos de frente y empezamos a resolver diferencias y acercarnos a través de ellas, logramos centrarnos de una vez por todas, en que la tarea a seguir no es el revanchismo irreconciliable que está volviendo a esa cultura musical en una aldea y más que eso, en una isla sin salida.
Dentro y fuera del imaginario Vallenato, es urgente y necesario, construir el respeto por las voces que han surgido, en los distintos tiempos que ha vivido nuestra música. Hecho que se evidencia de dos maneras. Una, por parte de los investigadores, “sabios” y “soberbios” conocedores que dictan sus cátedras, sientan tesis y no dejan títeres sin cabeza, ya que todo lo que tenga que ver con Vallenato, tiene que pasar por sus manos. Los otros, que sin tener conocimiento y hacer el deber de formarse medianamente en esa materia, dejan que los primeros le llenen las cabecitas de cucarachas y terminan endiosándolos. Ni lo uno ni lo otro es bueno, ya que los primeros de manera excluyente dicen, “esto si” y “esto no” es Vallenato, sin analizar la construcción del hombre nuestro en los distintos tiempos, social, cultural y políticamente, limitándose a mirar nada más, el producto y no su proceso constructor. Todo esto, ha generado una inmensa tormenta que hace, que los primeros se rasguen las vestiduras y alcen banderas de SOS, en contra de la labor que desarrolla la nueva generación, cuyas funciones están acordes con su tiempo. Y ahí, es donde la inteligencia y el sistemático proceso de apoderamiento, de la cultura musical y demás, se vislumbra como único mecanismo empotrado en la vestidura de “la verdad” de los primeros. Esta postura, permite desconocer que hace el otro y eso desde ya, plantea una discusión en torno al papel de los creadores, en cada uno de sus tiempos, con su forma y contenido y la de los “sabios pensadores” que se sitúan siempre, con contadas excepciones, por encima del creador. Gestando desde el mismo origen de su planteamiento, una visible expresión negativa, que cierra el paso de entrelazar las experiencias de unos y otros. Esto conduce a los segundos, a desarrollar un profundo silencio cómplice, que termina “endiosando” a los primeros.

Dentro del proceso proteccionista que lideran “los sabios pensadores” del Vallenato, hecho que les niega la posibilidad de estudiar, a las leyendas urbanas y citadinas de un folclor, que nació con los elementos más claros del feudalismo, se levantan a diseñar nombres y nuevos ritmos, para lo que está construyendo la nueva generación. Sin comprender estos, que la música vallenata desde su nacimiento, sustentó todos sus aportes en las rupturas que ha logrado proyectar, en los diferentes sitios nacionales y en otros, del orden mundial. Prueba de ello, es el surgimiento de Carlos Vives y Egidio Cuadrado con su grupo “la Provincia” que vistió de otros colores al ya exitoso repertorio de obras consagradas del Vallenato, situación que el único análisis que mereció por parte de ese reducido grupo de notables, fue que “atentaba contra las raíces y el valor de la cultura que los mismos cantos tenían”. “No podía ser, que un muchacho de finos rasgos y actor de televisión, dilapidara nuestra música de esa manera”. Pero eso sí, nuestra gente con lo novelera que es y en especial, “los sabios pensadores”, se sentaron y lo van a hacer cada vez que puedan, cuando se presente el Cantautor con su grupo en el Festival de la Leyenda vallenata o en otro sitio, en busca del consabido protagonismo. Pero los mismos, no miraron la recuperación de memoria, que vivieron esos cantos y sus creadores, al igual que la proyección universal de los mismos. Espantaron al intérprete, a seguir haciendo uso de la obra vallenata, porque además de ello, los cantantes nuestros vieron de mal gusto que éste interpretara Vallenato. Era una usurpación de música y región, hecho que no mereció tampoco análisis de los “sabio pensadores”, ya que Carlos Vives, Egidio Cuadrado, por citar dos nombres, son del Magdalena Grande, marco territorial donde nuestros aborígenes en unión con los africanos y europeos españoles y no españoles, entre ellos, los alemanes, franceses, italianos que junto a los asiáticos, entre otros, lograron construir unos ricos pasajes que entre zambaje y mestizaje, consolidan todo lo multiétnico y pluricultural que por fortuna tenemos. Es decir, tanto Carlos Vives como Egidio Cuadrado no lo recogen del suelo. Pero si este proceso, que trató de ser seguido por otros del Vallenato, caso Iván Villazón y Saúl Lallemand, que también fueron excomulgados sin derecho a explicación, por “los sabios pensadores”, lograron además, por dos años consecutivos, en representación de nuestra cultura músical, hecho que tampoco mereció comentarios por unos y otros, ser preseleccionado entre miles de productos discográficos, que llegan de tantos lugares del mundo, a los competidos Premios Grammy. Allí estos artistas nuestros, sin padrinos, confiados en un talento que poseen, enviaron sus productos “Desafío” y “ El Gallo Fino”, y la Academia Latina de la Grabación en una postura transparente, coincidieron que esos trabajos merecían competir entre los de su género. Pero eso, no importó y no fue de muy buen recibo, por parte de ese grupo de notables, el que estos artistas se abrieran a buscar nuevas rutas para el Vallenato, situación continuada por “El Binomio de Oro de América”,“ Las Estrellas Vallenatas”, “ Vetto Galvez”, entre otros, como tampoco que se solicitara, después de haber obtenido tres Grammy en manos de Carlos Vives y Egidio Cuadrado y su Provincia, la consecución de una “Categoría” para la Música Vallenata como si esto, se tratara de un trueque, en donde los petrodólares hacen su agosto.

Sería como negar lo significativo que ha sido, el que un Francisco “ Chico” Bolaños Marshall en un verdadero arranque revolucionario, sin disparar un fusil, le introdujera a la música vallenata, “ el Golpe de bajo” o que junto a Tomás Gregorio Hinojosa Mendoza y Eusebio Ayala llevaran “El Acordeón” a la zona bananera, donde fueron trabajadores y encontraron que allí, solo reinaban los instrumentos musicales como El Violín, Armonio, Piano y la Guitarra, usados para las fiestas exclusivas de los dueños de las grandes empresas del banano.
Pero vayamos más reciente. El grande Luis Enrique Martínez Argote, ¿qué no construyó, a través de su mente y sus dedos posados en su acordeón?. Nada menos, que “un estilo”, que se regó en genios de ese instrumento. Como negarle a Alfredo Gutiérrez, lo vital que ha sido para nuestra cultura musical. O un Gilberto Alejandro Durán Díaz. Es como decir, que un Calixto Ochoa, Lisandro Mesa, Andrés Gregorio Landero Guerra, Ramón Vargas, Nicolás Elías Mendoza Daza, Emiliano Zuleta Díaz, Israel Romero Ospino, Juan Rois Zúñiga y Omar Géles Suárez, junto a tantos valores ejecutantes de ese instrumento, no han ayudado a crear los elementos determinates y posicionar, el Acordeón, la Caja y Guacharaca, instrumentos proletarios, gestando así el mayor estatus social para la música vallenata, que le ha permitido hoy día, a la nueva generación, con un entorno diferente y rodeado de variados elementos tecnológicos y capitalistas a la mano, sumado a una globalización que impone otro ritmo, toda la mayor masificación posible, que música en Colombia haya obtenido.

Hoy de verdad, se vislumbra un verdadero posicionamiento de una “escuela vallenata”, tras la tesonera labor de Andrés Gil Torres, en donde el aprendizaje de Solfeo, armonía y demás elementos académicos, producto de un trabajo anterior, sustentado por la aparición en nuestra provincia del maestro Antonio María Peñalosa, que le permiten a la nueva generación de niños, niñas y jóvenes, conocer las notas musicales y llevarlas a un instrumento tan esquivo como es “El Acordeón”. Pero si éste instrumento proletario, logró su espacio social, no lo es menos, la labor desarrollada por la fuerza narrativa de nuestros creadores y los colores que tantas voces pudieron exponer. Esa suma de creación y voz, consolidó el movimiento que necesitaba la “Gran Provincia” para ser reconocida nacional e internacionalmente. Esto permitió un gran salto social. Ya el conjunto musical nuestro no es puesto en un rincón junto a unas botellas de ron blanco, ñeque o chirrinche o ser utilizado por los gamonales de turno, sin pago alguno. Sus derechos morales y patrimoniales son reivindicados. Hoy, es una profesión que demanda respeto y reconocimiento.




Así como los creadores e intérpretes vallenatos han ido paralelo a los diferentes procesos, que el mecenazgo o los nuevos ordenes económicos globalizados, entre ellos, “El Narcotráfico” que le han impuesto nuevas estrategias comerciales y que “le robó la inocencia a nuestra música”, es necesario presentar los elementos que contaminan ese proceso creativo y que merece, un mejor tratamiento por todos los involucrados en este movimiento cultural, en busca de posibles soluciones conjuntas, sin necesidad que la orden venga de “los sabios pensadores”. Esto es un problema de todos y por lo tanto, es hora que en un gran foro se escuchan las voces de unos y otros. Porque para nadie es un secreto, que nuestra familia artística vallenata es frágil como lo es Colombia, en el degradante mundo del “consumo”, que conlleva a una urgente posición de los gobiernos departamentales de la Guajira y el Cesar y todos sus municipios, epicentro de ese Folclor y su música, para que a través de convenios, empiecen a desarrollar actividades educativos, para controlar ese flagelo, que si dejamos que crezca, se volverá incontrolable y minimizará, todas las conquistas logradas por nuestros valores artísticos. Es de anotar, que no toda la familia vallenata transita por este túnel sin salida. De igual manera, es rescatable como la nueva generación, mirando anteriores espejos, plantea mejores ejemplos.
No está demás, volver dinámica y respetuosa, la discusión frente a las Casas Disqueras, quienes han cumplido un papel productor y consolidador de una industria musical, que si bien es cierto le ha generado grandes ganancias, no lo es menos el hecho que Creadores e intérpretes se han beneficiado de esa acción comercial. Es cierto y comparto, la queja de los creadores e intérpretes, que el sector editorial y casas disqueras deben de manera conjunta, reelaborar junto a los creadores, un mejor contrato que reivindique la acción del autor, compositor e intérprete, como también, que estos últimos deben replantear su lenguaje, porque de todos es conocido, que siempre sus voces no le reconocen elementos buenos a los primeros, máxime que las nuevas tecnologías y fenómenos como “La Piratería”, implican un mayor conocimiento, de las partes involucradas en este proceso cultural.


Ese eterno enfrentamiento entre lo rural y lo urbano, que es expuesto a través de los variados estilos, que se vislumbra en cada uno de los creadores e intérpretes, permite dentro de la discusión que siempre abordan “los sabios pensadores”, en donde encontramos aseveraciones como “una ausencia del Vallenato”, “ producir un quinto ritmo”, “ La Lírica es a partir de ”, “que en la nueva generación no hay vallenato”, situación que se cae de su peso, porque ellos de manera estacionaria señalan “donde comienza y termina el Vallenato”, sin que su retórica argumentativa no sea más que, la perdida de protagonismo de los mismos, frente a los intérpretes jóvenes. Sin meditar siquiera, que “la lírica” como vocación creadora ha estado presente en el Paseo, Son, Merengue y con poca aparición en la Puya. Es más, nuestros diferentes cruces étnicos son portadores de ella, pese a su grado de oralidad, en ausencia de la escritura. Porque las fusiones y anexos instrumentales a la música vallenata, es tan vieja como lo son hoy, nuestras glorias juglarescas. Es decir, que nuestro valor hoy juglar, por su obra en el tiempo y espacio, cuando salió de su entorno, con un Acordeoncito de uno o dos teclados o una violina y llegó a un medio como Barranquilla y Cartagena, pioneras de la grabación, en donde fueron acondicionado en unas casas o radio teatros, para que elementos distintos al Acordeón, Caja y Guacharaca, se sumaran a todo lo que tiene que ver con una grabación: Bajo, tumbadora, cencerro, coros y tiempo de exposición de la obra en la grabación, que le dan al hoy juglar, una postura moderna. Si esa ruptura se dio hace más de medio siglo, por qué no analizamos mejor y en detenimiento, lo que está pasando con una nueva generación que ha hecho grandes conquistas, entre ellas: “Urbanizar a Colombia” con una música conocida como Vallenato.

Esto nos implica de entrada, decir que “ Una de las mejores maneras de no dejar que lo clásico y moderno muera, es proyectar y apoyar a los valores postmodernos del vallenato, para que sigan cantando con su espíritu renovador y acorde con su tiempo, las nuevas formas de esta música”, porque cada vez que se escuchen a los nuevos valores, el naciente amante del vallenato querrá conocer de donde nace nuestra música, sus protagonistas y de hecho, “los sabios pensadores” deberán hacerlo, de lo contrario su pensamiento será estacionario como su palabra. Por lo tanto, los invito a que “Dejemos cantar a los nuevos creadores e intérpretes Vallenatos, con la libertad que tiene el pájaro en las montañas, que lo hace bien y no cobra”. Es más, que interesante sería lograr en consenso, algo que debe ser una premisa: “una música que no canta su tiempo desaparece” Fercahino


*Escritor, Periodista, Compositor y Rey Vallenato, Gestor Cultural proponente para que el Vallenato y la cumbia tenga una categoría dentro de los Premios Grammy Latinos.