lunes, 19 de julio de 2010

Manuel Zapata Olivella

“Los Sabores de la Provincia”


Por: * Félix Carrillo Hinojosa

Manuel Zapata Olivella, siendo Médico ilustrado Cuando iba llegando a Armenia, lo noté desorientado” ( Juan Manuel Muegues)






Los inicios del Festival de la Leyenda Vallenata, creado y organizado por la Cacica Consuelo Araújo Noguera, Alfonso López Michelsen, Miriam Pupo de Lacouture y Rafael Escalona Martínez, están estrechamente unidos a las experiencias y correrías del médico Manuel Zapata Olivella en la provincia, visitada también en esa época por Gabriel García Márquez y Nereo López.
Aunque el imperio de los reyes vallenatos tiene su propia historia, estimulada por la famosa “Cacica”, queremos rememorar las vivencias juveniles de los mencionados escritores y artistas, ya que influyeron mucho en la formación literaria de los personajes, que se recuerdan en estas breves memorias.
La propia “Cacica” como ellos, nunca se imaginaron en tan tempranas épocas, que los cantos de un estudiante del Liceo Celedón, así como los reportajes visuales del hoy consagrado fotógrafo Nereo López y las investigaciones que iniciara el famoso Gabito, hechos que no son más que el resultado de unas vocaciones que recogemos como un homenaje a la vida y hazaña de Consuelo AraújoNoguera, cuyas resonancias lograron anudarse con el galardón recibido por nuestro Nóbel en Estocolmo, con sus novelas y cuentos inspirados en recuerdos de infancia, en el legendario Macondo, así como de Presidentes, Congresistas y político de la República y el extranjero, ligados por el Festival folclórico de la música vallenata, cuando nadie presagiaba los triunfos repetidos por esa rica música costeña en los premios Grammy, más ahora cuando se tiene una categoría.
Entre ellas, algunas significantes anécdotas vividas en nuestro país y el exterior por el grupo de Delia Zapata Olivella y su hermano Manuel, en donde Países como Francia, Alemania, España, la Unión Soviética y la República Popular China, sintieron el aire creativo y libertario de estos dos hermanos, que tanto bien le hicieron a la cultura nacional.
A Manuel Zapata Olivilla, su pasión vagabunda lo llevó a recorrer toda Centroamérica a pie descalzo como rememorando a sus ancestros africanos. Era la mejor manera para que un mulato contara de viva voz su historia. Todos estos pasajes generaron en él, un compromiso de primera mano que lo llevó a constituirse en un observador cultural y no, en un especialista musical de las diversas manifestaciones de nuestra patria y otros pueblos de América. Su itinerante trashumancia se detuvo un día, de recrudecida violencia, frente a un extenso valle de la costa atlántica, donde por fortuna en ese entonces, se dormía con las puertas abiertas y la mano amiga se posaba con firmeza para brindar lo mejor de ella. Era una tierra que empezaba a vestirse con los colores de un instrumento europeo, que aún hoy, le hace el zigzag a la violencia con la que se pudo musicalizar la filosofía del hombre provinciano. Era novedoso, pese a su costo, ver al hombre de esa región, abrazar a un acordeón de una o dos hileras e irrumpir a cualquier hora y exponer con una larga fanfarria, los cantos que ya empezaban a identificar a toda una provincia.



Después de un largo recorrido en tren, en donde las horas pese a lo eterno del viaje, caían bajo el deslizamiento del riel que devoraba el verdor de los platanales, el joven médico llegó a ese mundo, en donde dos años más tarde, le insistió a Nereo, su hermano de infancia y sueños, para que viniera a conocer “ El Paraíso”. Así llamó a nuestra gran provincia, a la que llevó siempre en su interior como los recuerdos de su Lorica natal.
Esta historia brota de sus labios, que sirven de parlante a una voz trémula y cansada, por la labor implacable del tiempo.

“Yo llegué en 1949. Lo hago pocos días después de recibir el grado de médico, precisamente el día que me estaba graduando, el presidente Mariano Ospina Pérez se tomó el parlamento colombiano y hubo disparos. Como la facultad de medicina quedaba en la calle 10 con la avenida caracas, todos esos disparos se escuchaban así fueran debajo de la mesa. Esto originó una cacería de brujas contra liberales y comunistas. Como yo era miembro de la Juventud Comunista, me tocó salir en bolas de fuego, dejando mis libros, ropas y todos mis enseres”.
Al salir en tren, que partía de la calle 13, su objetivo era radicarse en Venezuela. En ese tránsito y en busca de un refugio, llegó a la Paz, población cercana a Valledupar, donde se encontró con su primo Pedro Olivella Araújo. Después de un breve diálogo y conocer sus intenciones, él le dijo:
“No tienes porque salir de tu patria. Quédate aquí, que yo te garantizo, que nadie se va a meter contigo”.




Al llegar a esa región, estaban de moda los cantos de Escalona. Su manera distinta de componer producto de su formación en el Liceo Celedón, era evidente a través de su formación cultural y literaria. A pesar de todas esas diferencias, Escalona preserbaba la tradición de los cantos populares, que sumado a los de Lorenzo Morales, Emiliano Zuleta Baquero y la voz de Alfonso Cotes Querúz acompañado de su guitarra, le hacia saborear las canciones como “El Negro Maldito”, “La Estrella”, “Cállate Corazón” “La Loma”, “El Provincianito”, “El Tigre de la Montaña” y “La Gota fría” de personajes que más tarde conocería, como Francisco Rada, Juan Manuel Polo Cervantes, Tobías Enrique Pumarejo, Samuel Martínez y Germán Serna Daza y Emiliano Zuleta Baquero. O el cuadro hermoso de ver a la vieja Sara María Baquero, toda una matrona dictatorial y legendaria con sus pollerines de bellos colores que le llegaba a los pies y sus trenzas, mandando en el Plan Sierra Montaña y pueblos aledaños. Al igual que la demanda que Sabas Torres le entabló a Rafael Escalona por el famoso merengue “El Jerre Jerre”. Esto sirvió para que esa breve estancia se prolongara por cinco años, donde el joven Zapata Olivella, que ya había iniciado su reconocida y fecunda actividad literaria, sustentado en cuentos, novelas y reportajes, se enfrentara a su praxis de médico donde se volcaron en romerías, tantas parturientas, situación que enriquecía su vocación psiquiátrica, desarrollada en el frenocomio de mujeres, al lado de sus maestros José Francisco Socarrás y el entonces director, Edmundo Rico. Lleno de una inmensa vocación social se enfrentó a su actividad de atender a cuanta mujer embarazada lo requiriera, sin cobrarle por ello. Solo recibía como retribución su solicitud personal:

“Después de mi labor, pedía un chinchorro, un buen sancocho y el sonido celestial que solo el acordeón podía brindar. El más humilde de los rincones de esa adorable provincia siempre tenía como colofón esos tres ingredientes”.

El inquieto hombre de letras, empezó a percibir el fenómeno del canto vallenato que modelaba en sí, todo el comportamiento de esa comunidad, a través de sus costumbres, hábitos, alimentación y vestidos. Esa función de observador directo le permitió consolidar la propuesta que años más tarde le hiciera su hermana Delia, que después de terminar su carrera de escultora, decidió entregarse de lleno a la conformación de grupos de danzas folclóricas, mientras viajaba a San Diego en la chiva de “Chiche” Pimienta o cuando ésta se varaba, lo hacía a pie. Para él, era un encanto cruzar el río chiriaimo, ya que los sonidos de los acordeones a manera de bienvenida le mostraban sus variados intérpretes y canciones, cuyos estilos diversificaban al hombre representado en Juan Muñoz, Leandro Díaz, Carlos Araque Mieles, Juan Manuel Muegues, Hugo Araújo, Juan y Pablo López y quedar petrificado con los golpes endemoniado de Crisóstomo Oñate conocido como “Pichocho”. A su regreso a la Paz, decidió conformar un grupo vallenato. Aprovechó las permanentes parrandas de valores como Fermín Pitre un músico completo de Fonseca, quien al ser requerido por él, le dijo: “Docto, yo me voy con Uste, no importa la plata”.

A éste se sumó “Pichocho” y Antonio Sierra, décimero de respeto y guacharaquero. El propósito del Joven Médico de llevar a un cantador de décimas tenía su fin y era, el poder mostrarle a la gente del interior del país, que en nuestra provincia había una tradición española muy arraigada. Al llegar a la Capital, la música de Buitrago, Lucho Bermúdez, José Barros Palomino y Pacho Galán, se estaba metiendo en el ámbito del interior bogotano, que tenía en el estudiantado costeño a su más efectivo promotor. Esto le sirvió, para presentarse por asalto a la residencia del Doctor Alfonso López Michelsen y darle con el grupo vallenato, una serenata, que fue el dardo que impulsó a ese hombre de raíces vallenatas, recomendarlos en la emisora Nueva Granada, con tanto éxito, que las presentaciones se incrementaron. Ésta situación coincidió con la llegada de su hermano Juan, quien buscaba continuar infructuosamente en la Universidad Nacional sus estudios de medicina y como éste tenía cierta experiencia en el tema de programas musicales, ya que hacía uno en Emisora Fuentes de Cartagena, decidió continuar con su actividad periodística en la Voz de la Victor donde inició el programa “La Hora Costeña”.
Después de dos semanas de permanencia con el improvisado grupo de música vallenata, regresó a la Paz. Supo que por esas tierras estaba el antropólogo Gerardo Reichel Dolmatoff, con quien tenía una estrecha relación amistosa. No había calentado su ambulante consultorio cuando ya estaba con una delegación musical, entre quienes se encontraba Rafael Escalona y Juan López. Decidieron ir a “la Tomita”, lugar que servía como punto de encuentro de los bohemios que partían de Valledupar o la paz, para llegar a Manaure, que a manera de balcón recibía a cuanto forastero o provinciano decidía cruzar esa zona llena de encantos y leyendas. En la noche, con mucho sigilo y tratando de caminar en puntillas, Escalona como siempre, le dio la orden a Juan López y éste como por encanto desabrochó su camisa musical. No había recorrido muchos compases cuando se encendió una fuerte luz en la carpa y apareció el Antropólogo con una pistola en la mano derecha, diciendo:
“Si se demoran en tocar ese acordeón, no estarían vivos”.




A esta sentencia le siguió una estruendosa carcajada al unísono, que sirvió de antesala a una parranda de varios días. En medio de ella, se enteraron que por ahí andaban los intrépidos Gabriel García Márquez y Nereo López de Mesa. El primero tratando de averiguar los antecedentes de su familia en esa región y el segundo, solicito ante el llamado de Manuel Zapata Olivella. Mientras Gabriel García Márquez era ilustrado con lujos de detalles por Pedro Olivella Araújo, sobre la actividad de su padre, cuando éste fue telegrafista en Valledupar, Nereo descifraba los encantos de los personajes vírgenes de nuestra provincia, con su vocación libre de recoger todo cuanto aparecía ante él y teniendo como alcahuete una cámara atrevida.
Por eso no era raro ver al muchacho vendedor de enciclopedias, pasarse horas enteras escuchando los relatos sobre generales que habían peleado la guerra de los mil días. Unas veces, era Sabas Socarrás. Otras, Manuel Moscote que sumado a las de Clemente Escalona, nutrió la vocación del querido y laureado novelista.
Mientras el joven y solicitado compositor Escalona Martínez caía rendido por la belleza de las mujeres de los pueblos que servían de inspiración a sus sentimientos, Gabriel García Márquez se regresó a Barranquilla con un panorama más despejado al tiempo que el médico Zapata Olivella con la compañía de Nereo, se internaron por la Sierra del Perijá, donde recogieron un importante estudio fotográfico sobre los Motilones y Yukos, poco conocido y comentado por los investigadores del vallenato. Pero si esa ruta de nuestros nativos les atraía, no lo era menos, la Guajira, por donde transitaba el contrabando, unas veces con el whisky, otras con el tabaco y peor aún, “La Marihuana”, que los llevó a un asentamiento Wayúú en el barrio Siruma de Maracaibo.
Manuel Zapata Olivella ahora, muchos años después, en Bogotá, comienza a recorrer cada espacio en la casa de su ya difunta hermana Delia, donde vive y empieza a halar la pita del tiempo. Cierra los ojos y sus patillas blanquecinas tratan de cubrirle toda la cara. Se recompone en su silla. Aprieta sus débiles manos entre sí y dice:

“Escalona y Nereo son mis compadres de sacramento. Ellos son los padrinos de Harlem Segunda de la Paz y Edelma. El padre Joaco de la Paz, no le quería bautizar a la primera con ese nombre, porque era extranjero. Porque, como yo viví en ese barrio de los Estados Unidos, quise hacerle un homenaje”.

Al salir de la Paz en 1954 conformó un segundo grupo vallenato de personas con ganas de figurar. Eran hombres que sabían de donde salían pero la hora de llegada y las condiciones económicas estaban expuestas a todos los avatares que en ese momento estructuraba la naciente música vallenata. Esos cantadores atrevidos, fueron los primeros divulgadores en el interior del país, de nuestra música vallenata.
El médico intentó convencer a Carlitos Noriega, que le acompañara en su nueva ruta y así mostrar las diversas expresiones de la cultura costeña, entre ellas, el vallenato. Se tropezó con la negativa de un acordeonero que quería seguir amenizando a sus paisanos. Por eso decidió proponerle a Juan Manuel Muegues, músico y compositor manaurero que junto a Juan López, un mago de la Caja y el Acordeón, mientras en la Guacharaca y Canto Dagoberto López Mieles, conocido en toda esa región como “El Clarín de la Paz”, quienes gustosos aceptaron ese desafío. Recorrieron varias ciudades colombianas, entre ellas, Cali, Medellín, Bogotá y cuando iban llegando a Armenia, el músico Juan Manuel Muegues le dio rienda suelta a su inspiración, cuando en ritmo de merengue, narró los momentos que les tocó vivir en esa correría, que sirvió de base para los momentos que hoy vivimos en torno a la música vallenata. Sobre éste canto y la realidad que cubría al mismo, el escritor tiene su versión:
“Quien estaba desorientado era el músico. Él no sabía y no tenía porque. Mi preocupación giraba entorno al rumor de un asalto por parte de “los chuladitas” a Armenia y esto en realidad me preocupaba, ya que tenía una responsabilidad con el grupo. Al final, no pasó nada y todos regresamos a nuestras casas”.


Para el año de 1956, los hermanos Manuel y Delia, se dieron a la tarea, nada difícil para ellos, de organizar y recoger la mejor muestra del folclore costeño. El escritor por su parte, trató de persuadir a Nicolás Mendoza Daza para que le acompañara a Europa. Sin embargo, la negativa del reconocido y siempre recordado acordeonero se hizo una vez más presente, era el tercer intento por demás fallido frente al músico, como llegó a decir el médico, “Colacho se asustó. Europa no estaba en sus planes”.
Mientras Delia constituía lo mejor de la dancística, su hermano reunía a “los Gaiteros de San Jacinto”, donde Antonio Fernández, era la carta más destacada por su reconocida fama como cantador, compositor y ejecutante de la gaita macho, acompañado por lo hermanos Lara, en donde Juan, depositario de la magia con su gaita hembra y José, incomparable tamborilero, hacían de las suyas. Además, estaban exponentes de diversas regiones del país, entre ellos, el chocó y el Valle del Cauca, del que sobresalían Madolia de Diego, joven quibdoseña, cantante de “alabaos”, romances y mejoranas, el porteño Salvador Valencia de Buenaventura, ejecutor de la marímbula de chonta, los palenqueros Erasmo Arrieta y su primo Roque, ejecutaban la caña de Millo mientras Lorenzo Miranda preservaba la tradición de los ancianos batata, heredero de los tambores y cantos religiosos del lumbalú africanos; Por su parte, Leonor González Mina, quinceañera entonces, interpretaba las canciones de minería de los antiguos feudos españoles de Puerto Tejada y Cáceres. Como es de imaginarse, todos bisoños en aquello de aventuras por el desconocido viejo mundo de Europa y Asia. Talvez, este destino les dio ánimo para emprender la mayor aventura que grupo Folclórico americano, iniciaron por tierras extranjeras con un pasaje de ida y sin regreso, lejos de sus familias y con la vaga esperanza de regresar algún día a sus lares. Llegaron a Paris en época de invierno. Allí contaron con la ayuda patriótica e incondicional del Doctor Eduardo Santos, quien les consiguió alojamiento y alimentación en una residencia estudiantil. Al tiempo, les llegó una invitación para que asistieran al séptimo festival de la Juventud en Moscú.
Allí se encontraron con el futuro premio Nóbel Gabriel García Márquez quien borroneaba “El Coronel no tiene quien le escriba”. Enterado de la ausencia de Nicolás Mendoza Daza en la delegación, tenían que llenar esa vacante.
Es la voz activa del Médico quien relata ese episodio:
“Gabo nos sugirió que lo metiéramos en reemplazo de “Colacho”. Mi hermana Delia le dijo: “Yo no le voy a mentir a los Soviéticos diciéndole que tu eres miembro del grupo. A no ser que quieras ser bailarín o músico”: Ante ello, Gabo respondió: Bueno, me voy de tamborero”. Así entró a la unión soviética. Como la gran cortina de hierro le impedía tener acceso a los periodistas de occidente, este viaje lo aprovechó nuestro Nóbel, ya que allí hizo su famoso documental frente a la tumba de Lenin, que le dio la vuelta al mundo. Fue una manera de ver las cosas de la unión soviética al resto de los países. De ahí pasamos a la República Popular China, donde fuimos invitados por Mao Tsetung. Siendo los primeros integrantes de un grupo folclórico en mostrarle a los hermanos Asiáticos, muchos de los rasgos comunes de la tradiciones milenarias de nuestros pueblos. Esta travesía duró dos años”.
Durante ése periplo cultural fueron muchas las anécdotas que nutrieron el espíritu indomable de los hermanos Zapata Olivella y sus acompañantes. Uno de ellas, la vivieron con el músico Roque Arrieta. En Moscú a la delegación le regalaron un Acordeón. Éste músico se apoderó del instrumento y empezó todas las noches durante un mes a tratar de sacarle melodías, tarea que cada día se hacía más imposible de conseguir. Ante este hecho, la bailarina Delia lo reunió ante todo sus compañeros y le dijo:
”Bueno Roque qué es lo que pasa contigo, tienes más de un mes tratando de sacarle algo al Acordeón y nada. ¿Qué es lo que te ocurre o es qué te volviste chambón?”.
Roque Arrieta se paró bastante preocupado y le dijo a Delia:
“Eso no es culpa mía”. “¿Por qué”, increpó Delia?
Lo que pasa es que éste Acordeón es ruso y no habla español”.


· Escritor del Libro “Voces Vallenatas” y “Un grammy a lo Vallenato”. Periodista, vinculado a El Espectador, El Tiempo y El Nuevo Siglo. Compositor
Vallenato, ganador del Festival de la Leyenda Vallenata con el Son “ Mí Pobre Acordeón”










“Encuentro de Tiempos”


Por: * Félix Carrillo Hinojosa

Las voces iban y venían, anunciando la contienda musical en la gallera del pueblo. La gente se arremolinaba en procura de encontrar un puesto. Los cinco niveles fueron insuficientes. Los que no pudieron entrar, decidieron quedarse esperando las noticias de lo que pasaba al interior.
Un hombre alto, fornido y con un sombrero tartarita puesto a un lado de su cabeza, entró de repente y anunció con su voz ronca. -Esta tarde es que se va a saber, quien es el que más toca acordeón de los dos. Le pido a las barras que aplaudan al acordeonero de su gusto.

Quiero presentarle a Lorenzo Miguel. Él viene de Guacoche trae su acordeón y repertorio.- Un hombre menudito y de color negro levantó su mano derecha, al tiempo que sostenía apretado en su brazo izquierdo un acordeón de dos hileras. Venía vestido de caqui. Su camisa manga larga traía una flor dibujada en la parte derecha. Se sentó en un taburete.

Miró a los lados y empezó a reconocer con una sonrisa, a los rostros de sus seguidores. Cambió su gesto cuando el anunciador dijo: -Y ahora viene del Plan, el mejor de todos. Con ustedes, Emiliano Antonio.- Él entró con una sonrisa y levantó su acordeoncito de dos hileras. Se paseó por la valla y miró de reojo a su contendor. Se sentó frente a Lorenzo Miguel. Su camisa azul y su pantalón negro realzaban su color pálido.

Con una mirada aguda recorrió el recinto. El anunciador se puso en medio de los dos. Pasó su mirada escrutadora y repasó los gestos de los asistentes, miró a los contendores y terminó diciendo: -Estos acordeoneros no se conocían, pero llevan muchos años tirándose puya. Todos sabemos de memoria su música. Se han citado hoy sábado día de la virgen, para que de una vez por todas se conozca al mejor de todos en la ejecución de su instrumento. Cada quien va a tocar y cantar de su inspiración cinco canciones. Si después de escucharlos, las barras aplauden a uno más que al otro, éste gana. De lo contrario, es la resistencia que los contenderos tengan, la que determinará todo. - Los gritos se escucharon en todo el pueblo. Su voz imponente, los calló cuando dijo: -Abre la contienda Lorenzo Miguel.- Éste alzó la cabeza. Le hizo un registro a su acordeón y le dio rienda a su inspiración.

El tiempo pasaba y la barra contraria se sentía incomoda. A Emiliano le sudaban las manos y no hallaba el momento de tocar su música. El aplauso de los seguidores de Lorenzo, lo hizo despertar. Después de escuchar las cinco piezas de su contendor, tomó su acordeón y afincó su cabeza menudita sobre su instrumento y empezó a digitarlo. Su música recorría el ambiente.

A muchos les empezó a gustar. Después de cinco piezas, en donde el público aplaudió, la respuesta fue igual. Los sonidos de los acordeones se confundían. Las horas llegaban y los acordeoneros trenzados en un duelo de versos y músicas, abrazaban la madrugada.

Al final de la tarde, del día siguiente, todos daban por descontado que ganara uno en especial. De pronto, Emiliano se levanta y dice con su voz delgada y cansada: - Lorenzo es bueno tocando el acordeón. Tiene un verso limpio y su repertorio nos gusta a todos, pero quiero terminar mi actuación, con una canción que tengo por ahí aguardada.- La mayoría cansados, empezaban a retirarse cuando una melodía rara los hizo regresar.

Sus dedos pequeños recorrían las dos hileras para darle paso a su voz, que brotaba versos. Terminó diciendo: “Y cuando me oyó tocar, le cayó la gota fría”. Esto tomó por sorpresa a su contendor y a los presentes. Los seguidores de Lorenzo pusieron pies en tierra y como pólvora se esparcieron. Emiliano no tuvo tiempo de despedirse de su contendor. Entre abrazos y voces lo llevaban de un lado a otro.

No le dieron tiempo para pensar en lo que había producido. No dijo nada. Mientras caminaba a su casa, las imágenes del encuentro le revolucionaban el espíritu. Llegó como siempre lo había hecho. No hizo ningún ruido, para evitar despertar a su compañera y a sus pequeños hijos. Toda la noche, estuvo pensando en esa melodía de versos punzantes. Con ella a cuesta, se paseaba en procura de vivir muchos días con sus noches.

Así pasó el tiempo, que caía entre las estaciones que nos llevaban de la mano y hacían sus efectos. Mientras él seguía siendo un trashumante de pueblos, esa melodía devoraba moles de concreto y se escucha en las voces de tantos mundos, que no sabían nada de su autor, pero que recibían con agrado el impacto de sus versos y melodía.

Lo volví a encontrar en una fiesta en donde era como siempre, un personaje central de una película que comenzó en blanco y negro y luego le fueron apareciendo tantos colores como un arcos iris colosal. Estaba en primera fila con unas gafas de lentes gruesos, una barba incipiente, el pelo blanco y su rostro de fuelle musical. Su caminar lento, lo ponía en el afán de querer alcanzar la otra orilla de un solo salto mientras palmoteaba como un son, al ritmo de una pegajosa expresión musical de un niño, que atraía a todos.

Con su rostro chimila, cubierto de un pantalón y una camisa blanca manga larga, llena de bordados de varios colores, se paseaba en la tarima de un lado a otro. Miraba al cielo y se enfrentaba a tantos rostros que lloraban y gritaban emocionados.



Era Kaleth Miguel, quien daba la impresión de ser mayor, pero al estar cerca a él, su mirada y expresión, reafirmaban lo que siempre fue: un niño genial. Ese descubrimiento se hizo esa noche. Muchos cercanos a él no lo sabían. Frente a su talento empezaron a desfilar los mejores. Unos con historia, otros en pos de construirla. Esas leyendas que querían ganarle a todos, sintieron el peso de un niño que como un pollo fino le combatía a la nueva generación. Él quería ganarles, pero ante todo, demostrarse así mismo, que su música lograba un punto bien alto.

Su repertorio no fueron cinco canciones. Cada vez que abría su voz, todos pedían más. Empapado en sudor se detuvo frente a Emiliano. No le dijo nada. Solo sostuvo su índice derecho como lanzándole dardos melódicos o en busca de unir sus sueños y lo señaló. Se miraron fijamente. Fueron unos segundos que se volvieron eternos.

Kaleth Miguel sintió la mirada de un zorro de mil batallas. Cada pedazo de él era una décima o un verso de cuatro palabras, llenos de una música exquisita, un acordeón abierto, bien tocado por las manos del tiempo y que buscaba como tigre hambriento unir pueblos, un sonido de caja que traía en sus bordes apretados y sostenidos por cabuyas, los cantos libertarios de los negros y nuestros nativos, acompasado por una guacharaca de caña que como amuleto llevaba metido en sus bolsillos envejecidos. Emiliano percibió en él, la fuerza del verso joven y la melodía de las ciudades que devora todo.

Era como si sus nietos e hijos menores hablaran por él. Sus pensamientos fueron cortados cuando le escuchó decir: -Quiero complacerlos con una canción, que sé les gusta mucho.- No lo dejaron terminar, el coro del público se hizo presente. Sus músicos acompañantes lo comprendieron así. La respuesta fue una música bajita que le servía de cortina: (incluir verso)…Cuando intentaba cantar cada verso de su canción, era repetida al unísono varias veces por los asistentes.

Cuando terminó su canción, todos corrieron hacia él y el público coreaba su nombre. Todos esa noche, sentimos el talento de un niño que hacia música para divertirse. Emiliano se secó su rostro con un pañuelo blanco mientras lo veía alejar.

Pasó poco tiempo, cuando una tarde nublada escuchó por la radio, que ese niño había partido al cielo. Se levantó de su hamaca de colores. Se hizo a una rama de un palo de mango para mantenerse en pie, mientras una lágrima recorría todo su cuerpo aprisionado por el tiempo. Dijo en silencio: “Se parece a mí y ese VIVO EN EL LIMBO es LA GOTA FRÍA de este tiempo”.

*Escritor, Periodista, Compositor y Rey Vallenato, Gestor Cultural proponente para que el Vallenato y la cumbia tenga una categoría dentro de los Premios Grammy Latinos

La Canción Vallenata

“El Periódico de la Provincia”
*Félix Carrillo Hinojosa



La canción vallenata es el mejor discurso que construyó nuestro campesino analfabeto y semiletrado en toda la provincia. Sus versos musicalizados iban libres, abriendo trochas y caminos, sin importar a qué público estaba destinado. Ni la fama y el prestigio, las ventas o los listados de los más exitosos, era el fin. La misma nace espontánea y como elemento contestatario, ante tanta represión social. Antes de la llegada del Acordeón, instrumento simbólico menor, que arrasó con sus antecesores, el hombre nuestro silbaba melodías, tocaba con hojas, ocarinas, carrizos y golpeaba sobre un madero, siempre en busca de sonidos libertarios. Su memoria a manera de grabadora, recitaba y repetía versos, que iban dejando en los Caseríos como un sello personal. Ese aprendizaje de memoria logró posicionar el canto silvestre, que se mantuvo frente a las primeras penetraciones contaminantes que vivió nuestra música vallenata. Por eso su ritmo, tiempo, color, forma y contenido era directo, con un lenguaje y melodía sin laboratorio. Nuestro Juglar siempre cantó lo que sentía. Pese a sus diferencias sociales, se expresó como quiso hacerlo. Le cantó a todos los temas sin cercenar sus sueños, con el único propósito de convertirse en un canal directo para representar a aquellos que no tenían voz. Ahí emerge la figura del agente cultural que nació bajo la influencia feudal y que con su música, hizo el transito a lo urbano.Todos esos saltos generacionales con sus implicaciones sociales, económicas y políticas las ha vivido la canción vallenata, que ha tenido como protagonista al hombre que siempre cantó su sentir libre o en busca de la libertad. El estado social, económico y político siempre ha estado inmerso en nuestro hombre, posturas que fue perfeccionando y que hizo de esa canción vallenata primitiva una versión mucho más elaborada. Por eso su papel comunicante es evidente y destacado. Sus versos empezaron a construir, las más excelsas crónicas y reportajes del diario acontecer de una tierra sin vías, que elaboró su fuerza narrativa sustentada en su música. El periódico impreso y la radio eran nuestros Juglares y Trovadores, quienes sin conocer la construcción y los efectos del medioevo en el mundo Europeo, cantaban con la fuerza del pensador y hacedor de huellas tan visibles, que su música es la base de un folclor, cuyas connotaciones hacen que propios y visitantes, quieran conocer el por qué de su núcleo narrativo y quienes son los responsables del ayer y hoy de este movimiento musical. Los diferentes temas y enfoques, conque los mismos fueron tratados nos brindan ricas variables, tanto en su forma como en el contenido. Es por eso, que el hombre nuestro se convirtió en un exaltador del amor y puso a la mujer como el primer símbolo de su copla amorosa.



Esa musa no estaba sujeta a los últimos tratados de la moda con anorexia incluida. No, ella era una campesina en la mayoría de los casos, igual a quien le cortejaba. De esa etapa primaria existen muchos ejemplos al igual que en la actualidad, con sus marcadas diferencias. Porque no es igual cuando Alejo Durán le dijo a Fidelina en un son “Bella como flor del campo miren que mujer tan linda” frente a lo planteado por Leonardy Vega Gutiérrez al manifestarle a su musa “Qué tienes que cuando me miras mi vida se queda en tus ojos” O en la desaforada expresión de amor cuando Escalona le manifiesta a Dina Luz “Yo que te quiero hacerme nada como será si me das brujería” que contrasta con la poesía del compositor Fernando Meneses Romero que sin dar el nombre de su fuente inspiradora nos dice “Fuí descubriendo en caricias la inocencia de tus años”
Pero si nuestro creador ha sido rico al abordar el tema del amor, lo contrario a ésta fuerza afectiva, alcanza un importante protagonismo, sino miremos cuando el Juglar Lorenzo Morales Herrera de manera concluyente expresa, “El amor es un collar que más bien sirve de pena” para que Rita Fernández Padilla, comente lo experimentado frente a un amor escondido, al que eleva a una mínima expresión al decir “Hoy solo eres sombra perdida y las sombras pasan y se olvidan”, que se unen a la sentencia que manifiesta Escalona, al considerar que ese amor lo llevó a narrar, “Yo había quedado ni paloma errante cuando un muchacho va y le rompe el nido”, para concluir en la crónica de un amor que se extravió en el tiempo y que es comentado por José Alfonso Maestre Molina, al plantear “Todo acabó, ella se va, ella va, nada es eterno”.Pero si estos dos temas, fluyen copiosamente en el almanaque de canciones de nuestros autores y compositores, la Vida y la Muerte libran su batalla personal. Cada tema ocupa su espacio, tiempo y un protagonismo que vale la pena referenciar. Partamos desde lo que nos plantea Leandro Díaz Duarte, cuando relata “Cuando siento flaquear siento que Dios no me deja” o Gustavo Gutiérrez Cabello, al dejarse arrastrar por los juegos infantiles con su hijo, que deja como resultado un toque humano cuando refiere “Cuando jugamos me hace sentir niño”, que a manera de píque, los creadores Nicolás Maestre Martínez y Rosendo Romero Ospino logran citar “La vieja comprende que más y más se acerca la muerte” y “Algo en mí se está muriendo sin sentir dolor, van cayendo mis palabras como flor al río”, respectivamente.
Pero si estos aspectos, marcan una fortaleza en la construcción de la música vallenata, no lo es menos, el desarrollo del Canto Social, donde se plantean problemas y sus posibles soluciones. Su función directa es refrendada por Escalona cuando plantea “Es el gallo panameño pa echárselo a los gringos” que unido a lo referenciado por Leandro Díaz Duarte al argumentar que “Aquí en Colombia todo lo bueno está planeado para los de arriba y los de abajo, siguen sin pan, sin techo y sin medicina”. Esta función narrativa de lo social es cumplida a cabalidad hasta cierto tiempo, porque posteriormente ha sufrido un corto circuito producto de varios factores entre ellos: la industrialización de la música vallenata, la penetración del narcotráfico y otras fuerzas oscuras, que silenciaron esta capacidad innata de musicalizar la verdad del momento. En esta etapa que hoy continúa, el autor y compositor dejó de cantar el problema social, lo cotidiano y su entorno, sucumbió ante el amor. Estos temas expuestos en la música vallenata se unen a un rico pasado en donde la Píqueria y el Refranero, eran producido de viva voz por nuestra gente campesina, situación que está en vías de extinción, porque la tecnología arrincona y lleva a mal recaudo estas expresiones. Ya no están, los hoy viejos creadores y ante ellos y la nueva generación, se levanta la radio, el periódico y la televisión que en su mundo mediático les quitó su voz activa. Los nuevos valores con escasos ejemplos a seguir, están más preocupados en derrotar a su colega y no a construir de manera colectiva, mejores propuestas musicales, para no caer en la maldición de la mercancía de mala calidad. Antes y ahora existieron excelentes, buenos y malos divulgadores de nuestra música vallenata, pero es la industrialización del género, la que nos permite observar de cerca, quienes han dejado o tienen posibilidad de hacer huellas. Lo de ayer no es mejor ní peor que lo de hoy. Todo es cuestión de analizar en detenimiento, los tiempos vividos y sus efectos económicos, políticos y sociales. Esa es una de las razones que hacen permanente y grande al Festival de la Leyenda Vallenata, porque trata en lo posible, pese a todos los valores agregados que buscan contaminar su función natural, de preservar, divulgar, promocionar y conservar el acervo cultural de la gran provincia, para que los Juglares y Trovadores nuestros nunca mueran.


*Escritor, Periodista, Compositor y Rey Vallenato, Gestor Cultural proponente para que el Vallenato y la cumbia tenga una categoría dentro de los Premios Grammy Latinos.

Gabriel García Márquez

“El Palabrero Mayor”

*Félix Carrillo Hinojosa


No tantas personas en Colombia, producen tan buenas noticias como nuestro querido Nóbel Gabriel García Márquez. Todo esto tiene una razón de ser. Resulta que el muchacho, que un día resolvió irse de frente contra la dictadura paternal, que se empecinaba en tener, en un cuarto envejecido, un titulo de lo que fuera, para sentirse orgulloso de un hijo que hacía lo que él dijera, pero que decidió convertirse en escritor. De nada valió, los variados comentarios que haya hecho, si al final el tiro le salió por la culata, ya que como prueba irrefutable, pese a todos los pronósticos y las dificultades que rodearon al naciente periodista y luego laureado escritor, él se apoderó de la voz de la gran provincia, para que los continentes hablen de ella y de qué manera. Pero el muchacho para estar en ese sitial, le tocó hacerle el quite al pesimismo, el zigzag a la envidia y saltar matones, para no dejar que sus sueños, quedaran hechos añicos en cualquier esquina de los pueblos nuestros, a donde llegaba y le tocaba salir en bolas de fuego, porque no creían en él o lo perseguía el fantasma del pasado de su abuelo, o simplemente, no tenía una moneda en sus raídos bolsillos, para hacer más prolongada su estadía.



¿Cuántas puertas tocó y los dueños del poder central de la cultura, se negaron a abrirlas?, muchas, que él prefiere no hacerlo público, porque Gabriel García Márquez pese al poder en todos los ordenes que tiene en este momento, prefiere comentarlo a solas y en voz baja, muy para él y quizá con su musa eterna, Mercedes Barcha, los portazos que recibió. En su corazón, no hay lugar para anidar esas imágenes desagradables, que luego con su éxito universal, han querido montarse en ese tren, que solo con la fuerza de la palabra, logró aceitar esos rieles esquivos, que cayeron vencidos por la magia natural que posee. Es más, prefirió olvidar sus nombres. Hoy día, nuestro escritor está por encima del bien y del mal. Si hablan bien, es de buen recibo y sí no es así, la caparazón que tiene y que viene del más allá, sustentada por la cultura de los wayuus, rechaza esos dardos que la mayoría vienen de críticos y escritores resentidos, que pierden su tiempo valioso, hasta por una coma que escriba o deje de hacer nuestro Nóbel. Pero si por el territorio de los afamados y nacientes críticos y escritores, hay una obsesiva manía de querer sepultar lo hecho por García Márquez, que entre otras, les va a quedar bastante difícil de lograr, no lo es menos, la cantidad de personas que sin visión hay en su tierra natal y en muchos pueblos del caribe, que señalan sin reparo alguno, la manera como el escritor según ellos, no ha hecho nada por esa tierra que lo vio nacer. Tamaño error el que asumen, porque él no está obligado a tapar huecos, poner acueducto o hacerle culto al cemento. Eso que lo haga el constituyente primario o los políticos y en el mejor de los casos, el alcalde, para eso los eligen y al final, que las obras se vean y no robarse descaradamente el erario público como a diario ocurre.Todos estamos llamados a consentir a Gabriel García Márquez, no por la edad como muchos sugieren, sino por su obra. A él, no hay con qué pagarle como logró retratar a nuestra provincia, sin caer en provincianismos. O es que acaso no es verdad, la manera como se activó la voz de nuestros pueblos, esa misma que variadas fuerzas oscuras y malos gobernantes, tratan de cercenar y que aparecen pintadas, en una policromía llenas de rostros vivos, en cada una de sus exquisitas crónicas, reportajes, novelas y cuentos. Su obra es la mejor muestra de inclusión, para un territorio caribe que le dio todo a Colombia, pero que el centro de poder poco o nada reconoce.



Si nuestro escritor hubiese nacido en Antioquia, Bogotá o Cundinamarca o cualquier pueblo andino, el aeropuerto no se lllamaría “José María Córdoba” o “el dorado”. Convencido estoy,

que llevaría su nombre. Claro, que a él esa vaina le entra por un oído y le sale por el otro. Porque hasta eso, le ha tocado sortear a nuestro escritor.
O no recibiría ráfagas de críticas sin peso argumentativo, siempre en pos de hacerle imagen a sus escritores, con la pobre tarea que fulanito de tal es mejor escritor que él. A ellos se les olvidó, que su bien ganada fama y prestigio, no se la hizo una determinada editorial, sin restarle nada a la tarea titánica que las mismas desarrollan o los medios de comunicación, que a veces se empecinan en hacer escritores a la fuerza. Si bien es cierto, que sus obras hoy en día, son promocionadas como si fuera una mercancía, no lo es menos, que todo obedece a un marketing que en nada contrasta con la obra misma y su calidad. Pero, ¿por qué Gabriel García Márquez es tan reconocido?, uno de esos pilares surge, al lograr que lo popular fuera popularizado y darle un estatus, ante las más enconadas elites centralistas, que miraron de reojo esas manifestaciones. Otra, es que su obra es una música variada, en donde aparecen ritmos que saben a cumbia, gaita, mapalé, fandango, pájarito, bullerengue, chalupa, tambora, paseo, merengue, son o puya vallenata y de danzas como el garabato o el de las piloneras en donde sin distingos, los pueblos nuestros se entrelazan en un interminable abrazo que sabe a gente buena. Y en ésta última expresión musical, si que somos agradecidos. La obra de él, sabe a vallenato y nuestros personajes están ahí plegados de manera activa, no como unos convidados de piedra. Es por eso, que en la Guajira y el Cesar, se le quiere sin la adulación, que siempre tiende a desdibujar cualquier mirada hacia él o su obra. Para nosotros, éste escritor es el mejor narrador de nuestras costumbres, el creador de un mundo vital, que no nos da pena llevar con orgullo en todo nuestro cuerpo.





Hoy sus años bien vividos, son el monumento al muchacho que rompió todos los esquemas literarios y que realizó, aún lo hace, las gambetas necesarias en el estadio, a veces invisible de la vida para construir un nombre inmenso, pese a que muchos de esos espectadores con rostro frío y pose de intelectual, le dijeron no.
No olvidemos, que ese matriarcado e imponencia que Ursula Iguarán hizo evidente, está inmerso en nuestras bisabuelas, abuelas y madres, mujeres hacedoras de vida y que juegan un papel determinante en nuestra cultura. Es la postura firme de Luisa Santiaga Márquez Iguarán, que hablaba con la mirada y no repetía una orden.
Este escritor siempre ha sido un comprometido con nuestro País, en donde para mala fortuna nuestra, encontramos que el invierno que generan los bandidos, que no son muchos, es más comentado que el verano de buenas conductas que tantos Colombianos dentro y fuera del País, hacen por esta amada patria.
Todos aguardamos con esperanza infinita, que vamos a encontrar la ruta deseada. Por eso quiero dejarles, desde la tierra de la Niña Luisa Santiaga, madre de nuestro querido escritor, que es la mía y a manera de regalo en su aguerizado cumpleaños, una frase que logré acuñar aprisionado al tiempo, después de escuchar a un hombre de mi tierra, que se volvió loco por amor, quien siempre se sentaba en la plaza y no se cansaba de repetir: “Nada que valga la pena se hace rápido”.

*Periodista-Escritor-Compositor y Gestor cultural proponente para que el vallenato hoy día, tenga una categoría dentro de los Premios Grammy Latinos.

domingo, 11 de julio de 2010

Los hijos de los famosos

“¿Una generación pérdida?”


“Nada es igual al pasado” Fercahino





Por: *Félix Carrillo Hinojosa


Con muy contadas excepciones, dentro de nuestra música vallenata, se ha logrado repetir o continuar las grandes conquistas culturales de nuestros juglares por parte de sus hijos. Ese no reforzamiento musical, pese a no consolidar procesos y generar unos cortos circuitos, lo que ha llevado al final de todo, es a consolidar la labor de esos patrones culturales que siguen de pie, pese al embate del tiempo. Con excepción de lo vivido por Emiliano Zuleta Baquero, ninguno de los hijos de los músicos de su generación o anterior a él, han tenido la calidad artística para reafirmar lo hecho por esos juglares y abrirse con su propio sello a construir nuevos espacios y dejar relatos que contribuyan a que esta expresión musical gane los mejores comentarios. Esta es la historia, que pueden contar los hijos de Zuleta Baquero con Carmen Díaz, quienes hechos del verso serrano de nuestra gran provincia, se levantan como la mayor reserva musical de nuestra tierra. Por qué los hijos de esos grandes valores de la música vallenata, no han podido acercarse a la cuota inicial de la gloria de ellos. Son varios los factores que han incidido, en esa tarea que muchos han pretendido acometer y les ha sido imposible llevar a cabo. Una de ellas, es que la calidad de sus antecesores es demasiada, lo que le cierra el paso a esos hijos que tratan de aportar, pero su calidad está en entre dicho, frente a la de sus padres. Lo otro es, en donde más se han equivocado, cuando ellos pretenden emular con su voz y su ejecución lo que hicieron sus padres, sin sentarse a pensar que, el vallenato es una música cerrada, fuerte y que poco o nada admite, las copias de colores de voz o de ejecución parecida. Todas esas expresiones que esos hijos construyen tienen corta vida, ya que se estrellan con esa muralla de lo hecho por sus padres. Muchos directores artísticos y ante todo, los hijos de los famosos músicos vallenatos, han caído en la trampa de querer plegarse a lo hecho por sus padres, sin darse cuenta que esa labor fue un hecho histórico irrepetible y que tratar de seguirlos o copiarlos, en vez de sumar lo que hace es cerrarles el paso a tantos sueños a una generación, que en la mayoría de los casos, no sabe para donde va. A veces uno escucha, “Rafael Santos, Héctor Arturo, Jorge Luís, Adaníes de Jesús, Silvio, Iván David cantan igualitico a Diomedes Díaz, Poncho Zuleta, Jorge Oñate, Adaníes Díaz, Silvio Brito e Iván Villazón, por citar un ejemplo. Esto en vez de construir, lo que ha hecho es frenar lo que esos muchachos pueden dar en sus aspiraciones, que no deben ser las de emular a sus padres, hecho que jamás se dará, sino de crear su propio estilo y dejar un buen aporte. Caso contrario, es el que ha ocurrido con kaleth Morales y Silvestre Dangond, quienes con relación a sus padres Miguel y William, han sido relevante, ya que sin parecerse en nada, con la voz de sus padres, ha podido situarse como unos abanderados, de una nueva forma de mostrar a la música vallenata. Este hecho de seguir no es malo, mucho menos, es el núcleo del problema, tampoco es nuevo en nuestro medio artístico. Si miramos el cuerpo musical de lo construido por Emiliano Zuleta Díaz, encontramos que en su estilo hay algo de su papá Emiliano, Luís Enrique Martínez, “Colacho” Mendoza, Ovidio Granados y otras tantas rutinas expuestas por muchos juglares, pero él pudo construir su propio sello musical, “Emilianito se parece es a él”. Cuando se logra dar ese salto, se puede decir que es un artista consumado, de lo contrario, es un mal remedo frente a esa cantidad de influencias que se tiene. Construir una identidad no es fácil, mantenerla mucho menos, pero lo que si es real frente a nuestros cantores y acordeoneros del ayer y de hoy, es que quienes logren consolidar de buena manera lo hecho por sus padres, son los llamados a liderar nuestras manifestaciones artísticas. Por eso, en nuestra música vallenata como en otras expresiones, habrá intérpretes y creadores.


Los primeros copiarán casi que de manera exacta lo hecho por sus antecesores pero no harán nada distinto a lo creado, mientras que los segundos, tienen todo a su favor y gozarán del buen comentario que, pudieron transformar lo hecho y crear nuevas visiones, que enriquecen el rumbo de cualquier muestra cultural. En qué puesto quedaría, esta nueva generación vallenata que tenemos. Qué podemos rescatar de lo que se ha hecho en este nuevo milenio. Son serios interrogantes que llevarán entre pecho y espalda esta nueva generación vallenata que apenas se asoma a la realidad de lo que puede ser. Es una generación que no aguanta un profundo análisis, por varias razones, entre ellas, la fundamental y es que, un movimiento que apenas comienzan a recorrer caminos no puede ser arrinconada por la buena o mala crítica, sin embargo, no debe escapar a lo que ella produce, cualquier asomo de una bien o mal intencionada expresión. Sin lugar a dudas, esta nueva generación en el tema del acordeón, salvo el aporte de Juan Roís e Israel Romero, son más intérpretes que creadores y en lo que respecta a la composición, a través de relevantes obras, entre ellas, “los caminos de la vida”, “”Ahí vas paloma”, “Vivo en el limbo”, “Orgullosa”, “Al final del sendero”, de los compositores Omar Geles, José Alfonso Maestre Molina, Fabián Corrales, Luis Egurrola, por citar algunas, son más creadores en serie de obras, que conducen más a la exaltación de una mala mercancía, que a verdaderos gestores comprometidos con la causa vallenata. El monotemático accionar del creador actual, le cierra cada vez más el paso, a lograr que su obra se quede en la memoria colectiva como un buen aporte. Esto sin decir que, antes y ahora hubo y habrá buenos y malos intérpretes y compositores. Pero qué hacer ante la aparición de nuevas tecnologías y ante todo, de la confirmación que estamos ante la industrialización de nuestra música vallenata, hecho que no lo detiene ninguna postura ortodoxa. Por eso es bueno y ante todo saludable, sin perderle el camino a lo que hacen, dejar que esta nueva generación, en la que creo, construya sus propias pistas de vuelo y aterrizaje, para lo que necesitarán de la reformulación de nuevos lenguajes y propuestas de mezclas de ritmos, sin que ello implique, la pérdida de ese espíritu que tiene el vallenato. Cuando ello ocurra, es decir, la usencia del espíritu vallenato, no habrá vestigios de esa música que nos dejaron nuestros bisabuelos, abuelos y padres y nos tocará como cualquier provinciano más, remitirnos a la evocación nostálgica de ese pasado glorioso que tiene el Vallenato. Otro aspecto positivo y que es rescatable de lo hecho hasta ahora, por la nueva generación vallenata, es que cada vez que se hable de Jorge Celedón, Jean Carlos Centeno, Silvestre Dangond, Peter Manjarres, Alex Manga, Juan Mario de la Espriella, Jimmy Zambrano, Sergio Luís Rodríguez, en cuanto al tema de la interpretación y a Omar Geles, Jorge Mario Gutiérrez, Richard Daza, Wilfran Castillo, Alberto Mercado en lo que respecta a la composición, por citar algunos, llevan a quien conozcan por primera vez sobre éste género musical, quienes y dónde están los que le antecedieron y a los que conocen de sobra por razones de habito o investigación, a comprobar que esa fuerza narrativa del vallenato que construyeron nuestros campesinos y que tenía bien resguardada la gran provincia como su gran fortaleza, pese a todos los aires de modernidad y posmodernidad que trata de golpear para bien o para mal a nuestra música, siempre tendrá un dejo inquebrantable que por mucho que trate de irse y perderse en el raro mundo de lo citadino, estará presente en el alma rural que seguir firme como un cañaguate frondoso y florido que en verano e invierno no deja de ser lo que es.


Pero si todo ello es cierto, no lo es menos, lo que le ha tocado padecer a esta nueva generación, aparte de la bulla ruidosa de la mal encarada fama. Y es la droga, que cuando toca a los ya consagrados artistas nuestros, ya eran lo que hoy día son. Por eso, salvo una o dos excepciones, no fueron derrotados por ese flagelo del narcotráfico que con sus tentáculos, trata desde varios frentes, mostrarle sus garras a estos nuevos muchachos. Sumado al problema de la construcción de una identidad, que muy pocos han logrado fortalecer, aparece la droga que toca sin miramiento alguno, la puerta de todos los estratos y arrincona desde la elite hasta el grado más bajo de la lumpen, por lo que urge en los departamentos del Cesar, Guajira y Magdalena, que no debe ser menos en otros departamentos del Caribe Colombiano, serias políticas sobre la salud pública que redireccione los caminos de la salud mental de sus habitantes. La nueva generación tiene que construir buenos ejemplos, en la que prime más el prestigio que la fama. Lo hedónico no puede estar por encima de la vida como si este fuera, una expresión única y privilegiada. La nueva generación tiene que organizar cada uno de los frentes de producción en busca que cada una de sus inversiones vaya al sitio indicado y no terminar en la reafirmación feudal en la que han incurrido anteriores generaciones, lecciones que muy pocos han aprendido, en la que el lenguaje recurrente es: Vallenato sinónimo de vacas y tierras, cuando existen grandes alternativas de inversiones más solidas y de mayor rentabilidad, sin que ello implique que se tenga una manera fea de ver la inversión en tierra y ganado. “Todos los huevos no se deben echar en una misma canasta y está mandado a recoger, la visión latifundista del ayer agrario vallenato”.
La organización es fundamental en el presente de esta nueva generación vallenata e igual, romperle el pescuezo al comportamiento de nuestra cultura genital, que deja una estela irresponsable de encarar los hijos en esta vida terrenal como un padrote sin ley y sin orden. El compromiso y la responsabilidad de esta nueva generación vallenata, es mucho más de lo que ella cree que tiene. No es solo cantar, tocar o componer una canción. Si creen que es eso nada más, están equivocados. Tenemos que poner a nuestra música con la mayor altura y responsabilidad, en todos los continentes del mundo. Por ahora, es de urgente cumplimiento, mirar con sentido empresarial y no de espectáculo organizado, la salida cada vez que ello ocurra, de nuestras delegaciones artísticas a los pueblos de América. Por eso nuestros artistas vallenatos no deben olvidar que, de su responsable tarea depende que “el vallenato en poco tiempo sea el ombligo en nuestro continente”.

*Escritor, Periodista, Compositor y rey vallenato, gestor cultural proponente para que el vallenato y la cumbia tengan una categoría dentro de los Premios Grammy Latinos.

“La Maye, más que una musa”

"Nuestra Maye es un lucero que permanece incólume en el firmamento vallenato"Fercahino




*Félix Carrillo Hinojosa

En el tropel de la vida que vivió el mítico personaje, que una tarde fuera bautizado en Patillal, pueblito pastoril y corredor cultural de la gran provincia vallenata, con el nombre de Rafael Calixto Escalona Martines, aparecen como por arte de magia, la novia del caserío que se enfrentaba sin tapujo a la del pueblo, que por muy lejos que estuviesen siempre recibían el galanteo del jovencito bien vestido y bohemio por demás, que hacia hasta lo imposible, por quedar bien con su más reciente conquista. Así se sumaron tantos amores, que a él le quedaba complicado asumir su rol de don Juan empedernido. En ese papel de actor principal, en el mundillo amoroso que tejió Rafael Calixto, sus amigos jugaron un lugar preponderante. Él los repartía a los lugares más insospechados con las mejores estrategias, para llevar razones de boca, papelitos con sus frases amorosas y uno que otro regalito. En esa red, cuya frase esencial era el amor, el mejor narrador musical y quien con sus letras distintas pero no lejanas de lo raizal, se convirtió en el Cervantes del Vallenato, se paseaba orondo como Pedro por su casa, en donde el personaje central era él y no el amor, en donde las mujeres caían rendidas ante su enjundia cubierta por el palabrerío que siempre le acompañó. Pero como es costumbre decir en nuestra provincia, a toda olla le llega su tapa, por mucho que hubiera repartido el corazón ante tantos amores, Escalona Martínez recibió el primer y único sacudón afectivo, que puso a tambalear el imperio romántico que él mismo construyó. La responsable era una jovencita bien parecida y de buena familia que vivía cerca a Valledupar, donde él tenía montado todo su redil amistoso y ante todo romántico. Ella llegó con el corazón en la mano, le cambió la vida y lo puso a pensar en serio. Ella de la noche a la mañana, tenía la única oportunidad de amansar lo indomable del trashumante recitador de versos. Ya los nombres de las musas del creador se redujeron y se limitaron a decir: todo gira en torno a los amores de La Maye con Rafa. Si el chupaflor se perdía en cualquier jardín, él ni corto ni perezoso, le brindaba a La Maye las explicaciones necesarias, siempre cubiertas de música. Si duraba varios días de bohemia como siempre ocurrió, no había nada que lo atara, solo una mujer dentro de esa libertad que él mismo se daba, podía cantarle la tabla, así le entrara por un oído y le saliera por el otro. Esa mujer era y sigue plegada a la historia de su vida, de nuestras vidas, de su historia, de nuestras historias, que moldeó la inspiración de Rafael Escalona Martínez, personaje que tuvo de todo en su vida y antes que nada, vivió de todo, pero con la única musa que fue más que eso y que desbordó de manera leal toda su pasión. Pero quién es esa mujer, que pese a los constantes viajes de Escalona Martínez detrás del amor o de los embelecos políticos que le atrajeron siempre, nunca el creador pudo desprenderse de su sombra. Quién es esa mujer, que jamás lanzó una mala frase contra el creador de las bellas páginas de amor, quien siempre tenía una excusa para sus ausencias. Quien es esa mujer, a la que todo el mundo vallenato exalta y todo el que llega a Valledupar quiere conocer.




Quién es ella, para hacer parte como lo hace, de ese mundo mágico que solo un hombre como Escalona Martínez pudo crear. Ella tiene nombre propio y está viva. Es Marina Arzuaga Mejía, una flor que le entregó todo su perfume. Ella es, la inocente mujer que se enamoró de los pies a la

cabeza y que pese a los vientos que traían quejas del comportamiento de su amado, jamás dejó de creer en él. Ella se casó con el mundo de Escalona, desde el mismo instante en que lo vio. La Maye supo bordar pacientemente los versos hechos en su honor y aquellos de nuevas aventuras que vivía su eterno amor, los supo comprender. Eso es ella. Un mundo de ternura, que no cayó rendida ante el espectáculo de figurar. Ella no necesita levantar su voz para decir que está viva. Todos los vallenatos y los que aman a nuestra música, saben que cada vez que se abre el gran libro para leer los grandes reportajes y crónicas de nuestra música y sobre la vida de Escalona Martínez, ella aparece como una musa eterna. Eso también lo supo siempre el creador, que con ella a su lado, tenía toda una fuente de inspiración segura. Ella es la mujer que supo agigantarse cuando las tormentas de todo tipo llegaron a su vida. Con y sin la compañía de Escalona Martínez, la gran Maye supo soportar y salir avante ante tanto escollo

.






Ella dentro de su gran silencio, que es más que todo un culto a la prudencia, que siempre le ha acompañado, se ha levantado como una gran muralla que todos los Valduparenses apoyan, sin que ella lo pida. La Maye, no necesita salir en ningún medio de comunicación para decir, que es la esposa de Escalona o que tiene tantos hijos con él. Ella no está interesada en ponerles el apellido a sus hijos para subir de estatus o lograr figurar en los grandes diarios de Colombia. Ella no necesita hacerse fotos con el presidente o el Ministro de turno o llamar al periodista para que la entreviste, en busca de un reconocimiento social, político o económico. Ella no necesita de esa parafernalia que como una mercancía se construye, para ser lo que nunca se ha sido. Más de uno, sabe la verdad de todo el mundo de Escalona Martínez y somos los llamados a hacer fila en torno a la gran Maye, que nunca pedirá nada pero que sin lugar a dudas, es el gran hilo conductor para entrar al territorio ESCALONA, en donde ella tiene un lugar indestronable. Por eso cada vez que se habla de La Maye, la cometa de mil colores que tiene la obra de ESCALONA trae su nombre en letras doradas.

*Periodista- Compositor y Gestor para que el vallenato y la cumbia tenga una categoría en Los Premios Grammy Latinos

sábado, 3 de julio de 2010

¿“Qué les pasa”?

“Que la defensa de la tradición de un pueblo No sea la plataforma insultante hacia otros” Fercahino


*Félix Carrillo Hinojosa

Se ha vuelto una constante en la cultura sabanera, señalar a la música vallenata como la responsable del ostracismo, en que se debate la rica música que ellos tienen y que otrora vivió su boom del que quedan sólidas muestras, que las nuevas generaciones para su infortunio, no han podido superar. Bajo esa equivocada visión, vemos como personas que tienen una formación intelectual, más no de investigación sobre el vallenato, toman como caballito de batalla lo que hasta el momento ha hecho nuestra expresión folclórica y como referente especial, el Festival de la Leyenda Vallenata. En esa estéril labor pero que hace daño, encontramos al filósofo Numa Gil Olivera, al compositor Adolfo Pacheco Anillo y al periodista Arminio Mestra Osorio, quienes no pierden oportunidad alguna, para emitir unos juicios en la que ellos creen ser portadores de la verdad sobre el tema vallenato, pero que en el fondo, la lectura que dejan entrever va más llena de resentimiento y de muchas falencias que ellos tienen, que solo conlleva a reducir ese espacio que su propia cultura tiene. Uno de sus primeros argumentos equivocados, se manifiesta cuando toman el ritmo de la cumbia, por encima de todos los que nacen en el caribe colombiano y dicen de manera tajante e irresponsable que: el vallenato en su parte rítmica nace de ahí. Tamaño error el de ellos y ante todo, cuando le hacen creer a la opinión pública, que nosotros para ser lo que somos, necesitamos de la bendición rítmica y conceptual de la cumbia, tesis que se cae de su propio peso y que de seguirla esgrimiendo, sería como quitarle la autonomía folclórica, a cada uno de los pueblos de Colombia. Peor aún, cuando los mencionados personajes van de foro en foro, exponiendo criterios que la mayoría de los asistentes terminan por creer y que en aras de la verdad, no son formales y mucho menos reales como es el caso a lo atinente a la participación de valores como Andrés Landero, Alfredo Gutiérrez, Adolfo Pacheco, Ramón Vargas, Felipe Paternina dentro del Festival de la Leyenda Vallenata. Todos sus argumentos se reducen a lo siguiente: que Consuelo AraújoNoguera persiguió al músico Alfredo Gutiérrez Vital. Que el relato musical de Andrés Landero, Lisandro Mesa, Ramón Vargas y Felipe Paternina no fueron tenidos en cuenta dentro de ese evento, porque eran sabaneros. Ninguna de las aseveraciones expuestas por Numa Gil Olivera, Adolfo Pacheco Anillo y Arminio Mestra Osorio tiene un medio asomo a la verdad. Que interesante sería, que ellos recurrieran y escudriñaran los hechos y los pusieran en una alfombra transparente, para que se cuenten lo que ocurrió en los años en que participaron dentro de nuestro evento folclórico. Se le olvida a los quejosos y ante todo a los participantes, hacerse una autocrítica, poco usual en su medio. Cuando ellos participaron y en especial, Andrés Landero y Alfredo Gutiérrez, sus falencias estaban amparados en el desconocimiento que hacia el ritmo de la puya tenían. Siempre que les correspondía ejecutarla, terminaban tocando un “fandango”, un ritmo propio de la región sabanera, en remplazo de nuestro ritmo exigido en el festival de la leyenda vallenata.






Ellos creían, que porque tenían un reconocimiento en el disco y eran exitosos, podían burlar los reglamentos que al interior tiene ese evento. Lo otro y que es lo más determinante en esta diatriba folclórica, corresponde que a ellos, les tocó enfrentarse a dos colosales músicos de nuestra gran provincia vallenata: Nicolás Mendoza y Miguel López.
No deja de sorprender los pobres pero respetados argumentos que esgrimen Gil, Pacheco y Mestra, quienes frente a esas dos derrotas que sufrieron sus apoderados y de las que todavía se lamentan, han llegado a la desatinada consideración, que es más un descrédito hacia los ganadores, personas cuyas páginas sirven de estandartes en la defensa y propagación de la música vallenata, en donde no se cansan de vociferar, que la labor de sus músicos es superior a la de nuestros, porque ellos tocan cumbia, acción temeraria por demás, ya que nuestro Festival está amparado rítmicamente en el paseo, son, merengue y puya, que son la base del vallenato y que ha llevado a personajes como Nicolás Mendoza Daza y Miguel López Gutiérrez a ser lo que son: unos iconos musicales. Olvida Alfredo Gutiérrez Vital decir, que para poder ganar en Valledupar tuvo que pasar una larga y buena temporada en la Paz-Cesar, en donde aprendió de la sabia que los Hermanos López, sus primos hermanos, le podían suministrar que es la misma raíz de su padre. Se niega Adolfo Pacheco Anillo, contar la verdad, sobre su aparición en el Festival Vallenato, en donde estuvo como concursante en 1973 como guacharaquero y compositor al lado de Ramón Vargas. En esa ocasión, también se les puso el barro duro y esta vez, el tropiezo no fue Consuelo AraújoNoguera o la malquerencia de un jurado amañado como siempre aducen. No. No fue así como ellos dicen. Fue el influjo musical del más grande del acordeón, Luís Enrique Martínez Argote y del sin igual compositor Armando Darío Zabaleta Guevara, quienes lo derrotaron a punta de acordeón y con el paseo “No vuelvo a Patillal”, en el que su “Fuente Vallenata” no le aguantó el arranque. El tiempo, juez de todo, nos da la razón y ha logrado poner todo en el sitio que corresponde. Será que Alfredo Gutiérrez, Andrés Landero, Ramón Vargas, Felipe Paternina y Lisandro Mesa son mejores acordeoneros que Luís Enrique Martínez, “Colacho” Mendoza, Miguel López y Emilianito Zuleta Díaz, por citar esos cuatro músicos. Será que Adolfo Pacheco Anillo es mejor compositor que Leandro Díaz y Armando Zabaleta.
Pero la osadía de Gil Olivera y Mestra Osorio va más allá de su propia realidad cultural, cuando propagan a los cuatro vientos, sin que ello haya tenido eco, solo en el ego desbordado de Adolfo Pacheco Anillo, que su obra “El Viejo Miguel” es el mejor merengue de la música vallenata. Otro desatino de los quejosos, quienes sin investigar pasan de manera olímpica, por encima de la tradición merenguera que han tenido nuestros juglares. ¿Esa es la manera de defender sus raíces?. No creo, porque mientras ellos tratan de pelear de mala manera y de ganar un espacio al interior del vallenato, uno como compositor y los otros como investigadores, la música de ellos se muere porque no tiene dolientes. Porque nuestra música vallenata, así como lo hizo por los años 30, 40 y 50, en que a través de procesos migratorios le llevaron y le enseñaron a los sabaneros, que había en una provincia desconocidas por ellos, no tenían por qué saberlo, una música que hoy se tomó a Colombia y sirve de referente especial para nuestra nación folclórica y se pasea triunfante en toda la sabana, sin que los grandes dirigentes culturales de allá, hagan grandes conquistas en torno a la defensa de esa bonita música que tienen. No olvide Numa Gil, Adolfo Pacheco y Arminio Mestra, que si no hubiese sido por ese proceso migratorio, el acordeón no tuviera en su tierra el protagonismo que tiene y es más, no echen en el oscurantismo folclórico que tratan de imponer, la labor de Alfredo Enrique Gutiérrez Acosta e Isaías Guerra, padres de Alfredo Gutiérrez y Andrés Landero, músicos nacidos en las entrañas de nuestra provincia, quienes llegaron allá tocando acordeón y caja, para dejar dos semillas que tienen nuestra sangre.



No es bueno por parte de Numa Gil, Adolfo Pacheco y Arminio Mestra, quienes por no tener el conocimiento natural que da el haber nacido en nuestra provincia, sumado a que no han hecho una investigación seria sobre el vallenato, emitan juicios ligeros y sin ninguna base científica, muchos menos folclórico, amparados en la burda manía del resentimiento. Cuanto me alegraría, que retomaran las sendas de la lucha por su música, que la sentimos hermanadas con la nuestra y que está tirada en un orfanato, sin quienes la visiten y le lleven una voz de esperanza. Me duele, que sus antepasados le pegaron a la metáfora y ustedes no hayan podido continuar todo ese rico legado. Nosotros por acá, en esta inmensa provincia, luchamos contra muchos fantasmas que tratan de hacerle daño a nuestra música vallenata. Somos conscientes y tratamos de hacerle ver, a los medios y a críticos mediáticos, que nuestra música vallenata es antes y después de la llegada del acordeón y que la misma, no es producto de una moda, festivales, narcotráfico, paramilitares, delincuencia común, elítes de donde provengan, casas disqueras y todos esos valores agregados, que se suman a una música local como la nuestra, la cual se levanta orgullosa más no ensimismada de su imaginario, que tiene su lenguaje, medios y estrategias, en donde muchos ghettos se hacen visibles en Colombia y el extranjero como una de nuestras grandes fortalezas, que nos permite hacer de manera constante un serio reconocimiento del otro, ante un mundo globalizado que con sus mecanismos trata de contaminarnos.

*Periodista-Escritor-Compositor y Gestor cultural proponente
para que el vallenato hoy día, tenga una categoría dentro de los Premios Grammy Latinos.

"Escalona, un árbol musical con muchas ramas"



En el desarrollo de la vida, que le tocó vivir a Rafael Calixto Escalona Martínez, soportó todos los embates que la construcción y luego su fama consolidada, pudo generar. Ese árbol musical que produjo muchas ramas se pudo construir bajo el aleteo incesante de una libertad que él mismo construyó y que rayaba en el libertinaje. Él era de todo el mundo y no era de nadie. Esa manera profunda de romper lo establecido y de meterse en tantos vericuetos profanos, lo hizo impredecible. A él, el amor lo jalaba como pita a cometa al vaivén del viento. Por eso no tuvo que ver, a quien tenía que conquistar. Esa manera de usar el amor y en su nombre volver añicos el estrato social de donde dependía su nueva conquista, lo hizo desbordar el territorio, siempre demarcado por él, en donde no fue menos, la alcahuetería que el bardo patillalero construyó y acolitada por sus amigos de infancia, por los nuevos y los que habrían de llegar.
Ese recurrente estado de meterse en donde no lo han llamado, llevó a Escalona Martínez a conocer los secretos de los viejos patricios de su tierra natal, luego de los pueblos vecinos y más tarde de los hacedores del vallenato, de quienes aprendió todo. De estos últimos, tomó el vestido melódico para muchos de sus cantos y de esa manera distinta, para ponerle un nuevo texto a la composición vallenata. Ese nuevo rostro para la narrativa nuestra, es su mayor aporte en este sentido y que lo convierte en un referente especial para mostrarlo local y nacionalmente, por la elite Valduparense en su momento y luego, por quienes hicieron de esta música local, un distintivo nacional.
ESCALONA se convirtió en sinónimo del Vallenato. Mientras tanto, él no hizo nada distinto a vivir como le dio la gana. Por eso sin pedirle permiso a nadie le dio valor comercial a una música hecha por campesinos analfabetas, pero que era de quien la tomara prestada, situación que en la mayoría de los casos, terminó sin reivindicar a sus verdaderos creadores. Su alma intensa y de constante vuelo, a veces sin mediar el sitio final, se metió en unos sueño que tenían de todo, menos de eso. Así era él, a veces pasional, cuando le convenía y ante todo cerebral, cuando de figurar se trata: “cuando estaba con el presidente de turno era presidenciable y cuando se reunía con el machetero de la vereda donde tenía su sembrado más de amor que de otra cosa, terminaba siendo el más conocedor del campo, en donde los consejos salían por toneladas, así poca fuera su aplicación. A final no era ni una cosa ni la otra”. Pero era ESCALONA y él se podía dar esos lujos, en donde pudo acomodarse a todas las circunstancias que la vida le proporcionó, lo que le permitió rediseñar muchas rutas musicales que al final terminaron siendo determinantes en el crecimiento y consolidación del vallenato, que lo llevó como primera figura a los más disímiles escenarios sin traicionar sus más caros anhelos. Este paso tuvo significativas conquistas que llevaron a que toda una nación, conociera no solo su alegría y su dolor, sino el modus operandi de la gran provincia vallenata.

Escalona Martínez le puso asfalto a todos esos caminos de herradura y vistió de frac a toda esa poesía y canto campesino que era menos preciado por la rancia estirpe del Magdalena grande. Ese relato de Escalona Martínez, especie “de cantor de la provincia”, no era y nunca dejó de ser, distinto a los quejidos, lamentos, logros y conquistas del hombre del común nuestro, que no es más que la reivindicación de la labor de todos sus antecesores. Él es un nuevo sonido,una nueva escritura frente a la acción ágrafa de los viejos juglares, que a manera de regalo, le devolvieron con una música celestial, todo el maltrato feudal de los nuevos dueños de la tierra.

Escalona Martínez se propuso y lo logró, romper con los dogmas religiosos, políticos, sociales y económicos que le cerraban la puerta a la música provinciana, luego conocida como “Música Vallenata”. Así logró hacer visible lo que la elite provinciana trataba de enterrar. Por eso guerreó su suerte y por ende, la de la música vallenata, en donde arrastró todo un pasado y ponía al frente de todos, un presente que pocos se atrevían a aceptar.



Sin lugar a dudas, tuvo el olfato necesario para comprender que esa fuerza combatiente que habían construido dos o más siglos atrás, “los concertaos” era una muestra cultural que tenía dolientes y que uno de los llamados a ponerse al frente de ese “contingente” como solía decir, era el hijo de “Aló”.


Esa revolucionaria acción musical construida a partir de los conjuntos de hojita, décimas contestatarias y versos hirientes que a manerade puyas se erigían como indestronables monumentos, tenía sus héroes y que nunca fueron destronados con la llegada del acordeón, que no hizo más que darle forma a todo ese relato cultural, al que había que hacerlo conocer y no dejarlo morir y ahí, si que fue bueno, grande, determinante e Nadie socializó mejor ese mundo artístico ni hizo que se le diera más valor, que el trotamundo Patillalero. Su labor rompió con el estancamiento que en todos sus frentes vivía nuestra provincia y en especial ese campesino nuestro. Por eso es necesario contar y de qué manera, que Escalona Martínez es el creador de la “nueva historia vallenata” con la que logró integrar tantos mundos, tantos sueños y hacer conocer lo insaciable. Es más, con él se abre la crítica como tal en el vallenato, sin que esta no haya existido antes, pero el verdadero campus de ese accionar, se abre con la aparición de su aporte no solo sustentado en su obra sino en su comportamiento personal, en donde le da forma a uno de “los primeros laboratorios musicales” que se instituyó en la tierra nuestra: “todos trabajaban para ESCALONA”.



No es menos evidente el hecho que, con su aparición la pluralidad y lo heterogéneo del Vallenato, no solo por tener cuatro ritmos o aíres como lo bautizaron sus creadores o por la llegada del acordeón, sino por lo diverso de su relato: textos sociales, políticos y amorosos ya estaban construidos y almacenados en los grandes baúles, que cada vez que cantaban nuestros campesinos se abrían, para contarnos hechos pasados o presentes, que a manera de periódicos musicalizados llegaban a los letrados y los hacia despertar. Lo evidente de todo esto, era que el pasado y el presente lo tenían los campesinos nuestros ya construidos, pero no sabían que hacer con él y menos como construir el futuro. Ahí es donde la figura de Escalona Martínez se hizo fundamental y de qué manera, porque de lo que no cabe duda, es que él es quien planifica la reingeniería vallenata en el tema musical, pero que incide en el nuevo norte de un territorio mantenido al margen de la inclusión, de la equidad y de tantos valores, entre ellos, el de pertenencia que se empieza a replantear con la voz cantante del nuevo paradigma musical. Estas nuevas autopistas culturales construidas a partir del “aquí está ESCALONA con su música” son las mismas, por las que transitamos y que por fortuna, nuevas generaciones, posterior a él, han sido fieles a sus preceptos y ante todo, al lenguaje y al espíritu vallenato que no debe cambiar jamás.
Ese mundo incontaminado que encuentra el cantor Patillalero, con su aporte, le da paso a la industrialización de una música local que como la nuestra, ha sido generosa y ha servido como conejillo de indias, para hacer conocer las diversas maneras de mirar nuestra música a través de productores, directores artísticos e intérpretes. Pero aún así, con todo ese embate endiablado que el vender música como mercancía genera todo este proceso, el vallenato raizal está de pié como una memoria viva y ante todo como un homenaje a todos esos campesinos creadores y a Escalona Martínez que más que compositor de música y autor de grandes textos, es “el Cervantes del Vallenato”. porque sin que muchos se hayan percatado, en sus cantos aparecen sanchos, molinos, espadas, enfrentamientos, valles, sabanas, burros, carros, choferes enamorados,mulas, gente campesina y semiletrada, pintores, músicos, ilustrados, mariposas, promesas incumplidas, canto de cuna, incitación a cumplir la palabra, aduladores, magos, doble moral, elegías, derrotas amorosas, papelitos, collares, aretes, pintalabios, polvos, santería, celibatos mentirosos, conquistas fugaces, irresponsabilidades alcahueteadas, amores furtivos, bolsillos vacíos, guayabos de todas las formas, mujeres insaciadas, amigos de todos los ordenes y un centenar de acciones parroquiales que no dejaron nunca de aparecer como la última moda. A todos esos detalles de la vida cotidiana, les cantó Escalona, con la facilidad al tiempo del hecho y del canto mismo, en donde revolvió todos los estratos de su mundo y los puso, en el sitió que debían estar. Todos tenían que ver con el mundo de Escalona,








pero él como siempre, se le escabullía a quien tratara de ir en vía contraria a todo lo que perseguía. Escalona en su lenguaje no es previsible, por eso no es raro encontrar en sus narraciones, la figura imponente del teatrero, filibustero, cronista, echador de cuentos, palabrero, timador, pendenciero y detallista. Todos esos cuadros están en el lenguaje vivo de sus canciones. Solo que la mayoría de las personas que llegan a investigarlo, se queda en el hombre de carne y hueso y siento decirles, que Escalona es más que eso. El es una viva llama que recibe todos los vientos con malas o buenas intenciones. El es más que una sombra, que espera paciente cualquier debate para defenderse.
El es la renovación del lenguaje vallenato, planteado desde un contexto musical, en donde se hizo vocero de esas voces más rancias y formadas de la gran provincia nuestra. Nunca se puso al servicio de la elite Valduparense o Andina. Con su postura de “yo no fui”, “de no quiebra platos”, siempre las puso a su servicio. Para él tenía tanto valor la mujer de refinado copete y perfume traído de Francia o aquella que como mariposa con su perfume natural, llegaba a su vida y en su corto vuelo le dejaba las razones, que le impulsaban a responderle con su forma especial, de decir lo que sentía, todo ese mundo que es de la provincia, que es de sus antecesores pero que sin la aparición de Escalona, no sería lo que es hoy.

Al tiempo que Escalona Martínez crecía en honor al vallenato, su fama de bohemio, mujeriego y muchas más, se extendió como la verdolaga. No hay en la provincia vallenata, un personaje que haya vuelto añicos todo lo que el amor pudo ser como tal, en cada una de las mujeres que
tuvieron que ver en su mundo afectivo. Sus frases de amor eran las mismas de siempre y pese a repetirlas hasta el cansancio, ellas caían rendidas de amor. Algo debió tener Escalona Martínez para lograr consolidar todo ese harén. Sus regalos afectivos eran cíclicos, pese a ello, muchos de sus amores, la mayoría de ellos, no se cansaron nunca y tampoco le devolvieron los detalles, motivos de su conquista. Y qué decir del tropel de hijos que nacían en fila india y se criaban
algarate, con la sola sentencia de la palabra maternal: “eres hija o hijo de ESCALONA”.
Esa especie de sello, refrendaba y ante todo perdonaba, cualquier acto irresponsable que pudiera
cometer el creador vallenato. Así como hacia versos era su accionar de semental incontrolable, situaciones que siempre dejó a su libre desarrollo y que sentenciaba con “si todo tiro fuera un muerte, el cementerio sería grande”




Su manera de encarar la vida, de hacer su obra, el legado al vallenato, propia de un paradigma contemporáneo, nos tiene que llevar a reflexionar sin necesidad de confrontarlo con los anteriores, los de su generación y posterior a ello, siempre en procura de obtener nuevas visiones en todo lo que tiene que ver con su aporte a la música colombiana. Porque hasta eso, él metido en un vestido entero, unas botas texanas, una gabardina de intenso color y un sombrero a la usanza de viejo buscador de recompensas, a veces terminaba más comprometido a ser considerado un patriarca lleno de bambucos y guabinas, situación que moría al instante en que él, balbuceaba una palabra y se convertía en el más rancio vallenato, que recogía el lenguaje primitivo de sus antepasados. Él siempre miró con los ojos de los campesinos nuestros y reprodujo la palabra nativa y la dimensionó en cada rincón de la Nación y fuera de ella. Eso lo hizo tener una conexión con la provincia disímil, que con sus designios alternantes,parecía confrontarse para ver quién era más provinciano. Él fue un liberal conservador de las raices musicales, vocablos, dichos y comportamientos de la gente del común nuestro. Esa manera peculiar de construir luces, las que puso a su servicio pero ante todo, para nuestra tierra vallenata, lo llevó a ser un arco iris de su música, que se vio reflejado en el ritmo de su letra, con un ordenamiento territorial que enmarca a nuestra tierra y que hace que no se parezca a otra, así ocurre con sus personajes los cuales no pueden ser manoseados por otras músicas, que solo pueden ser expresadas en puro lenguaje vallenato porque su visión recurrente lo puso a reafirmar sobre lo mismo, más aún, sus personajes nunca murieron.


Ellos siempre aparecían, cada vez que se habla de ellos, con una nueva dimensión, convirtiéndolos en inmortales. Este sinnúmero de historias que contó ESCALONA MARTÍNEZ nos permitió y aún eso ocurre, un enriquecimiento desde varios frentes. Por eso, si nos metemos en el terreno amoroso, lograremos entenderlo y ante todo, enfrentarlo al desamor y darle su verdadera dimensión: “qué tiene esta que no tenga la otra”, fue su constante. En lo amistoso pudo entender, que nunca dejó de ser ESCALONA MARTÍNEZ, si tenía agarrado del brazo al Presidente o al Ministro de turno, para luego, reunirse y hablar de tu a tu, con el vendedor de pescado, el humilde machetero o mudarse en busca de amor como siempre ocurría, del barrio de estrato impensable o el más humilde. Esa transformación que desarrolló, lo llevó a enfrentar más de una contradicción, no solo en boca de él, sino de más de un contradictor.

Unos lo consideraron un hábil personaje, otros un gladiador del vallenato. Ambas son verdad. Qué sería del vallenato, si él no se hubiera apersonado de ese movimiento cultural nuestro. Qué sería de nuestra tierra y su música si no hubiera tenido un adelantado como él. Por eso ESCALONA MARTÍNEZ fue acosado por toda esa crítica, que unas veces habla y otras, muere. Unas, por ese ego insoportable que se le salía por todos los poros. Otras, por ese afán de querer ser solo él. Pero una verdad siempre permaneció: ese mundo construido por él, enjuiciado en tantos momentos, vale la pena penetrar más, no desde la burda osadía del mal comentario sin conocimiento. En las tres décadas que tuve la fortuna de percibir su sabiduría y de oler sus aciertos y tropiezos, pude acercarme y tener el valor de ser su crítico. ¿Cómo criticarlo sin conocerlo?

ESCALONA MARTÍNEZ siempre fue más allá de lo presupuestado. Esa lucidez con que produjo esas crónicas y reportajes de la provincia, fieles en su forma y contenido con lo acontecido, no pueden sino corroborar, que él es un narrador excepcional por naturaleza, sumado a su responsabilidad ética con su mundo vallenato, que le permitió mostrar en toda su dimensión una estética del hombre común y corriente o penetrar en las grandes casonas de la elite vallenata, donde pocos tenían la fortuna de conocer de primera mano, los amores furtivos o los desamores en que se debatían los nuevos protagonistas del sentir vallenato. O cuando se enfrentó a la aparición
de la radio, que le quitó la inmediatez a la narración de los juglares y en esa píqueria supo que nacía un medio masivo contaminado y contaminante, de igual manera ella supo, que con todo su avance, había un gigante en la provincia vallenata, que por su intermedio hacia conocer hechos de esa tierra.




ESCALONA MARTÍNEZ fue un hombre subjetivo que hizo música, no sin saber lo que hacia. Él tuvo grandes propósitos y los logró: “hacer conocer su tierra, sus personajes, darle nombre a su nombre”. Pero por qué un hombre como él, que a la par de sus fortalezas tenía grandes falencias, logró salir a flote en un medio tan cerrado como el nuestro. “Por los amigos politiqueros”, “por lo elite Valduparense o Andina”, “por el oportunismo y habilidad que tuvo” o por “su talento”. Al final de todo, primó esto último. Y en él, sí que hubo en demasía, sustentado en esa narrativa que le originó gestar un nuevo mapa musical, “un antes y un después de”, en la que muchos veces el inolvidable Alfonso López Michelsen llamó “cipote ángel” que reafirmo, pero que me permite ir más allá y llamarlo “arcángel”, el que tuvo de sobra y que hizo de ESCALONA MARTÍNEZ, “un árbol musical con muchas ramas con las que se enfrentó a todos los elogios y críticas que hablan, que le quitó muchas ramas malas y terminó sometiendo a las criticas que mueren, que pretendió siempre tumbar el árbol”.Sin lugar a dudas, ESCALONA es un animal mitológico que resiste todo bien o mal querencia que llegue.

*Escritor, Periodista, Compositor y Gestor Cultural para que el Vallenato y La Cumbia tengan una categoría dentro de los Premios Grammy Latinos.