martes, 28 de septiembre de 2010

“¿Sí hay ESCUELA en el Vallenato?”

Félix Carrillo Hinojosa
Escritor, Periodista, Compositor y Rey Vallenato, Gestor cultural proponente para que el Vallenato y la cumbia tengan una categoría dentro de los Premios Grammy Latinos.


“El estilo es el hombre” Buffon
Este es un tema que me apasiona, ya que desde niño lo he escuchado a través de muchas voces, unas autorizadas, otras no tanto, que al final lo volvió, casi que, de uso obligado en nuestras charlas cotidianas. Todo ese tiempo en que se ha discutido el mismo, la pasión se ha desbordado a tal punto que termina uno, escuchando y diciendo lo mismo. Esto me obligó a pensar más en serio y buscar más sólidos argumentos, que me permitan ampliar el conocimiento sobre el mismo y poder darle mayores luces a quienes se acercan, en busca de un aporte de nuestra parte y ante todo, para eliminar tantos mitos y paradigmas que en nuestro medio se ha construido frente a este hecho y otros más.
La palabra Escuela se usó muchos años antes y se reforzó a través de la audiencia que empezó a tener “la música del magdalena grande”, “música de parranda”, “música provinciana”, “música de acordeón” y “música vallenata” como se dice en la actualidad y se volvió de primer orden, al aparecer el libro “Vallenatología” de la inolvidable Consuelo AraújoNoguera en la década del 70, cuyo aporte generó una dinamización del tema y más, cuando empezaron los grandes reclamos de uno y otros, frente a ese particularmente. Estoy convencido que ese texto, puso al vallenato, al igual que el Festival, en el punto de discusión en todos los sectores sociales. Unos, porque aparecían o no, en el famoso libro y otros, porque habían ganado o eran eliminados, en ese evento que nacía. Ese término de escuela, para un movimiento que se dio en la gran provincia y que luego creció por acción de la migración, generó un serio pugilato que hasta la presente genera resquemor entre muchos. La designación de “vallenato vallenato”, “vallenato bajero” y “vallenato sabanero” fue la clasificación que rebozó el vaso, de tantas personas involucradas en este movimiento cultural. Si nos remitimos a la palabra “escuela”, su noción nos dice que puede ser: “un establecimiento donde se imparte la primera instrucción: primero fue a la escuela, luego, a un instituto y después, a la universidad. Institución colectiva de carácter público o privado donde se imparte cualquier género de instrucción: Escuela superior palatina de Carlomagno, Escuela de teología, Escuela de conducir, Escuela de bellas artes, Escuela de comercio. Método o sistema de enseñanza: Escuela Moderna, Escuela progresista. Conjunto de personas que en filosofía, ciencia o arte siguen una misma doctrina o tienen un estilo que da unidad al grupo: cuando un pintor pertenece a una escuela determinada, en este caso, realista por decir una. Conjunto de los discípulos o seguidores de un maestro o de ellos y sus obras, en donde solo los grandes hombres crean escuela, por decir, la escuela Kantiana “. Si aplicamos a nuestra música vallenata, esas diversas designaciones que el diccionario planeta de la lengua española brinda, nos enfrentamos a una discusión que genera varios interrogantes, que vale la pena tener en cuenta. ¿Cómo una música como la nuestra, de intérpretes ágrafos, dispersos y trotamundos pudo generar Escuela?, si uno de los primeros principios de la misma, es la unidad de estilo y desarrollo grupal. Cada músico nuestro de manera individual, marcó su territorio y creó sus ritos y magias, en el que mandaba y ponía sus condiciones, el cual pocas veces abandonaba. Otro aspecto para resaltar es que, la escuela designa unos parámetros de forma y contenido, que en nuestro medio nunca se dio. Por citar varios ejemplos: si la escuela existiera en el vallenato, tendría que darse una unidad en lo que hacían “Alejo y Nafer Durán Díaz en el Paso”, “Andrés Landero y Ramón Vargas en San Jacinto”, “Emiliano Zuleta y Antonio Salas en el Plan”, a quienes les unía un elemento esencial en el análisis del tema escuela, “el hábito”, más aspectos de sangre en la mayoría de ellos, ya que su entorno era el mismo, compartían todo y al final, si escuchamos su música, su canto, sus relatos, percibimos que son distintos y que solo los une, el genero musical que exponen.
Un medio asomo de la existencia de la escuela en el vallenato lo planteó en el siglo XX, los grandes músicos Francisco Rada Batista y Eusebio Ayala, quienes montaron sus colegios de enseñanza, cuya especialidad eran los bajos, ya que el músico nuestro en sus inicios, desarrolló una etapa instrumental, en la que dedicó parte de su vida, a transportar sus primeras creaciones a ese instrumento invasor, el único que no nos ha hecho daño, para luego crear toda una unidad armónica de bajos y pitos, gestada por el músico molinero Francisco Irenio Bolaños Marshall. Allí hay una prueba de reunión, enseñanza, encuentro para aprender algo, que alguien sabía. Tanto Rada como Ayala son los precursores de esa iniciativa de escuela. Pero qué hay en el ambiente interpretativo de anteriores y posteriores generaciones, de todo eso que los músicos Rada y Ayala gestaron. Poco o nada, ya que cada uno se llevó en su partida física lo que tenía. De todos ellos, sin excepción, el que más influenció con su estilo a los de su época y posteriores generaciones fue Luís Enrique Martínez Argote, quien es el que más seguidores tiene en el ámbito vallenato, en donde su música es la más interpretada en los Festivales, que se hacen con este género musical y elevó, al mayor grado de madurez la labor del acordeón, las voces y formas de presentación de la canción vallenata, campesina por demás, al hacerle una introducción, reparto o puente y un remate o final, que antes de su aparición no existía y que muchos de sus generación no se atrevieron a desarrollar. Estos dos hechos dieron la sensación que estábamos frente a la construcción de una escuela en el vallenato, situación que se cae de su peso, al analizar en conjunto todo el aporte de cada uno de los músicos relevantes de nuestro mundo vallenatos, los cuales con o sin grabación, dejaron relevantes huellas y se ha demostrado con su obra, la separación marcada entre unos y otros, que nos lleva sin mucho afán, a encontrar en cada uno de ellos, un estilo que es como un sello indeleble tanto el tema de la composición como el de ser intérprete, hechos irrelevantes en la actualidad en donde existe una homogeneización de nuestra música, lo que conlleva a encontrar serios problemas de identidad, tanto en la forma como en el contenido. Pero sigamos con el tema que nos atañe, el cual tiene que tener una entrada y una salida, porque nuestra música explicativa por demás, nunca dejó temas a medias, es decir, que nuestros libretistas, especie de maromeros y teatreros se dieron a la tarea de dejar sus películas bien montadas. Eso les permitió ser, lo que representan para nuestra música, unos verdaderos depositarios de una vallenatía que con orgullo construyeron. Nuestros campesinos, son los únicos responsables que Colombia cante vallenato. A ellos todo honor y gloria. Mal haríamos los de ahora, no continuar todo ese legado. Por eso el tema de la escuela sigue vigente. Porque ahora si hay escuela y de verdad. Lo anterior fue, un arcoíris lleno del más variado conjunto de estilos. Ahora hay un hombre sencillo, “que no enseña sino que da lecciones”, conocido como Andres Gil Torres, un guajiro incomprendido en su momento como han sido los grandes hombres, quien reordenó el mundo vallenato a través de la enseñanza, en donde tomó a las niñas y niños, jóvenes y mayores y les llamó la atención, que el hecho vallenato a partir de su aparición tenía que ser contado de otra manera. Ahí es donde, arranca la verdadera escuela vallenata. El es quien revoluciona, sin disparar un fusil o quitarle la vida a alguien, el mundo vallenato y se empieza a mirar con seriedad, que los grandes cambios lo hacen las pequeñas cosas y se inicia, en la comprensión que se debe tener en la mirada infantil que niñas y niños tienen al acariciar un acordeón, una caja y una guacharaca, que los aleja del mundanal y ruidoso mundo de la guerra y corrupción, que sin duda los mayores crean sin cesar. Esa iniciativa de la escuela, generada por Andrés Gil Torres y acolitada por Consuelo Araujonoguera, “no podía ser otra”, ha caminado como debe hacerlo el bien siempre, en muchos lugares al que llega como un buen ejemplo y que es exaltada su tarea titánica. El querido “Turco”, tiene un lugar privilegiado en el mundo vallenato al igual que la inolvidable “cacica” y todo, porque ambos coincidieron en la genial tarea que la escuela del vallenato debía iniciarse ahora y no antes como se pensó. Todos debemos darle gracias, a esos campesinos nuestros que construyeron esa música vallenata e igual, no nos cansaremos de darles loas a quienes como “el turco” y “la cacica” tuvieron el olfato y ante todo el sentido común, de construir la verdadera escuela en el vallenato. Este hecho permitirá, que la formación de nuestros jóvenes músicos sea mejor que en el pasado y el espectro musical crecerá, para bien de unas raíces musicales que deben ser motivos de estudios todos los días, por parte de propios y extraños, en busca que haya siempre diversas miradas que sumen desde una óptica critica, todo ese mundo vallenato, del que nos sentimos altamente orgullosos. Seguro estoy que, el mundo del solfeo, la gramática musical, la composición, la escritura han de crecer, mientras haya personas como Andrés Gil Torres que no desmayan un segundo, en la enjundiosa tarea de mejorar el rumbo, de una música campesina que tiene despierta a la nación. Esta es una tarea que debe servir de ejemplo, a tantos burócratas culturales que están anquilosados en las gobernaciones, municipios y ministerios de Colombia, que no hacen ni dejan hacer, porque su misión es vivir de la cultura del sueldo. Ese tipo de gente no deja huellas, pero si se roba el sueldo de otros, que no lo mal usan y crean grandes ejemplos de trabajo y ante todo, de humildad y perseverancia en lo que hacen y logran.

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