domingo, 12 de septiembre de 2010

El quinto ritmo o aire vallenato

“En dónde está, que no lo veo”
Por: *Félix Carrillo Hinojosa*Escritor, Periodista, Compositor y Gestor cultural proponente para que el Vallenato y la cumbia tengan una categoría dentro de los Premios Grammy Latinos.

“No le tiren piedras al sol
Porque nunca le pegan”
Juan Polo Valencia


Se ha vuelto una constante en el mundo vallenato, legislar sobre un tema, cualquiera que sea, en el que se crean tesis, sin que medie para ello, el debito proceso y cuyo debate debe ser enmarcado, en escuchar las distintas voces que han ayudado a crear este folclor musical. El más reciente caso, nos remite a la consideración planteada por Hernán Urbina Joiro, secundado por Rafael Escalona, Alfonso López y Francisco Zumaqué, en el que dan por sentado, que “el paseo lírico” actual es el quinto ritmo o aire vallenato. Si eso es así, es urgente que los mencionados proponentes presenten los argumentos rítmicos y dancísticos, que un nuevo ritmo debe tener, para que “el pelao” no se quede moruno, porque no tiene sentido que opten por la más fácil, que es tomar el paseo evolucionado y lo llamen “Paseo Lírico”, que los ha de llevar necesariamente a considerar, que hay un “Merengue Lírico”, una “Puya Lírica” y un “Son Lírico”. También les corresponde definir de una vez por todas, hasta donde va “La lírica” en el vallenato tanto en su forma como en el contenido.


Parece que la “lírica” no los deja dormir y dan como punto de partida, la aparición de Gustavo Gutiérrez Cabello en el escenario vallenato, para sustentar su tesis. ¿Pero qué es lo evidente con la aparición de éste cantautor?, con él se obtiene la mayor madurez del paseo, cuya formato estaba enmarcado en ese momento en unos elementos feudales y con su aporte, cuya influencia está influenciada en la poesía de García Lorca, los cantores Atahualpa Yupanqui y Horacio Guaraní, se subjetiviza más el contenido y la forma de la composición. Esta nueva postura de cantar el paseo, cuyo lenguaje es más citadino, logra su evolución y le brinda unos nuevos parámetros que van de la mano, con la nueva visión del hombre creador en nuestra gran provincia vallenata. La reflexión frente al problema social y el amor, están dadas por una nueva metáfora que enruta a la composición por nuevos caminos y compromete a su creador, a salirse de los parámetros establecidos y configurar unas rupturas más visibles que las anteriores. Porque parece que es ahí donde comienza el debate. ¿Es el vallenato una música de rupturas?, ¿Se debe mirar a una música local como la nuestra, creadora de tiempos?, ambas aseveraciones son ciertas. En todos los tiempos de la música vallenata, han existido creadores que como especie de paradigmas, los lleva a separarse de su cordón umbilical y se convierten en elementos a seguir. Por citar un ejemplo, Alejandro Durán, Abel Antonio Villa y Francisco Rada son portadores de un vallenato campesino y cuyas bases son las mismas de las que emerge Luís Enrique Martínez Argote, con las mismas condiciones sociales y formación académica, pero que con su propuesta musical, se separa de todos los intérpretes de su generación. Esa situación planteada por éste músico, genera una cadena de seguidores de un estilo que hoy por hoy, es el que más se escucha en los diversos festivales de música vallenata y en las grabaciones. Otro ejemplo sería, la música construida por Rafael Escalona y Leandro Díaz Duarte, teniendo más seguidores la de este último, porque es una música más abierta, en cambio la del primero, conserva elementos feudales tanto en su letra como en su música. Con el siguiente atenuante: Que tanto los intérpretes como los compositores, tienen una “lirica” definida, que los hace portadores de un estilo propio, situación visible en la anterior generación. Esto nos lleva a una reflexión más profunda como es la de mirar, la constante evolución que ha sufrido “el paseo” frente a los otros ritmos, al igual que los intérpretes, que fueron creadores de las bases para una industrialización de nuestra música. No sin mencionar, un hecho relevante que tiene mucho que ver con la dancística de nuestra expresión folclórica, ya que los cuatro ritmos nuestros como son el paseo, merengue, puya y son, tienen una forma de baile definido, por lo tanto, es deber de los legisladores que promueven el quinto ritmo, presentar la coreografía que debe acompañar a éste nuevo ritmo inventado por ellos. O para explicarme mejor, le solicito a Hernán Urbina, Rafael Escalona, Alfonso López, Francisco Zumaqué y quien apoye este “embeleco”, a que nos indiquen cómo se bailaría este quinto ritmo. Espero que Francisco Zumaqué no salga con la vieja explicación, pero nueva para él, que el quinto ritmo es el “Paseo-Son”, como lo aseveró en un medio televisivo en compañía de Rafael Escalona. Cuando me refiero a lo de vieja explicación, es porque ese fue un término que acuñaron nuestros juglares cuando no podían darle nombre a esos ritmos que fluían en cada cumbiamba, situación que es nueva para el destacado músico que no conoce de vallenato, más allá de la sensación que brinda una fría partitura.



Comparto la posición del presidente del Festival de la Leyenda Vallenata, Rodolfo Molina Araújo y quienes dentro de ese ente, sigan esos lineamientos, como es la de no incluir un nuevo ritmo dentro de los concursos, ya que la razón de ser de ese y los festivales que surgieron luego, es preservar, defender y afianzar las raíces de una música campesina, que ha evolucionado acorde con sus diversos tiempos y que pese, a su constante contaminación producto del hibridismo cultural, sigue en pie. Sin proponérselo y por la razón misma del Festival de la Leyenda Vallenata, la canción vallenata es la muestra de mayor inclusión, ya que en ella intervienen mujeres, hombres, niños como creadores e intérpretes. Y no he encontrado todavía, la primera canción que en ese concurso, que venga sin “lirica” y no haya muestras del paseo evolucionado, que tanto pregonan los legisladores. Les dejo tres muestras: “Nació mí poesía”, “Canasta de Ensueño” y “Río Badillo”, de los autores y compositores Fernando Dangond Castro, Fernando Meneses y Octavio Daza. Es más, cada agrupación vallenata al hacer su presentación, en el escenario que sea, muestran su repertorio que tiene en su interior obras clásicas y de la actual generación, lo que lleva a conjugar tiempos que merece un análisis serio, ya que se demuestra, que nuestros anteriores intérpretes dieron el salto generacional para interpretar lo actual y los intérpretes de ahora, quieren hacer historia, basado en su mundo circundante.
Esto nos reafirma, lo que se ha defendido en muchas ocasiones, al interior de los foros vallenatos: “La Lírica está plegada al sentir vallenato como la nevada para nuestros nativos”. Por eso, nada será igual al pasado, solo nos une, unos instrumentos como es el acordeón, caja y guacharaca como elementos simbólicos de una cultura musical, que ha desafiado los embates externos e internos desde lo económico hasta lo lingüístico. Si no, preguntémonos, ¿Qué va de lo que hace Emilianito Zuleta Díaz en su acordeón a lo que plantea Israel Romero Ospino?, son dos mundos cuyas afectaciones económicas, sociales y políticas no son las mismas. O lo que hizo Gustavo Gutiérrez Cabello y lo que nos dejó Kaleth Morales Troya. Por lo tanto, determinar rápida y tajantemente donde comienza y termina lo vallenato, es una tarea que merece un debate amplio y ante todo, serio.
Esta reflexión nos debe conducir, a una mejor visión frente a lo creado por la nueva generación. Ellos cantan y componen acorde con su entorno. Lo mismo pasó con lo vivido, por las anteriores generaciones. Por lo tanto, quienes se empecinan en crear un quinto ritmo, están mostrando a nuestros hijos pero a la vez, castran lo que hicieron nuestros abuelos y padres. En el Festival de la Leyenda Vallenata se entrelaza sueños, porque nuestra misión es “hacer que los niños toquen y canten, para que no se duerman nuestros padres y abuelos”.





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