sábado, 14 de agosto de 2010

ALFONSO LÓPEZ MICHELSEN

“Y SU PALABRERÍO REVOLUCIONARIO”
* Por Félix Carrillo Hinojosa



Desde niño escuchaba a los mayores, pese a sus advertencias que en sus conversaciones no podía estar uno, que existía un hombre en Bogotá muy ligado a la provincia por razones de sangre y que no hacia más que ayudarnos. La primera vez que lo vi, tenía 9 años. Mi padre, quien hacia parte de la delegación guajira que apoyaba a Luís Enrique Martínez me había llevado al primer Festival de la Leyenda Vallenata. No se me olvida, que al lado del palo de mango, estaba una tarima de madera y un micrófono alto por donde hablaban. Mi padre gritaba, cada vez que Luís Enrique Martínez tocaba. Eso iba y venía gente. Todos tenían su predilección por uno u otro acordeonero. A mí padre le oí decir con rabia: “nos robaron. El pollo es el mejor. No hay por aquí quien toque mejor que Luís Enrique Martínez”. Muchos años después, entendí varias de las situaciones, que pese a mí corta edad, presencié en ese evento

Mi padre me lo mostró. Era un hombre delgado y de cachetes rosados, pese al calor insoportable que se vivía en la plaza que llevaba el nombre de su papá. Él escuchaba con detenimiento a los acordeoneros. Tenía gafas y era parco, cada vez que iniciaba y terminaba la ejecución de los músicos. Al lado de él, casi pegado como una estampilla, estaba una persona con corbata, camisa manga larga, que luego supe al oído por boca de mí papá, era Rafael Escalona. No los volví a ver más.

Cuatro años más tarde, junto a Delfido Rivero, Javier Daza y Jorge Luís Martínez estuvimos en el quinto Festival, acompañando a los Hermanos López y su cantante Jorge Oñate. Ahí estuve con mí papá, quien era seguidor de ellos porque su música, tenía mucho sabor guajiro y todo lo que se le pareciera a Luís Enrique Martínez era para él, grande y de respeto. Eso también lo vine a entender después. A partir de ese momento, empecé a valorar lo que significaba Alfonso López Michelsen para nuestra tierra como defensor de nuestra música y como persona. De él se dice, con justa razón, que es el creador de la idea que une lo religioso, la fiesta de la virgen del Rosario y lo profano, la mezcla de lo mestizo y zambo, a través del Acordeón, Caja y Guacharaca, situación que fue acolitada por muchas personas, entre ellas, los hermanos Darío y Roberto Pavajeau Molina, en cuya casa se le dio formal bautizo al Festival con el sonido impetuoso que el acordeón podía brindar, mientras las eternas parrandas de Rafael Escalona, Andrés Becerra, Alfonso Cotes y Alfonso Murgas, eran amansadas por la delicadeza femenina de Consuelo AraújoNoguera y Miryam Pupo de Lacouture, al tiempo que la voz sonora y llena de protesta del pintor Jaime Molina Maestre, se hacia sentir en cada uno de los cuatro rincones de la plaza. Ese triangulo lleno de música por parte de quienes llegaban a concursar, se repartía entre la casa de Hernando Molina, los Pavajeau y la casa del ilustre político, que se vitalizaba con o sin su presencia física, quien la mayoría de las veces, gestaba los más sesudos análisis, que llenaba los cafés de Valledupar y que duraban semanas, machacando el mismo tema. Unas veces, alabándolo y otras, en la mayoría de los casos, dejándolo si nada que ponerse. Así era y sigue siendo nuestra provincia, en donde la reputación dura menos del tiempo que dura cantando un gallo.



Pero Alfonso López Michelsen viniera o no al festival, era un cerebro que cada vez que abría la boca ponía a pensar al país y por qué no a los Valduparenses y de paso a ciertos grupos del Cesar, quienes pese a sus diferencias, no dejaban de reconocerle así como lo hizo toda Colombia, que con él, la retórica argumentativa adquiría su verdadera dimensión.A través del tiempo Alfonso López Michelsen supo recoger la esencia del canto vallenato. Por su formación y sus constantes viajes, pudo darle la dimensionalidad que tenía esa música de la provincia. Eso le permitió mirar, los diversos cambios que otros muy cercanos a él, no podían aceptar. Unas veces, recogía las voces de Carlos Araque, Juan López y Juan Muñoz como base de la música campesina, al tiempo que le gustaba la música de Luís Enrique Martínez y Alejo Durán que como dos gladiadores se peleaban el sitio de honor como los más reconocidos de ese tiempo, sin dejar de lado, los mensajes envueltos en piquería que se proferían Emiliano Zuleta Baquero y Lorenzo Morales Herrera, cuya base contestataria reforzaron la píqueria que sostuvo Francisco Moscote y un diablo que apareció con forma de acordeonero, tratándole de fregar la vida. Pero si eso lo entendía como fenómeno de la más pura tradición oral, sus opiniones se abrían a los cambios que el pueblo de Valledupar sin darse cuenta construía, en la que dejaba de ser la aldea de unos cuantos para convertirse en la ciudad de todos y de nadie. En esa renovación, la música de Rafael Escalona jugó un papel determinante, quien a través de sus viajes itinerantes y su nueva visión literaria que contrastaba con la de los campesinos, de donde tomó la mayoría de sus melodías y les adaptó su literatura de estudiante de bachillerato, para erigirse como el Cervantes del vallenato. Esa ruptura la entendió Alfonso López Michelsen y en un acto de sabia compincharía la llamó “cipote ángel”, que no era otra que darle escritura real al uso de las melodías de esos hombres analfabetas y ponerlas a transitar por el mundo en las voces del cantor que se atravesara, con el discurso que solo un hombre como Escalona podía expresar. Pero si eso por los lados del compositor Patillalero ocurría, no era menos la situación que vivía Gustavo Gutiérrez Cabello, un joven Valduparense que tenía en García Lorca, Atahualpa Yupanqui, Agustín Lara a los elementos más cercanos, aún estando tan lejos de su tierra vallenata, para confrontar y fortalecer su lírica.



Eso también lo entendía Alfonso López Michelsen, por una sencilla razón. Esos cantos adoloridos que emitía el novel compositor Gutiérrez Cabello, tenían la fuerza citadina y cierto toque andino, lo que llevó en más de una ocasión a sus más cercanos contertulios a dejarlo solo, mientas que el hombre del discurso claro, lo comprendía porque él también tenía sus espinas que le recorrían el alma. Ese canto desgarrador de Gustavo, encontraba eco en el político pero ante todo, en el hombre que se enamoraba, que bebía por semanas y saboreaba los encantos naturales de los altos sardineles del viejo Valledupar. Pese a su formación y a su nivel social, Alfonso López Michelsen supo entender la idiosincrasia del Magdalena Grande. Siendo un liberal de rancia extirpe, su visión socialista lo llevó a compartir en largas tertulias, con los conservadores de la provincia y con aquellos que aún siguen pensando, que el no resolver los problemas sociales como el desempleo y la inequidad de la tenencia de la tierra, entre otros, tienen al país en serias dificultades.

Un día cualquiera, el hombre que había bebido de la sabia de los viejos provincianos y que en su recorrido también incidió sobre la suerte de todo el vasto territorio Cesarense, partió a la tierra de donde había llegado unos años atrás. Nuevos retos se abrían a su camino de político. El país acogía al hombre político, al dirigente de grandes aportes, al que nuestra provincia tuvo en su seno y lo consideró un vallenato más. Pero él, pese a sus logros, seguía pensando en la tierra de sus ancestros, en la de sus amigos, en la de los provincianos con los que llegó a confundirse en un fuerte abrazo que nada tenía que ver con estrato o en la de los amores furtivos que la luna vallenata acolitó. No había problema en la provincia que no llevara el sello de su resolución. Cualquier disputa partidista, problema de compadres y más de una queja amorosa, tenía en su arreglo, la bendición de López Michelsen.




Mucho tiempo después, en una de esas charlas interminables con el inolvidable maestro Manuel Zapata Olivella, volvió a ser tema la presencia de Alfonso López Michelsen en la música vallenata. Por eso quienes creen, que solo para ser Gobernador del Cesar fue que se tuvo noticias del hombre político, están equivocados, ya que por los años de la década del 50, una delegación de músicos que trajo el escritor a Bogotá, bajo la ayuda del político y ante todo del amigo de la provincia, se presentó en varios medios radiales, al tiempo que la parrandas de los Magdalenos no se hizo esperar. Además, las razones del corazón Vallenato que tuvo siempre Alfonso López Michelsen, van más allá de esa razón egoísta que muchos esgrimen. Ese llamado de los genes, siempre le produjo en su vida una agradable sensación, lo que le permitió, sin importar el lugar en donde se encontrara, que algún motivo de la provincia lo llenara de motivación. No podía ser ajeno, al recuerdo entrañable que le producía evocar a su abuela paterna Rosario Pumarejo Cotes y a su abuela materna Antonia Lombana Berreneche, Valduparense la primera y Samaria la segunda.


Siempre el Festival de la Leyenda Vallenata contó con su presencia. Como gestor principal de ese evento, que surgió, de la narración que le hizo en su visita a Bogotá, antes de pisar él, el suelo de la gran provincia, un colón cultural como lo fue Manuel Zapata Olivilla, en donde le llamó la atención como “los juglares se batían durante varios días, en un duelo musical hasta el cansancio”. Ahora que ya no está físicamente, se le rendirá un sentido homenaje que se suma a los ya hechos durante estas cuatro décadas, en el que su nombre ha estado de boca en boca. Porque para nadie es un secreto, que al interior de ese evento folclórico, su nombre se pasea como pedro por su casa, a través de la anécdota y ante todo, de su palabrerío que como una gran mecha revolucionaria prendió el sentido de partencia que siempre ha acompañado a los Cesarenses, a diferencia de otros departamentos, situación que en gran parte, estimuló a muchas generaciones y ayudó a construir grandes hechos promisorios, que la violencia y la corrupción política y administrativa quieren acabar.

*Escritor, Periodista, Compositor Vallenato y gestor cultural proponente, para que el Vallenato tenga una Categoría dentro de los Premios Grammy Latinos.

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