lunes, 19 de julio de 2010

Manuel Zapata Olivella

“Los Sabores de la Provincia”


Por: * Félix Carrillo Hinojosa

Manuel Zapata Olivella, siendo Médico ilustrado Cuando iba llegando a Armenia, lo noté desorientado” ( Juan Manuel Muegues)






Los inicios del Festival de la Leyenda Vallenata, creado y organizado por la Cacica Consuelo Araújo Noguera, Alfonso López Michelsen, Miriam Pupo de Lacouture y Rafael Escalona Martínez, están estrechamente unidos a las experiencias y correrías del médico Manuel Zapata Olivella en la provincia, visitada también en esa época por Gabriel García Márquez y Nereo López.
Aunque el imperio de los reyes vallenatos tiene su propia historia, estimulada por la famosa “Cacica”, queremos rememorar las vivencias juveniles de los mencionados escritores y artistas, ya que influyeron mucho en la formación literaria de los personajes, que se recuerdan en estas breves memorias.
La propia “Cacica” como ellos, nunca se imaginaron en tan tempranas épocas, que los cantos de un estudiante del Liceo Celedón, así como los reportajes visuales del hoy consagrado fotógrafo Nereo López y las investigaciones que iniciara el famoso Gabito, hechos que no son más que el resultado de unas vocaciones que recogemos como un homenaje a la vida y hazaña de Consuelo AraújoNoguera, cuyas resonancias lograron anudarse con el galardón recibido por nuestro Nóbel en Estocolmo, con sus novelas y cuentos inspirados en recuerdos de infancia, en el legendario Macondo, así como de Presidentes, Congresistas y político de la República y el extranjero, ligados por el Festival folclórico de la música vallenata, cuando nadie presagiaba los triunfos repetidos por esa rica música costeña en los premios Grammy, más ahora cuando se tiene una categoría.
Entre ellas, algunas significantes anécdotas vividas en nuestro país y el exterior por el grupo de Delia Zapata Olivella y su hermano Manuel, en donde Países como Francia, Alemania, España, la Unión Soviética y la República Popular China, sintieron el aire creativo y libertario de estos dos hermanos, que tanto bien le hicieron a la cultura nacional.
A Manuel Zapata Olivilla, su pasión vagabunda lo llevó a recorrer toda Centroamérica a pie descalzo como rememorando a sus ancestros africanos. Era la mejor manera para que un mulato contara de viva voz su historia. Todos estos pasajes generaron en él, un compromiso de primera mano que lo llevó a constituirse en un observador cultural y no, en un especialista musical de las diversas manifestaciones de nuestra patria y otros pueblos de América. Su itinerante trashumancia se detuvo un día, de recrudecida violencia, frente a un extenso valle de la costa atlántica, donde por fortuna en ese entonces, se dormía con las puertas abiertas y la mano amiga se posaba con firmeza para brindar lo mejor de ella. Era una tierra que empezaba a vestirse con los colores de un instrumento europeo, que aún hoy, le hace el zigzag a la violencia con la que se pudo musicalizar la filosofía del hombre provinciano. Era novedoso, pese a su costo, ver al hombre de esa región, abrazar a un acordeón de una o dos hileras e irrumpir a cualquier hora y exponer con una larga fanfarria, los cantos que ya empezaban a identificar a toda una provincia.



Después de un largo recorrido en tren, en donde las horas pese a lo eterno del viaje, caían bajo el deslizamiento del riel que devoraba el verdor de los platanales, el joven médico llegó a ese mundo, en donde dos años más tarde, le insistió a Nereo, su hermano de infancia y sueños, para que viniera a conocer “ El Paraíso”. Así llamó a nuestra gran provincia, a la que llevó siempre en su interior como los recuerdos de su Lorica natal.
Esta historia brota de sus labios, que sirven de parlante a una voz trémula y cansada, por la labor implacable del tiempo.

“Yo llegué en 1949. Lo hago pocos días después de recibir el grado de médico, precisamente el día que me estaba graduando, el presidente Mariano Ospina Pérez se tomó el parlamento colombiano y hubo disparos. Como la facultad de medicina quedaba en la calle 10 con la avenida caracas, todos esos disparos se escuchaban así fueran debajo de la mesa. Esto originó una cacería de brujas contra liberales y comunistas. Como yo era miembro de la Juventud Comunista, me tocó salir en bolas de fuego, dejando mis libros, ropas y todos mis enseres”.
Al salir en tren, que partía de la calle 13, su objetivo era radicarse en Venezuela. En ese tránsito y en busca de un refugio, llegó a la Paz, población cercana a Valledupar, donde se encontró con su primo Pedro Olivella Araújo. Después de un breve diálogo y conocer sus intenciones, él le dijo:
“No tienes porque salir de tu patria. Quédate aquí, que yo te garantizo, que nadie se va a meter contigo”.




Al llegar a esa región, estaban de moda los cantos de Escalona. Su manera distinta de componer producto de su formación en el Liceo Celedón, era evidente a través de su formación cultural y literaria. A pesar de todas esas diferencias, Escalona preserbaba la tradición de los cantos populares, que sumado a los de Lorenzo Morales, Emiliano Zuleta Baquero y la voz de Alfonso Cotes Querúz acompañado de su guitarra, le hacia saborear las canciones como “El Negro Maldito”, “La Estrella”, “Cállate Corazón” “La Loma”, “El Provincianito”, “El Tigre de la Montaña” y “La Gota fría” de personajes que más tarde conocería, como Francisco Rada, Juan Manuel Polo Cervantes, Tobías Enrique Pumarejo, Samuel Martínez y Germán Serna Daza y Emiliano Zuleta Baquero. O el cuadro hermoso de ver a la vieja Sara María Baquero, toda una matrona dictatorial y legendaria con sus pollerines de bellos colores que le llegaba a los pies y sus trenzas, mandando en el Plan Sierra Montaña y pueblos aledaños. Al igual que la demanda que Sabas Torres le entabló a Rafael Escalona por el famoso merengue “El Jerre Jerre”. Esto sirvió para que esa breve estancia se prolongara por cinco años, donde el joven Zapata Olivella, que ya había iniciado su reconocida y fecunda actividad literaria, sustentado en cuentos, novelas y reportajes, se enfrentara a su praxis de médico donde se volcaron en romerías, tantas parturientas, situación que enriquecía su vocación psiquiátrica, desarrollada en el frenocomio de mujeres, al lado de sus maestros José Francisco Socarrás y el entonces director, Edmundo Rico. Lleno de una inmensa vocación social se enfrentó a su actividad de atender a cuanta mujer embarazada lo requiriera, sin cobrarle por ello. Solo recibía como retribución su solicitud personal:

“Después de mi labor, pedía un chinchorro, un buen sancocho y el sonido celestial que solo el acordeón podía brindar. El más humilde de los rincones de esa adorable provincia siempre tenía como colofón esos tres ingredientes”.

El inquieto hombre de letras, empezó a percibir el fenómeno del canto vallenato que modelaba en sí, todo el comportamiento de esa comunidad, a través de sus costumbres, hábitos, alimentación y vestidos. Esa función de observador directo le permitió consolidar la propuesta que años más tarde le hiciera su hermana Delia, que después de terminar su carrera de escultora, decidió entregarse de lleno a la conformación de grupos de danzas folclóricas, mientras viajaba a San Diego en la chiva de “Chiche” Pimienta o cuando ésta se varaba, lo hacía a pie. Para él, era un encanto cruzar el río chiriaimo, ya que los sonidos de los acordeones a manera de bienvenida le mostraban sus variados intérpretes y canciones, cuyos estilos diversificaban al hombre representado en Juan Muñoz, Leandro Díaz, Carlos Araque Mieles, Juan Manuel Muegues, Hugo Araújo, Juan y Pablo López y quedar petrificado con los golpes endemoniado de Crisóstomo Oñate conocido como “Pichocho”. A su regreso a la Paz, decidió conformar un grupo vallenato. Aprovechó las permanentes parrandas de valores como Fermín Pitre un músico completo de Fonseca, quien al ser requerido por él, le dijo: “Docto, yo me voy con Uste, no importa la plata”.

A éste se sumó “Pichocho” y Antonio Sierra, décimero de respeto y guacharaquero. El propósito del Joven Médico de llevar a un cantador de décimas tenía su fin y era, el poder mostrarle a la gente del interior del país, que en nuestra provincia había una tradición española muy arraigada. Al llegar a la Capital, la música de Buitrago, Lucho Bermúdez, José Barros Palomino y Pacho Galán, se estaba metiendo en el ámbito del interior bogotano, que tenía en el estudiantado costeño a su más efectivo promotor. Esto le sirvió, para presentarse por asalto a la residencia del Doctor Alfonso López Michelsen y darle con el grupo vallenato, una serenata, que fue el dardo que impulsó a ese hombre de raíces vallenatas, recomendarlos en la emisora Nueva Granada, con tanto éxito, que las presentaciones se incrementaron. Ésta situación coincidió con la llegada de su hermano Juan, quien buscaba continuar infructuosamente en la Universidad Nacional sus estudios de medicina y como éste tenía cierta experiencia en el tema de programas musicales, ya que hacía uno en Emisora Fuentes de Cartagena, decidió continuar con su actividad periodística en la Voz de la Victor donde inició el programa “La Hora Costeña”.
Después de dos semanas de permanencia con el improvisado grupo de música vallenata, regresó a la Paz. Supo que por esas tierras estaba el antropólogo Gerardo Reichel Dolmatoff, con quien tenía una estrecha relación amistosa. No había calentado su ambulante consultorio cuando ya estaba con una delegación musical, entre quienes se encontraba Rafael Escalona y Juan López. Decidieron ir a “la Tomita”, lugar que servía como punto de encuentro de los bohemios que partían de Valledupar o la paz, para llegar a Manaure, que a manera de balcón recibía a cuanto forastero o provinciano decidía cruzar esa zona llena de encantos y leyendas. En la noche, con mucho sigilo y tratando de caminar en puntillas, Escalona como siempre, le dio la orden a Juan López y éste como por encanto desabrochó su camisa musical. No había recorrido muchos compases cuando se encendió una fuerte luz en la carpa y apareció el Antropólogo con una pistola en la mano derecha, diciendo:
“Si se demoran en tocar ese acordeón, no estarían vivos”.




A esta sentencia le siguió una estruendosa carcajada al unísono, que sirvió de antesala a una parranda de varios días. En medio de ella, se enteraron que por ahí andaban los intrépidos Gabriel García Márquez y Nereo López de Mesa. El primero tratando de averiguar los antecedentes de su familia en esa región y el segundo, solicito ante el llamado de Manuel Zapata Olivella. Mientras Gabriel García Márquez era ilustrado con lujos de detalles por Pedro Olivella Araújo, sobre la actividad de su padre, cuando éste fue telegrafista en Valledupar, Nereo descifraba los encantos de los personajes vírgenes de nuestra provincia, con su vocación libre de recoger todo cuanto aparecía ante él y teniendo como alcahuete una cámara atrevida.
Por eso no era raro ver al muchacho vendedor de enciclopedias, pasarse horas enteras escuchando los relatos sobre generales que habían peleado la guerra de los mil días. Unas veces, era Sabas Socarrás. Otras, Manuel Moscote que sumado a las de Clemente Escalona, nutrió la vocación del querido y laureado novelista.
Mientras el joven y solicitado compositor Escalona Martínez caía rendido por la belleza de las mujeres de los pueblos que servían de inspiración a sus sentimientos, Gabriel García Márquez se regresó a Barranquilla con un panorama más despejado al tiempo que el médico Zapata Olivella con la compañía de Nereo, se internaron por la Sierra del Perijá, donde recogieron un importante estudio fotográfico sobre los Motilones y Yukos, poco conocido y comentado por los investigadores del vallenato. Pero si esa ruta de nuestros nativos les atraía, no lo era menos, la Guajira, por donde transitaba el contrabando, unas veces con el whisky, otras con el tabaco y peor aún, “La Marihuana”, que los llevó a un asentamiento Wayúú en el barrio Siruma de Maracaibo.
Manuel Zapata Olivella ahora, muchos años después, en Bogotá, comienza a recorrer cada espacio en la casa de su ya difunta hermana Delia, donde vive y empieza a halar la pita del tiempo. Cierra los ojos y sus patillas blanquecinas tratan de cubrirle toda la cara. Se recompone en su silla. Aprieta sus débiles manos entre sí y dice:

“Escalona y Nereo son mis compadres de sacramento. Ellos son los padrinos de Harlem Segunda de la Paz y Edelma. El padre Joaco de la Paz, no le quería bautizar a la primera con ese nombre, porque era extranjero. Porque, como yo viví en ese barrio de los Estados Unidos, quise hacerle un homenaje”.

Al salir de la Paz en 1954 conformó un segundo grupo vallenato de personas con ganas de figurar. Eran hombres que sabían de donde salían pero la hora de llegada y las condiciones económicas estaban expuestas a todos los avatares que en ese momento estructuraba la naciente música vallenata. Esos cantadores atrevidos, fueron los primeros divulgadores en el interior del país, de nuestra música vallenata.
El médico intentó convencer a Carlitos Noriega, que le acompañara en su nueva ruta y así mostrar las diversas expresiones de la cultura costeña, entre ellas, el vallenato. Se tropezó con la negativa de un acordeonero que quería seguir amenizando a sus paisanos. Por eso decidió proponerle a Juan Manuel Muegues, músico y compositor manaurero que junto a Juan López, un mago de la Caja y el Acordeón, mientras en la Guacharaca y Canto Dagoberto López Mieles, conocido en toda esa región como “El Clarín de la Paz”, quienes gustosos aceptaron ese desafío. Recorrieron varias ciudades colombianas, entre ellas, Cali, Medellín, Bogotá y cuando iban llegando a Armenia, el músico Juan Manuel Muegues le dio rienda suelta a su inspiración, cuando en ritmo de merengue, narró los momentos que les tocó vivir en esa correría, que sirvió de base para los momentos que hoy vivimos en torno a la música vallenata. Sobre éste canto y la realidad que cubría al mismo, el escritor tiene su versión:
“Quien estaba desorientado era el músico. Él no sabía y no tenía porque. Mi preocupación giraba entorno al rumor de un asalto por parte de “los chuladitas” a Armenia y esto en realidad me preocupaba, ya que tenía una responsabilidad con el grupo. Al final, no pasó nada y todos regresamos a nuestras casas”.


Para el año de 1956, los hermanos Manuel y Delia, se dieron a la tarea, nada difícil para ellos, de organizar y recoger la mejor muestra del folclore costeño. El escritor por su parte, trató de persuadir a Nicolás Mendoza Daza para que le acompañara a Europa. Sin embargo, la negativa del reconocido y siempre recordado acordeonero se hizo una vez más presente, era el tercer intento por demás fallido frente al músico, como llegó a decir el médico, “Colacho se asustó. Europa no estaba en sus planes”.
Mientras Delia constituía lo mejor de la dancística, su hermano reunía a “los Gaiteros de San Jacinto”, donde Antonio Fernández, era la carta más destacada por su reconocida fama como cantador, compositor y ejecutante de la gaita macho, acompañado por lo hermanos Lara, en donde Juan, depositario de la magia con su gaita hembra y José, incomparable tamborilero, hacían de las suyas. Además, estaban exponentes de diversas regiones del país, entre ellos, el chocó y el Valle del Cauca, del que sobresalían Madolia de Diego, joven quibdoseña, cantante de “alabaos”, romances y mejoranas, el porteño Salvador Valencia de Buenaventura, ejecutor de la marímbula de chonta, los palenqueros Erasmo Arrieta y su primo Roque, ejecutaban la caña de Millo mientras Lorenzo Miranda preservaba la tradición de los ancianos batata, heredero de los tambores y cantos religiosos del lumbalú africanos; Por su parte, Leonor González Mina, quinceañera entonces, interpretaba las canciones de minería de los antiguos feudos españoles de Puerto Tejada y Cáceres. Como es de imaginarse, todos bisoños en aquello de aventuras por el desconocido viejo mundo de Europa y Asia. Talvez, este destino les dio ánimo para emprender la mayor aventura que grupo Folclórico americano, iniciaron por tierras extranjeras con un pasaje de ida y sin regreso, lejos de sus familias y con la vaga esperanza de regresar algún día a sus lares. Llegaron a Paris en época de invierno. Allí contaron con la ayuda patriótica e incondicional del Doctor Eduardo Santos, quien les consiguió alojamiento y alimentación en una residencia estudiantil. Al tiempo, les llegó una invitación para que asistieran al séptimo festival de la Juventud en Moscú.
Allí se encontraron con el futuro premio Nóbel Gabriel García Márquez quien borroneaba “El Coronel no tiene quien le escriba”. Enterado de la ausencia de Nicolás Mendoza Daza en la delegación, tenían que llenar esa vacante.
Es la voz activa del Médico quien relata ese episodio:
“Gabo nos sugirió que lo metiéramos en reemplazo de “Colacho”. Mi hermana Delia le dijo: “Yo no le voy a mentir a los Soviéticos diciéndole que tu eres miembro del grupo. A no ser que quieras ser bailarín o músico”: Ante ello, Gabo respondió: Bueno, me voy de tamborero”. Así entró a la unión soviética. Como la gran cortina de hierro le impedía tener acceso a los periodistas de occidente, este viaje lo aprovechó nuestro Nóbel, ya que allí hizo su famoso documental frente a la tumba de Lenin, que le dio la vuelta al mundo. Fue una manera de ver las cosas de la unión soviética al resto de los países. De ahí pasamos a la República Popular China, donde fuimos invitados por Mao Tsetung. Siendo los primeros integrantes de un grupo folclórico en mostrarle a los hermanos Asiáticos, muchos de los rasgos comunes de la tradiciones milenarias de nuestros pueblos. Esta travesía duró dos años”.
Durante ése periplo cultural fueron muchas las anécdotas que nutrieron el espíritu indomable de los hermanos Zapata Olivella y sus acompañantes. Uno de ellas, la vivieron con el músico Roque Arrieta. En Moscú a la delegación le regalaron un Acordeón. Éste músico se apoderó del instrumento y empezó todas las noches durante un mes a tratar de sacarle melodías, tarea que cada día se hacía más imposible de conseguir. Ante este hecho, la bailarina Delia lo reunió ante todo sus compañeros y le dijo:
”Bueno Roque qué es lo que pasa contigo, tienes más de un mes tratando de sacarle algo al Acordeón y nada. ¿Qué es lo que te ocurre o es qué te volviste chambón?”.
Roque Arrieta se paró bastante preocupado y le dijo a Delia:
“Eso no es culpa mía”. “¿Por qué”, increpó Delia?
Lo que pasa es que éste Acordeón es ruso y no habla español”.


· Escritor del Libro “Voces Vallenatas” y “Un grammy a lo Vallenato”. Periodista, vinculado a El Espectador, El Tiempo y El Nuevo Siglo. Compositor
Vallenato, ganador del Festival de la Leyenda Vallenata con el Son “ Mí Pobre Acordeón”










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