lunes, 19 de julio de 2010

“Encuentro de Tiempos”


Por: * Félix Carrillo Hinojosa

Las voces iban y venían, anunciando la contienda musical en la gallera del pueblo. La gente se arremolinaba en procura de encontrar un puesto. Los cinco niveles fueron insuficientes. Los que no pudieron entrar, decidieron quedarse esperando las noticias de lo que pasaba al interior.
Un hombre alto, fornido y con un sombrero tartarita puesto a un lado de su cabeza, entró de repente y anunció con su voz ronca. -Esta tarde es que se va a saber, quien es el que más toca acordeón de los dos. Le pido a las barras que aplaudan al acordeonero de su gusto.

Quiero presentarle a Lorenzo Miguel. Él viene de Guacoche trae su acordeón y repertorio.- Un hombre menudito y de color negro levantó su mano derecha, al tiempo que sostenía apretado en su brazo izquierdo un acordeón de dos hileras. Venía vestido de caqui. Su camisa manga larga traía una flor dibujada en la parte derecha. Se sentó en un taburete.

Miró a los lados y empezó a reconocer con una sonrisa, a los rostros de sus seguidores. Cambió su gesto cuando el anunciador dijo: -Y ahora viene del Plan, el mejor de todos. Con ustedes, Emiliano Antonio.- Él entró con una sonrisa y levantó su acordeoncito de dos hileras. Se paseó por la valla y miró de reojo a su contendor. Se sentó frente a Lorenzo Miguel. Su camisa azul y su pantalón negro realzaban su color pálido.

Con una mirada aguda recorrió el recinto. El anunciador se puso en medio de los dos. Pasó su mirada escrutadora y repasó los gestos de los asistentes, miró a los contendores y terminó diciendo: -Estos acordeoneros no se conocían, pero llevan muchos años tirándose puya. Todos sabemos de memoria su música. Se han citado hoy sábado día de la virgen, para que de una vez por todas se conozca al mejor de todos en la ejecución de su instrumento. Cada quien va a tocar y cantar de su inspiración cinco canciones. Si después de escucharlos, las barras aplauden a uno más que al otro, éste gana. De lo contrario, es la resistencia que los contenderos tengan, la que determinará todo. - Los gritos se escucharon en todo el pueblo. Su voz imponente, los calló cuando dijo: -Abre la contienda Lorenzo Miguel.- Éste alzó la cabeza. Le hizo un registro a su acordeón y le dio rienda a su inspiración.

El tiempo pasaba y la barra contraria se sentía incomoda. A Emiliano le sudaban las manos y no hallaba el momento de tocar su música. El aplauso de los seguidores de Lorenzo, lo hizo despertar. Después de escuchar las cinco piezas de su contendor, tomó su acordeón y afincó su cabeza menudita sobre su instrumento y empezó a digitarlo. Su música recorría el ambiente.

A muchos les empezó a gustar. Después de cinco piezas, en donde el público aplaudió, la respuesta fue igual. Los sonidos de los acordeones se confundían. Las horas llegaban y los acordeoneros trenzados en un duelo de versos y músicas, abrazaban la madrugada.

Al final de la tarde, del día siguiente, todos daban por descontado que ganara uno en especial. De pronto, Emiliano se levanta y dice con su voz delgada y cansada: - Lorenzo es bueno tocando el acordeón. Tiene un verso limpio y su repertorio nos gusta a todos, pero quiero terminar mi actuación, con una canción que tengo por ahí aguardada.- La mayoría cansados, empezaban a retirarse cuando una melodía rara los hizo regresar.

Sus dedos pequeños recorrían las dos hileras para darle paso a su voz, que brotaba versos. Terminó diciendo: “Y cuando me oyó tocar, le cayó la gota fría”. Esto tomó por sorpresa a su contendor y a los presentes. Los seguidores de Lorenzo pusieron pies en tierra y como pólvora se esparcieron. Emiliano no tuvo tiempo de despedirse de su contendor. Entre abrazos y voces lo llevaban de un lado a otro.

No le dieron tiempo para pensar en lo que había producido. No dijo nada. Mientras caminaba a su casa, las imágenes del encuentro le revolucionaban el espíritu. Llegó como siempre lo había hecho. No hizo ningún ruido, para evitar despertar a su compañera y a sus pequeños hijos. Toda la noche, estuvo pensando en esa melodía de versos punzantes. Con ella a cuesta, se paseaba en procura de vivir muchos días con sus noches.

Así pasó el tiempo, que caía entre las estaciones que nos llevaban de la mano y hacían sus efectos. Mientras él seguía siendo un trashumante de pueblos, esa melodía devoraba moles de concreto y se escucha en las voces de tantos mundos, que no sabían nada de su autor, pero que recibían con agrado el impacto de sus versos y melodía.

Lo volví a encontrar en una fiesta en donde era como siempre, un personaje central de una película que comenzó en blanco y negro y luego le fueron apareciendo tantos colores como un arcos iris colosal. Estaba en primera fila con unas gafas de lentes gruesos, una barba incipiente, el pelo blanco y su rostro de fuelle musical. Su caminar lento, lo ponía en el afán de querer alcanzar la otra orilla de un solo salto mientras palmoteaba como un son, al ritmo de una pegajosa expresión musical de un niño, que atraía a todos.

Con su rostro chimila, cubierto de un pantalón y una camisa blanca manga larga, llena de bordados de varios colores, se paseaba en la tarima de un lado a otro. Miraba al cielo y se enfrentaba a tantos rostros que lloraban y gritaban emocionados.



Era Kaleth Miguel, quien daba la impresión de ser mayor, pero al estar cerca a él, su mirada y expresión, reafirmaban lo que siempre fue: un niño genial. Ese descubrimiento se hizo esa noche. Muchos cercanos a él no lo sabían. Frente a su talento empezaron a desfilar los mejores. Unos con historia, otros en pos de construirla. Esas leyendas que querían ganarle a todos, sintieron el peso de un niño que como un pollo fino le combatía a la nueva generación. Él quería ganarles, pero ante todo, demostrarse así mismo, que su música lograba un punto bien alto.

Su repertorio no fueron cinco canciones. Cada vez que abría su voz, todos pedían más. Empapado en sudor se detuvo frente a Emiliano. No le dijo nada. Solo sostuvo su índice derecho como lanzándole dardos melódicos o en busca de unir sus sueños y lo señaló. Se miraron fijamente. Fueron unos segundos que se volvieron eternos.

Kaleth Miguel sintió la mirada de un zorro de mil batallas. Cada pedazo de él era una décima o un verso de cuatro palabras, llenos de una música exquisita, un acordeón abierto, bien tocado por las manos del tiempo y que buscaba como tigre hambriento unir pueblos, un sonido de caja que traía en sus bordes apretados y sostenidos por cabuyas, los cantos libertarios de los negros y nuestros nativos, acompasado por una guacharaca de caña que como amuleto llevaba metido en sus bolsillos envejecidos. Emiliano percibió en él, la fuerza del verso joven y la melodía de las ciudades que devora todo.

Era como si sus nietos e hijos menores hablaran por él. Sus pensamientos fueron cortados cuando le escuchó decir: -Quiero complacerlos con una canción, que sé les gusta mucho.- No lo dejaron terminar, el coro del público se hizo presente. Sus músicos acompañantes lo comprendieron así. La respuesta fue una música bajita que le servía de cortina: (incluir verso)…Cuando intentaba cantar cada verso de su canción, era repetida al unísono varias veces por los asistentes.

Cuando terminó su canción, todos corrieron hacia él y el público coreaba su nombre. Todos esa noche, sentimos el talento de un niño que hacia música para divertirse. Emiliano se secó su rostro con un pañuelo blanco mientras lo veía alejar.

Pasó poco tiempo, cuando una tarde nublada escuchó por la radio, que ese niño había partido al cielo. Se levantó de su hamaca de colores. Se hizo a una rama de un palo de mango para mantenerse en pie, mientras una lágrima recorría todo su cuerpo aprisionado por el tiempo. Dijo en silencio: “Se parece a mí y ese VIVO EN EL LIMBO es LA GOTA FRÍA de este tiempo”.

*Escritor, Periodista, Compositor y Rey Vallenato, Gestor Cultural proponente para que el Vallenato y la cumbia tenga una categoría dentro de los Premios Grammy Latinos

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